Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias. Notas de una profesora de las cavernas.

“Llegaremos a aquello que quiere decir pensar si nosotros, por nuestra parte, pensamos. Para que este intento tenga éxito tenemos que estar preparados para aprender el pensar” (Martin Heidegger, 1994)

Por: Yolima Amado Sánchez.

Hace poco más de 20 años asumí por primera vez un cargo como docente universitaria, la dinámica y organización no era muy diferente de cómo había sido mi paso por las aulas en calidad de estudiante. Un aula, escritorios alineados para los estudiantes, una silla con mesa especial para mí, un tablero (ya no tipo pizarra con tizas y borrador polvoriento) acrílico, marcadores y borrador de tinta propios. Ya no había espacio para el proyector de acetatos o filminas, pero sí un enchufe dispuesto para conectar un computador de escritorio, macizo, pesado y disponible sólo tras agendamiento con cinco días hábiles de antelación.

Cuando los estudiantes llegaron, sus expresiones, estilos, vestimentas y actitudes eran tan variables como las descritas en la canción de Ana y Jaime, que en aquella época parecía reciente, tanto como me resultaba cercano mi propio Décimo grado. No obstante, había algo novedoso; aquel grupo de estudiante estaba acudiendo al aula al final del día, a las seis de la tarde, tras jornadas de trabajo de ocho, nueve o hasta doce horas. Con circunstancias de vinculación muy diferentes a la mía, pues no habían pasado por el examen de admisión a una universidad pública que garantizaba matrícula casi gratuita, como fue mi caso, sino que habían tenido que pagar sus matrículas plenas, al contado o en cuotas, o con algún descuento propuesto a modo de enganche para facilitar la inscripción y la apertura del programa.

Estas circunstancias, aunque parecen menores, ya entonces me generaban varias reflexiones. Mis estudiantes, a diferencia del tipo de estudiante que fui, no contaban con el privilegio disponer de días y noches para adelantar sus estudios, sus economías y los recursos necesarios para alimentarse, movilizarse e incluso, tomarse una que otra cerveza, provenían de las maromas que hacían con sus salarios, y el tiempo para ocuparse de sus estudios escaseaba si no se trataba de la presencialidad en las clases. A diferencia de mis compañeros de clase en la universidad, estos estudiantes trabajaban, tenían personas a cargo, se rebuscaban cada peso, y habida cuenta de tal esfuerzo, la experiencia universitaria se inscribía como una tarea adicional que tenían que costear, las más de las veces, sin apoyo familiar.

En aquel tiempo, recuerdo que los problemas de redacción y ortografía presentes en la mayoría de los trabajos escritos eran un malestar permanente que asumir desde mi rol como profesora. La revisión de los trabajos era dispendiosa, a veces tortuosa, pues era sencillo reconocer los estragos de los cambios curriculares de las décadas anteriores, que al parecer dejaron de centrarse en la escritura correcta, pero además, en la lectura pausada. Palabras elementales como: “mamá”, “papá”, “educación”, “Social”, aparecían en los textos con errores que alteraban mi estado de ánimo. También ocurría que en los documentos escritos reconocía frases coloquiales, de modo que les hacía anotaciones en las márgenes indicando a modo de sugerencia, que la escritura requería una estructura gramatical diferente a la que usaban cuando hablaban. 

La estructura de las oraciones, la organización de argumentos, la coherencia de los párrafos me despeinaba, o directamente, me despelucaba. Recordaba mi propia época de estudiante, cuando tenía que repetir una página completa por un error ortográfico o por un despiste en la redacción, porque la máquina de escribir no admitía la sobreescritura, y me enojaba, he de reconocerlo, ante la ligereza de muchos de los trabajos escritos que me entregaban los estudiantes.

Pronto empecé a notar un aspecto que me estremecía aún más. A medida que se ampliaba el panorama de documentos disponibles en la Red, a las dificultades escriturales y argumentativas se sumaba el “copie y pegue”, el remiendo evidente que vinculaba alternadamente entre sus propios estilos, llenos de errores ortográficos y de escritura con párrafos estructurados, pulidos, claramente extraídos sin citación alguna de artículos y libros previamente publicados en línea; entonces mi labor de revisión y retroalimentación de los trabajos empezó a incluir el necesario rastreo y señalamiento de tales fragmentos, con su fuente original. 

Portales como: buenastareas.com , elrincondelvago.com y Wikipedia.com eran los coautores no reconocidos de ensayos, análisis, reseñas y documentos investigativos, y algunos estudiantes incluso trataban de justificar cómo la consulta de esas fuentes, la inclusión forzada de párrafos extraídos y el parafraseo más o menos bien logrado, eran ejercicios de investigación a toda regla. Y aquí el problema no era la herramienta, “la consulta”, sino esa delegación voluntaria del pensamiento, esa sustitución a modo de atajo de la elaboración subjetiva, del esfuerzo por tejer el texto.

Luego, directamente en trabajos finales de cursos diversos que tenía a cargo, recibí un proyecto que era una copia perfecta de algunas páginas que yo misma había redactado en el ejercicio de relatoría del Plan de igualdad de oportunidades para las mujeres y la equidad de género, que luego se convirtió en insumo de la política pública. En aquella época ya había tomado una posición como profesora, prefería los textos plagados de errores ortográficos y de redacción, a los atajos de “copie y pegue” de documentos publicados, pues los primeros revelaban el esfuerzo más o menos logrado del pensamiento, de la capacidad intelectual y del trabajo de los estudiantes, mientras que los segundos sólo me hacían pensar una y otra vez, en el sinsentido de trabajar 40 o más horas semanales para costear un programa académico, de asistir a clases de 6 a 10 de la noche de lunes a viernes, e incluso asistir a clases los días sábados, para allanar el camino excluyéndose voluntariamente de la posibilidad de construir algún pensamiento propio. Quienes han sido mis estudiantes saben que sobre el segundo caso siempre he sido implacable, sin atenuantes, sin justificaciones, con segundas oportunidades, por supuesto, pero sin mirar a otro lado mientras ocurría.

En cualquier caso, en estas circunstancias como profesora universitaria, tenía de mi lado los reglamentos estudiantiles, aquellos que, en las diversas universidades en que he trabajado, dejaban constancia clara de la conceptualización de plagio y de las disposiciones disciplinarias previstas. Cuando recibía este tipo de trabajos contaba con el respaldo institucional, y aunque las calificaciones afectaban la estabilidad de los grupos, nunca recibí presión alguna. Por supuesto, además de las medidas disciplinarias ponía en marcha acciones reflexivas, y, he de reconocer, incluso algunas que implicaban asumir públicamente la responsabilidad; no obstante, sentía que como profesora tenía margen de acción y de decisión. La posibilidad de actuar cuando algún estudiante tomaba un atajo; sorprendentemente las más de las veces tales estudiantes comprendían bien pronto las implicaciones y, más allá de reprocharme o reclamar airadamente, reconocían el sentido de las observaciones y medidas. 

Pasaron los años y los atajos aparecían en las primeras entregas, pero sólo en algunos contados casos, persistían posteriormente por parte de los mismos estudiantes; el mismo proceder, sin importar cuál era el trabajo, reflexión o argumentación a realizar. Años después los teléfonos celulares y los computadores empezaron a entrar a las aulas, no sólo los propios, sino los de los estudiantes. Nunca quise discutir contra su utilización, pues monitorear su uso o prohibirlo me parecía innecesario e infructuoso, más bien sostuve el esfuerzo por organizar mis sesiones e intervenciones de modo tal que, en la medida de lo posible, yo fuese más interesante, conmovedora e incluso teatral, que el contenido disponible en línea; lo asumí como un reto y creo poder afirmar que en mayor medida resultaba ganadora. Los poemas, fragmentos, melodías, cuadros, relatos, inflexiones de la voz y exageraciones con el cuerpo se convirtieron en aliados del aula y los cursos diversos; ingredientes que me permitían disfrutar además de cumplir con las funciones propias del ejercicio docente.

Después, llegó la pandemia, las pantallas, la saturación de recursos pedagógicos, las plataformas y las jornadas extensísimas sentada ante un computador, ya no caminaba por los salones, ya no podía ir de una silla a otra irrumpiendo en las distracciones estudiantiles, ahora los recursos debían desplegarse en las pulgadas escasas que limitaban las pantallas, en las cámaras apagadas o encendidas, en las invocaciones de nombres durante los encuentros “Pepito ¿estás ahí?”, “Perencejo, no se te escucha, escribe en el chat”, “¿Me escuchan?”, “¿Quién levantó la mano?”. Las mediaciones tecnológicas nos permitieron mantenernos en línea, lo que resultó una ventana abierta para sostener los procesos académicos, las pizarras ahora estaban hechas de pixeles y ya no quedaba suciedad en las manos o en la ropa tras borrar; los trabajos se acumulaban en los correos electrónicos y las plataformas, pero ya no en los escritorios, y los textos, bueno, los textos mantenían esas características tan humanas, tan faltas de tildes o estructura, tan bien o más o menos bien logrados, con las ocasionales apariciones del ya conocido y siempre insoportable “copie y pegue” de otrora.

Pero en noviembre del 2022, cuando aún no habíamos decidido del todo si volver a los salones o permanecer en las aulas virtuales, llegaron nuevos elementos, los chatbots conversacionales, los asistentes con IA para la elaboración de textos escritos, entre otras múltiples tareas. En cuestión de meses las reflexiones sobre la educación, sus estándares, porvenires e ilusiones empezaron a plagarse de un tema recurrente, el uso de las inteligencias artificiales en las aulas. Ya en febrero del 2023 recibí el primer ensayo que empleaba un chatbot, ese, por fortuna, declaraba en sus líneas la utilización, lo cual en principio me regaló cierta tranquilidad, pero el siguiente y los que vinieron y han llegado luego, ya no lo explicitaban más.

Por mi parte, empecé a usar generadores de imágenes para ilustrar mis presentaciones, me suscribí a ChatGPT poco después de su lanzamiento, desde una ingenuidad curiosa, con la intención de comprender y, he de reconocerlo, adelantarme a lo que ya avizoraba con algún recelo. Durante algunos meses cuando conversaba con colegas empecé a notar una preocupación generalizada, qué haríamos cuando los trabajos escritos solicitados en el marco de nuestra labor empezaran a ser realizados por IA, cómo asumir su llegada para quedarse, no sólo en las aulas, sino en la cotidianidad de la utilización de los diversos dispositivos conectados a internet, las necesarias regulaciones que tendrían que articularse con su aprovechamiento, y, principalmente, la preocupación por su utilización como un nuevo atajo por parte de los estudiantes, la inquietud respecto de sus usos como asesores, consejeros, e incluso, como suplencias de la humanidad falible. Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias.

Y en estos pocos años su avance ya ha sido motivo de inquietud, no exclusivamente de los ataviados profesores cargados de libros, marcadores y borradores, sino de expertos en tecnología, políticos, tecnócratas y estados. 

Sigo teniendo estudiantes, ahora de posgrado, que trabajan 40 y tantas horas semanales para costear sus matrículas, repartiendo el tiempo entre el trabajo, las familias, los estudios, el ocio, las rutinas, que ahora “copian y pegan” las respuestas y textos generados por los procesadores conversacionales, ante las solicitudes de escritos por parte de los profesores; pero ya no hay reglas claras, no hay reglamentos ni disposiciones disciplinarias, no se reconoce el respaldo institucional, pues aún no tenemos claro qué hacer, ni cómo, salvo resignarnos a aceptar que las IA llegaron para quedarse, y punto.

No obstante, creo que en este panorama hay “algo” que definitivamente está ganando, los propios chatbots, que se alimentan, procesan, ajustan, “aprenden” y se fortalecen gracias a los trabajos reasignados, verbigracia del llamado institucional a aprovechar e incorporar a las IA en las dinámicas educativas y en las institucionales que regulan las propias universidades. Estudiantes que trabajan para pagar sus programas académicos a la vez que sustituyen su capacidad intelectual, de pensamiento, análisis y reflexión. Docentes que solicitan a las IA escribir sus planeaciones, presentaciones y programas académicos excluyéndose voluntariamente del diseño curricular, y, del último bastión que motivó este escrito, de los expertos que se sustituyen voluntariamente por una IA, dejando en su generación de texto la labor de generar evaluaciones de los trabajos de los propios estudiantes.

Ante este panorama y como punto actual del recorrido, creo que he de declararme obsoleta, anticuada, inadecuada a las circunstancias actuales, vestigio arcaico transformado en humana en desuso, profe de las cavernas anhelando el polvo de la tiza, los cuadernos, las correcciones en esfero y lápiz, las charlas en el entretiempo y en los salones, descartable y archivable, apta acaso para los memoriales y estantes polvorientos, junto a las tesis de grado sobre las que escribí con esmero, utilizando papelitos y cuadernos, fotocopias y libros en papel, hace apenas poco más o menos 15 años. O quizá lo obsoleto no seamos los profes —yo incluida— sino el deseo de pensar y el empuje por seguir sabiendo, que ahora empiezo a extrañar…

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