De la inutilidad de los relojes – Parte 2

Yolima Amado Sánchez

Apreciado lector, le invito nuevamente a ahondar en la reflexión respecto del paso del tiempo en su cotidianidad, a sentir la forma en que transcurren sus minutos y segundos, sus días, semanas, meses y años ¿Parece que el tiempo vuela o pasa más lento de lo usual?, ¿Siente que ayer es casi igual a hoy y que será igual a mañana?, ¿Anhela los fines de semana y las vacaciones?, ¿Siente hasta en los huesos cada día de la semana?, a tal punto que la emocionalidad cambia entre uno y otro, como si el paso del tiempo tuviese un color y sabor diferente o, por el contrario, el abanico de los días es una sombra gris en la que casi nada escapa de la pesadez y la repetición.

Los relojes, cronómetros y demás aparatejos diseñados para registrar el paso del tiempo nos brindan una materialidad, es decir, nos convencen de que el tiempo como tal es un tipo de entidad tangible, concreta, pues las manecillas o números digitales nos ponen de presente su avance.

Actualmente podemos acceder a los microsegundos estandarizados en los relojes atómicos, confiamos en la precisión del tiempo, o mejor, confiamos en la exactitud de la hora, minuto, segundo e instante fijado en los registros, y ya que esos son globales, universales, al parecer son los mismos para todos.

De ahí podríamos afirmar que el tiempo se trata de una magnitud, una forma de medida que organiza con precisión el presente, el pasado y, aparentemente el futuro; aunque claro, hasta que lo futuro no ocurra y se convierta en pasado, no estaremos seguros de lo que vendrá o siquiera de lo que estamos viviendo como presente.

Pero podemos suponer lo que viene, al menos en materia de conteo del tiempo; a cada lunes seguirá un martes, a cada octubre un noviembre, a cada amanecer un atardecer; sin embargo los años quedan atrás, no volveremos al 2020, al 1500, pero seguramente llegaremos al siguiente domingo.

A la vez finitud e infinitud, vida y muerte, en el mismo instante, y acaso ¿Sabremos del fin cuando se nos agoten los minutos?.  Una magnitud fijada en torno a cierta periodicidad en espiral: avanza aparentemente de manera lineal, pero siempre vuelven los lunes.

En lo cotidiano podríamos reconocerlo en el avance y declive del sol en el cielo, en el alargamiento y acortamiento de las sombras -salvo que estemos viviendo en las Islas Svalbard de Noruega o en la Antártida-, en el cambio entre estaciones, en la salida acumulativa de arrugas y canas; también hay quienes se fijan en las 9.192.631.770 oscilaciones y vibraciones uniformes de un átomo de cesio para aceptar el paso de un segundo.

La mayoría de nosotros construye su historia a punta de cumpleaños, festividades, semanas laborales, registros, fotografías y recuerdos que con el paso del tiempo se reescriben, se vuelven difusos o más coloridos, como señales de la vida misma, no obstante, ¿cómo logramos percibir o reconocer la cronometría de nuestros días?

Mientras viví en la ciudad -al menos tras la graduación universitaria- el tiempo se organizaba en torno a tareas, agendas, fechas de interés, fines de semana, trancones, rutinas, repeticiones, festivos y días hábiles, horarios y pausas activas; aumentaba de manera más o menos constante y acelerada.

Para evitar incumplimientos o impuntualidad disminuía el tiempo de descanso en las mañanas, pagaba taxi o caminaba casi siempre presurosa, mientras rumiaba aquello que debía llegar a hacer. No obstante, a pesar de todo lo que ocurría a mi alrededor, de lo que hacía, decía, proponía o pensaba, su sabor era monótono -ciertamente de un solo tono-, el tiempo sólo era algo que se acumulaba, mientras me restringía y cronometraba. Las horas extenuaban pero a la vez resultaban insuficientes, cada día traía algo nuevo, pero eso nuevo era el eco de algo que se repetía o de algo que entraría pronto al baúl de lo olvidable, no por significativo o tormentoso, sino por intrascendente.

No sé si usted se ha sentido así, querido lector, de ser así, tómese una pausa en este instante, respire profundo y mire a su alrededor, y si acaso tiene el privilegio de una ventana, asómese, mire al cielo, o al suelo, pero deténgase un minuto, al menos uno, le aseguro que detener la inercia no le romperá el día.

Por otra parte, aquí, ahora, en este paraíso rural que habito hace poco más de un año, el tiempo está hecho de trocitos de experiencia, de instantes que se organizan mientras el cielo avanza y que, curiosamente, detienen “el reloj interno” ese mismo que antes funcionaba al tenor de las citas, reuniones, horarios, tareas, calendarios y agendas.

¿Cómo explicarlo? La mañana depende de un cierto orden de trinos: primero el volumen y frecuencia de los grillos y saltamontes noctámbulos empieza a menguar, luego los cucaracheros y otros pajarillos no identificados pero con cánticos similares, breves, armoniosos y extensos suenan por doquier. La frecuencia del canto de los gallos aumenta, así como el volumen de sus llamados a despertar. Se contestan unos a otros, retumban en cada una de las parcelas cercanas. Luego los toches y cabecirrojos hacen lo suyo, se asoman a sus nidos y se hacen sentir, mientras las cigarras despiertan con los primeros rayos del sol.

Cerca de las seis de la mañana, en ese instante en el que el sol ya ha salido por completo del oriente – ese punto cardinal concreto que veo diariamente desde mi ventana-, algo ocurre y el volumen de la sinfonía sube de improviso. Oficialmente el día ha empezado. Tras más o menos media hora el desfile de pajarillos, toches, cabecirrojos, azulejos, tórtolas y demás animales que revelan mi ignorancia en materia de Taxonomía se apoderan de cada mañana.

Las guacharacas son otra cosa. Ellas dependen de la tibieza, del cielo despejado y de la partida de la neblina, necesitan espacio abierto, alta visibilidad y las ramas más altas de los árboles, antes de empezar su canon; entonces, una canta, otra responde, y en la montaña del frente otra más, repiten casi la misma melodía, seguida cada una de ellas de otra y otra más, en una comparsa que retumba, va y vuelve, dejando sin posibilidad de hacerse oír a otras criaturas.

Algunos días empiezan su recorrido a las seis de la mañana, pero si amanece nublado, perfectamente pueden esperar hasta las diez u once. Cantan y van subiendo hacia lo más alto de la montaña; y por la tarde, a las tres, cuatro o cinco, expresamente con el cumplimiento de las condiciones de claridad, tibieza y visibilidad, siguen la ruta cuesta abajo, regresando a sus nidos o vaya uno a saber a qué otra parte de la cordillera oriental.

Al medio día, si es uno de esos, fuertemente soleados y llenos de guacharacas, el viento del suroccidente convierte la casa en una flauta. Las ventanas abiertas transportan las corrientes y un leve aúllo se escucha por toda la casa. Las cigarras aumentan el ritmo de sus chirridos a medida que el calor se intensifica, rítmicas, constantes, alternadas con las oleadas de viento que sacuden los árboles. A lo lejos, los churicos discuten airadamente unos con otros, en bandadas ruidosas que alternan entre los troncos de los árboles.

Ocasionalmente una mariamulata confunde a los humanos citadinos, haciendo sonar alarmas de automóviles inexistentes, o una mirla cuenta cuentos que no logro entender. Las ramas también crujen, chocan sacudiéndose las hojas secas y provocando un suave rumor, como una lluvia tenue o una quebrada ausente.

Los sonidos en conjunto, cuya regularidad aún no logro establecer, vienen por oleadas; baja el volumen del viento y suben las cigarras, se unen los árboles y los churicos, canta el agua de la quebrada en solitario, sube el volumen y luego baja. Mañana puede ser día de tormenta, de relámpagos que se hacen oír hasta tres veces mientras rebotan juguetones entre las montañas. Pero como no quiero usar cronómetros ni registros, prefiero sentarme a contemplar cada día lo inesperado que vendrá.

Cerca de las cuatro los grillos empiezan a chirriar, acompasados, lentos pero constantes, también unos cuántos gallos, como si unos y otros fueran reconociendo que la tarde empieza a caer, que el sol desciende y la fuerza de su luz disminuye rápidamente; en cuestión de minutos la sensación térmica baja y el volumen de los insectos se potencia.

Ocasionalmente una lagartija emite ese sonido tan característico, ese toc, toc, toc, que los primeros días me hacía sobresaltar, como esperando un visitante desconocido, pero que ahora me hace levantar la mirada y buscar. Pues ellas siempre se esconden, de sus presas, de los depredadores y, por supuesto, de los humanos curiosos, que sólo llegan para estorbar.

Así cae la noche y una constancia de múltiples chirridos, croares, ululares y batir de alas se instala hasta el inicio de la siguiente mañana. ¡Vaya que es lamentable mi ignorancia taxonómica!

También se destacan los perros, sus ladridos y aullidos, unos que, hay que decirlo, no tienen horario ni fecha en el calendario. Crean cierta alarma, cierto margen de vigilancia, mientras marcan la ruta de los caminantes y el paso de otros animales -o vaya uno a saber sobre qué más pretenden ladrar.

En contraste recuerdo mis años en la ciudad, pues los sonidos tenían una regularidad esperada, una que seguramente se mantiene más o menos igual: A medida que amanece aumenta el sonido de los autos, buses, camiones, sirenas y motos en la calle, se escuchan poco a poco los televisores, licuadoras y procesadores, puertas que se abren y cierran todos los días, casi a la misma hora.

Pitos, voces, gritos, voceadores, más motores, autos, buses, motos, aviones, helicópteros; acaso entre las 4 y 5 de la mañana escuchaba algunos copetones y cerca de las 6 de la tarde, unos pocos mirlos afanosos regresando a sus nidos (o bueno, eso quería creer cada vez que los identificaba). Durante algunos meses un solitario grillo se escuchaba en el garaje, y su canto me refrescaba. Por lo demás, bocinas, gritos, motores, tecleo, teléfonos, notificaciones, alarmas de autos, alarmas de casas, sonidos de alarma aquí y allá, un estrépito de sonidos que me abrumaba cada vez que salía a la puerta de la casa, porque su volumen aumentaba de manera sostenida hasta que tenía ocasión de regresar, y en medio, para huir del abrumador rechinar de la vida en la ciudad, audífonos permanentes para aislarme en mis propios sonidos, unos elegidos de manera voluntaria, no impuestos ni completamente escuchados, mero ruido para no escuchar.

Algunas noches reproducía en el celular sonidos del bosque o del campo, propios o disponibles en línea, era mi forma de escapar, la alternativa al incesante y cansado funcionamiento de las máquinas en crepitar. 

Actualmente escucho muy a lo lejos los motores de los automóviles, generalmente camiones o motos, pero la intensidad del sonido es apenas perceptible; con un volumen mínimo, como si apenas fuera el eco de un recuerdo.

Definitivamente, hay lugares en que los relojes sólo estorban y es un privilegio tener ocasión de escuchar.

Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias. Notas de una profesora de las cavernas.

“Llegaremos a aquello que quiere decir pensar si nosotros, por nuestra parte, pensamos. Para que este intento tenga éxito tenemos que estar preparados para aprender el pensar” (Martin Heidegger, 1994)

Por: Yolima Amado Sánchez.

Hace poco más de 20 años asumí por primera vez un cargo como docente universitaria, la dinámica y organización no era muy diferente de cómo había sido mi paso por las aulas en calidad de estudiante. Un aula, escritorios alineados para los estudiantes, una silla con mesa especial para mí, un tablero (ya no tipo pizarra con tizas y borrador polvoriento) acrílico, marcadores y borrador de tinta propios. Ya no había espacio para el proyector de acetatos o filminas, pero sí un enchufe dispuesto para conectar un computador de escritorio, macizo, pesado y disponible sólo tras agendamiento con cinco días hábiles de antelación.

Cuando los estudiantes llegaron, sus expresiones, estilos, vestimentas y actitudes eran tan variables como las descritas en la canción de Ana y Jaime, que en aquella época parecía reciente, tanto como me resultaba cercano mi propio Décimo grado. No obstante, había algo novedoso; aquel grupo de estudiante estaba acudiendo al aula al final del día, a las seis de la tarde, tras jornadas de trabajo de ocho, nueve o hasta doce horas. Con circunstancias de vinculación muy diferentes a la mía, pues no habían pasado por el examen de admisión a una universidad pública que garantizaba matrícula casi gratuita, como fue mi caso, sino que habían tenido que pagar sus matrículas plenas, al contado o en cuotas, o con algún descuento propuesto a modo de enganche para facilitar la inscripción y la apertura del programa.

Estas circunstancias, aunque parecen menores, ya entonces me generaban varias reflexiones. Mis estudiantes, a diferencia del tipo de estudiante que fui, no contaban con el privilegio disponer de días y noches para adelantar sus estudios, sus economías y los recursos necesarios para alimentarse, movilizarse e incluso, tomarse una que otra cerveza, provenían de las maromas que hacían con sus salarios, y el tiempo para ocuparse de sus estudios escaseaba si no se trataba de la presencialidad en las clases. A diferencia de mis compañeros de clase en la universidad, estos estudiantes trabajaban, tenían personas a cargo, se rebuscaban cada peso, y habida cuenta de tal esfuerzo, la experiencia universitaria se inscribía como una tarea adicional que tenían que costear, las más de las veces, sin apoyo familiar.

En aquel tiempo, recuerdo que los problemas de redacción y ortografía presentes en la mayoría de los trabajos escritos eran un malestar permanente que asumir desde mi rol como profesora. La revisión de los trabajos era dispendiosa, a veces tortuosa, pues era sencillo reconocer los estragos de los cambios curriculares de las décadas anteriores, que al parecer dejaron de centrarse en la escritura correcta, pero además, en la lectura pausada. Palabras elementales como: “mamá”, “papá”, “educación”, “Social”, aparecían en los textos con errores que alteraban mi estado de ánimo. También ocurría que en los documentos escritos reconocía frases coloquiales, de modo que les hacía anotaciones en las márgenes indicando a modo de sugerencia, que la escritura requería una estructura gramatical diferente a la que usaban cuando hablaban. 

La estructura de las oraciones, la organización de argumentos, la coherencia de los párrafos me despeinaba, o directamente, me despelucaba. Recordaba mi propia época de estudiante, cuando tenía que repetir una página completa por un error ortográfico o por un despiste en la redacción, porque la máquina de escribir no admitía la sobreescritura, y me enojaba, he de reconocerlo, ante la ligereza de muchos de los trabajos escritos que me entregaban los estudiantes.

Pronto empecé a notar un aspecto que me estremecía aún más. A medida que se ampliaba el panorama de documentos disponibles en la Red, a las dificultades escriturales y argumentativas se sumaba el “copie y pegue”, el remiendo evidente que vinculaba alternadamente entre sus propios estilos, llenos de errores ortográficos y de escritura con párrafos estructurados, pulidos, claramente extraídos sin citación alguna de artículos y libros previamente publicados en línea; entonces mi labor de revisión y retroalimentación de los trabajos empezó a incluir el necesario rastreo y señalamiento de tales fragmentos, con su fuente original. 

Portales como: buenastareas.com , elrincondelvago.com y Wikipedia.com eran los coautores no reconocidos de ensayos, análisis, reseñas y documentos investigativos, y algunos estudiantes incluso trataban de justificar cómo la consulta de esas fuentes, la inclusión forzada de párrafos extraídos y el parafraseo más o menos bien logrado, eran ejercicios de investigación a toda regla. Y aquí el problema no era la herramienta, “la consulta”, sino esa delegación voluntaria del pensamiento, esa sustitución a modo de atajo de la elaboración subjetiva, del esfuerzo por tejer el texto.

Luego, directamente en trabajos finales de cursos diversos que tenía a cargo, recibí un proyecto que era una copia perfecta de algunas páginas que yo misma había redactado en el ejercicio de relatoría del Plan de igualdad de oportunidades para las mujeres y la equidad de género, que luego se convirtió en insumo de la política pública. En aquella época ya había tomado una posición como profesora, prefería los textos plagados de errores ortográficos y de redacción, a los atajos de “copie y pegue” de documentos publicados, pues los primeros revelaban el esfuerzo más o menos logrado del pensamiento, de la capacidad intelectual y del trabajo de los estudiantes, mientras que los segundos sólo me hacían pensar una y otra vez, en el sinsentido de trabajar 40 o más horas semanales para costear un programa académico, de asistir a clases de 6 a 10 de la noche de lunes a viernes, e incluso asistir a clases los días sábados, para allanar el camino excluyéndose voluntariamente de la posibilidad de construir algún pensamiento propio. Quienes han sido mis estudiantes saben que sobre el segundo caso siempre he sido implacable, sin atenuantes, sin justificaciones, con segundas oportunidades, por supuesto, pero sin mirar a otro lado mientras ocurría.

En cualquier caso, en estas circunstancias como profesora universitaria, tenía de mi lado los reglamentos estudiantiles, aquellos que, en las diversas universidades en que he trabajado, dejaban constancia clara de la conceptualización de plagio y de las disposiciones disciplinarias previstas. Cuando recibía este tipo de trabajos contaba con el respaldo institucional, y aunque las calificaciones afectaban la estabilidad de los grupos, nunca recibí presión alguna. Por supuesto, además de las medidas disciplinarias ponía en marcha acciones reflexivas, y, he de reconocer, incluso algunas que implicaban asumir públicamente la responsabilidad; no obstante, sentía que como profesora tenía margen de acción y de decisión. La posibilidad de actuar cuando algún estudiante tomaba un atajo; sorprendentemente las más de las veces tales estudiantes comprendían bien pronto las implicaciones y, más allá de reprocharme o reclamar airadamente, reconocían el sentido de las observaciones y medidas. 

Pasaron los años y los atajos aparecían en las primeras entregas, pero sólo en algunos contados casos, persistían posteriormente por parte de los mismos estudiantes; el mismo proceder, sin importar cuál era el trabajo, reflexión o argumentación a realizar. Años después los teléfonos celulares y los computadores empezaron a entrar a las aulas, no sólo los propios, sino los de los estudiantes. Nunca quise discutir contra su utilización, pues monitorear su uso o prohibirlo me parecía innecesario e infructuoso, más bien sostuve el esfuerzo por organizar mis sesiones e intervenciones de modo tal que, en la medida de lo posible, yo fuese más interesante, conmovedora e incluso teatral, que el contenido disponible en línea; lo asumí como un reto y creo poder afirmar que en mayor medida resultaba ganadora. Los poemas, fragmentos, melodías, cuadros, relatos, inflexiones de la voz y exageraciones con el cuerpo se convirtieron en aliados del aula y los cursos diversos; ingredientes que me permitían disfrutar además de cumplir con las funciones propias del ejercicio docente.

Después, llegó la pandemia, las pantallas, la saturación de recursos pedagógicos, las plataformas y las jornadas extensísimas sentada ante un computador, ya no caminaba por los salones, ya no podía ir de una silla a otra irrumpiendo en las distracciones estudiantiles, ahora los recursos debían desplegarse en las pulgadas escasas que limitaban las pantallas, en las cámaras apagadas o encendidas, en las invocaciones de nombres durante los encuentros “Pepito ¿estás ahí?”, “Perencejo, no se te escucha, escribe en el chat”, “¿Me escuchan?”, “¿Quién levantó la mano?”. Las mediaciones tecnológicas nos permitieron mantenernos en línea, lo que resultó una ventana abierta para sostener los procesos académicos, las pizarras ahora estaban hechas de pixeles y ya no quedaba suciedad en las manos o en la ropa tras borrar; los trabajos se acumulaban en los correos electrónicos y las plataformas, pero ya no en los escritorios, y los textos, bueno, los textos mantenían esas características tan humanas, tan faltas de tildes o estructura, tan bien o más o menos bien logrados, con las ocasionales apariciones del ya conocido y siempre insoportable “copie y pegue” de otrora.

Pero en noviembre del 2022, cuando aún no habíamos decidido del todo si volver a los salones o permanecer en las aulas virtuales, llegaron nuevos elementos, los chatbots conversacionales, los asistentes con IA para la elaboración de textos escritos, entre otras múltiples tareas. En cuestión de meses las reflexiones sobre la educación, sus estándares, porvenires e ilusiones empezaron a plagarse de un tema recurrente, el uso de las inteligencias artificiales en las aulas. Ya en febrero del 2023 recibí el primer ensayo que empleaba un chatbot, ese, por fortuna, declaraba en sus líneas la utilización, lo cual en principio me regaló cierta tranquilidad, pero el siguiente y los que vinieron y han llegado luego, ya no lo explicitaban más.

Por mi parte, empecé a usar generadores de imágenes para ilustrar mis presentaciones, me suscribí a ChatGPT poco después de su lanzamiento, desde una ingenuidad curiosa, con la intención de comprender y, he de reconocerlo, adelantarme a lo que ya avizoraba con algún recelo. Durante algunos meses cuando conversaba con colegas empecé a notar una preocupación generalizada, qué haríamos cuando los trabajos escritos solicitados en el marco de nuestra labor empezaran a ser realizados por IA, cómo asumir su llegada para quedarse, no sólo en las aulas, sino en la cotidianidad de la utilización de los diversos dispositivos conectados a internet, las necesarias regulaciones que tendrían que articularse con su aprovechamiento, y, principalmente, la preocupación por su utilización como un nuevo atajo por parte de los estudiantes, la inquietud respecto de sus usos como asesores, consejeros, e incluso, como suplencias de la humanidad falible. Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias.

Y en estos pocos años su avance ya ha sido motivo de inquietud, no exclusivamente de los ataviados profesores cargados de libros, marcadores y borradores, sino de expertos en tecnología, políticos, tecnócratas y estados. 

Sigo teniendo estudiantes, ahora de posgrado, que trabajan 40 y tantas horas semanales para costear sus matrículas, repartiendo el tiempo entre el trabajo, las familias, los estudios, el ocio, las rutinas, que ahora “copian y pegan” las respuestas y textos generados por los procesadores conversacionales, ante las solicitudes de escritos por parte de los profesores; pero ya no hay reglas claras, no hay reglamentos ni disposiciones disciplinarias, no se reconoce el respaldo institucional, pues aún no tenemos claro qué hacer, ni cómo, salvo resignarnos a aceptar que las IA llegaron para quedarse, y punto.

No obstante, creo que en este panorama hay “algo” que definitivamente está ganando, los propios chatbots, que se alimentan, procesan, ajustan, “aprenden” y se fortalecen gracias a los trabajos reasignados, verbigracia del llamado institucional a aprovechar e incorporar a las IA en las dinámicas educativas y en las institucionales que regulan las propias universidades. Estudiantes que trabajan para pagar sus programas académicos a la vez que sustituyen su capacidad intelectual, de pensamiento, análisis y reflexión. Docentes que solicitan a las IA escribir sus planeaciones, presentaciones y programas académicos excluyéndose voluntariamente del diseño curricular, y, del último bastión que motivó este escrito, de los expertos que se sustituyen voluntariamente por una IA, dejando en su generación de texto la labor de generar evaluaciones de los trabajos de los propios estudiantes.

Ante este panorama y como punto actual del recorrido, creo que he de declararme obsoleta, anticuada, inadecuada a las circunstancias actuales, vestigio arcaico transformado en humana en desuso, profe de las cavernas anhelando el polvo de la tiza, los cuadernos, las correcciones en esfero y lápiz, las charlas en el entretiempo y en los salones, descartable y archivable, apta acaso para los memoriales y estantes polvorientos, junto a las tesis de grado sobre las que escribí con esmero, utilizando papelitos y cuadernos, fotocopias y libros en papel, hace apenas poco más o menos 15 años. O quizá lo obsoleto no seamos los profes —yo incluida— sino el deseo de pensar y el empuje por seguir sabiendo, que ahora empiezo a extrañar…

Mitos y narrativas de progreso 

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado en la Edición 53 – Junio – Julio de 2018. www.elobservador.co El Observ@dor

El ideal de progreso centrado en una perspectiva de desarrollo limitada al crecimiento económico, legitima la expresión “si tienes más eres mejor que los demás”. Este énfasis de lo económico en la definición de desarrollo como señala el antropólogo colombiano Arturo Escobar, lleva a priorizar el tener sobre el ser y a validar valores culturales del consumo que se reproducen por ejemplo en las letras de las canciones “quien no tiene, no es”, “tanto tienes, tanto vales”. La búsqueda incesante por el consumo genera una sensación de frustración y fracaso cuando no se consigue corresponder a las demandas de éxito impuestas por la cultura occidentalizada. Los modelos de éxito y felicidad difundidos por los medios de información se apoyan en promesas comerciales que determinan la necesidad de consumir para conseguir el bienestar. La construcción de imaginarios de éxito y felicidad se alinean a las lógicas del mercado, ya que por medio de la publicidad y la propaganda se presiona para adquirir nuevos productos que están de moda. Tal como señaló en su época el publicista y periodista Edward Bernays. 

La moda y la propaganda orientada desde un modelo difusionista desarrollista es cuestionada por el experto en comunicación Jan Servaes, este modelo explica que todo producto nuevo es mejor. Sin embargo, la vigencia de lo nuevo es limitada, pues cada producto requiere reemplazo por uno más nuevo. Este círculo vicioso, promueve la necesidad de consumo y acumulación, ubicando el producto por encima de las relaciones. Por tanto, bajo la mirada del mercado, las relaciones se mercantilizan y adquieren un significado utilitarista de conveniencia económica que se naturaliza con el argumento individualista de la competitividad y la productividad.

La naturalización de las relaciones mercantilizadas tiende a establecer categorías y clasificaciones que determinan el grado de progreso y desarrollo en las personas. Categorías como pobre, rico, éxito, fracaso, abajo, arriba, entre otras, se convierten en marcos de referencia que indican el nivel de calidad de vida alcanzado, lo cual lleva a la carrera desenfrenada de tener y tener más.

El escritor Uruguayo Eduardo Galeano señaló “quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: “unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”. En la carrera desenfrenada de tener más, se arman los unos a los otros de equipajes comerciales para responder a las lógicas del mercado, donde según el politólogo Carlos Martinez Hincapié se establecen dualismos que perciben al otro como enemigo, contrincante y competidor al que se le debe ganar.

Ante el panorama expuesto surgen las siguientes preguntas: ¿Cómo promover relaciones humanizantes y para la vida, que confronten la visión alienante del mercado? ¿Cómo deslegitimar narrativas de progreso y desarrollo que venden un modelo de éxito basado en las lógicas del mercado?

Red solidaria de vecinos 

Edward Johnn Silva Giraldo. 

Publicado en el periódico el observador sabana centro Edición 29 octubre de 2015 

La llegada de nuevos vecinos a la región pone a prueba la capacidad de promover espacios de inclusión y aprovechar el conjunto de oportunidades para el emprendimiento de proyectos e iniciativas creativas. En este sentido, es necesario reconocer las personas que “están” y las que “llegan” a los conjuntos residenciales y barrios, para construir relaciones de confianza y colaboración. Es así que se requiere empezar a replantear la visión fragmentada que separa a “los de adentro” de “los de afuera”.   

Cuando se logran puntos de encuentro para la expresión y validación de saberes, la comunidad genera un sentido comunitario que permite separar las fronteras y reconstruir puentes que conectan. Este es un proceso que consiste en trabajar con la gente y entre la gente. Es un reto que nos invita a convertirnos en agentes capaces de transformar nuestro entorno, al mismo tiempo que nos transformamos a nosotros mismos. 

Afortunadamente, ya se han dado pequeños pasos, porque en estas tierras contamos con grandes maestros de la vida cotidiana que enseñan y motivan, desde sus oficios y profesiones, el arte de tejer relaciones de colaboración. Son arte-sanos, de todos los géneros y generaciones. Al respecto, Paulo Freire, exponente de la educación popular, dice que “es escuchando como se aprende a hablar con la gente y validar su participación”. En misma línea, la psicóloga comunitaria Maritza Montero, profesora de la Universidad Central de Venezuela, señala que “el respeto del otro genera el derecho a la discusión y a la diversidad de opiniones”. 

Trabajar con la comunidad, es como escuchar una orquesta de jazz, donde cada persona tiene una capacidad específica que exige ser descubierta. Por este motivo, es fundamental reconocer el potencial de todas las personas y desarrollar como estrategia un directorio de contactos (banco de talentos), que permita conocer de primera mano qué sabe cada quien y qué le gusta hacer. Pero, para poner en marcha estas iniciativas locales es necesaria la participación comunitaria y el replanteamiento de las prácticas convencionales. Por ejemplo, la comunidad no es una población objeto que asiste a actividades para ser investigada por expertos aislados y portadores de soluciones con acciones unilaterales, sino que es un conjunto de sujetos actores, capaces de incidir en los programas que van dirigidos hacia ellos mismos. Sin lugar a dudas, la gente apoya lo que ha ayudado a crear y, por esto, la red solidaria de vecinos es una coproducción que consiste en construir conjuntamente ideas innovadoras y hacerlas realidad.  

El buen vivir y el vivir bien  

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado julio 2019 en el periódico el observador sabana centro.  

El buen vivir (suma qamaña) y el vivir bien (sumakkawsay) son posturas indígenas que promueven la garantía de los derechos de la Pachamama (traduce tierra en lengua quechua). Estas posturas invitan al reconocimiento de los saberes ancestrales, los cuales conciben la naturaleza como fuente de vida que requiere cuidado. Por lo tanto, el cuidado de la madre tierra se expresa a través de la convivencia humana, una convivencia que busca fortalecer más el compartir que la competencia. 

La competencia promueve el lema “vivir mejor que los demás”. Este lema reitera en la necesidad de estar pendiente del vecino no para brindar apoyo, sino para estar por encima y superar la capacidad de consumo, por ejemplo, a través de un mejor vehículo. En este sentido, el buen vivir y el vivir bien, cuestionan el concepto de bienestar propuesto por la sociedad de consumo que se limita al acceso y a la acumulación de bienes materiales. Es decir, que el bienestar orientado por una visión capitalista enfatiza en un individualismo deshumanizado “primero yo, segundo yo y tercero yo”. En el individualismo deshumanizado impera la cultura del derroche basado en el consumo; del atajo centrado en la inmediatez y de la ley del más fuerte que legitima sacar al otro del camino.   

Los lugares también se han transformado. El parque como lugar de encuentro ha desaparecido. Ahora las familias visitan los centros comerciales y los temas de conversación se limitan a la tarjeta de crédito, las compras y las deudas. El lema de “buena vida” impone un estilo de vivir de manera egoísta y de apariencia. A dicho estilo de vida se le ha denominado bienestar, éxito, progreso, y desarrollo. Desde esta lógica se presiona a las familias a comprar lo innecesario y adquirir deudas con tarjetas de crédito donde los intereses aumentan día tras día, todo para responder a un pedido cultural de buena vida “el que no adquiere una deuda nunca consigue nada”.       

En cambio, el buen vivir y el vivir bien señalan que no se puede vivir bien si los demás viven mal, que lo importante es la vida, y que el objetivo no es aspirar a vivir mejor que los demás. En síntesis, no puede haber crecimiento personal en detrimento de la humanidad y la naturaleza.  

La salud es un bien común, no es una mercancía

Edward Johnn Silva Giraldo.  

Publicado en el periódico el observador sabana centro Edición 80 abril 2022 

La salud limitada a lo hospitalario, la enfermedad, lo individual y la prescripción de los medicamentos fragmenta la visión del cuidado integral. La salud también es agua potable, acceso a la educación y seguridad alimentaria. Sin embargo, el reiterado interés de mantener y reproducir los principios de eficacia y eficiencia que demandan las empresas, el mercado y las lógicas de consumo, invitan a desarrollar intervenciones en salud basadas en la postura individualista y competitiva centrada en la ganancia económica de unos pocos, en detrimento de aspectos del bien común tales como el aire, los suelos y los ecosistemas de vida.  

Es posible que en la actualidad se desarrollen proyectos de promoción y prevención, pero cabe señalar que algunas acciones pueden estar impregnadas de la lógica de salud mercancía, ya que los contratos los asignan a empresas o profesionales que convierten el bien común en un beneficio particular. Por tanto, la contratación para el desarrollo de estos programas en ocasiones se asigna a empresas dedicadas a otros fines, o profesionales sin formación para el trabajo con comunidades y la apertura para tejer de manera interdisciplinaria. Esta pauta de relación se encamina a favorecer por medio del discurso de la salud colectiva, los intereses particulares de los operadores e intermediarios del contrato. 

Los contratos otorgados a dedo o asignados como un favor político se suelen desarrollar de manera improvisada a partir de actividades que se reducen a una capacitación o campaña de corto plazo y descontextualizadas, donde los resultados se reducen en demostrar un impacto basado en cifras, la evidencia fotográfica y los formatos diligenciados. 

Entonces, resulta que se desarrollan programas sociales para beneficiar los intereses empresariales de un sector, se despilfarran dineros en acciones desarrolladas sin investigación y se reproducen labores descoordinadas. Al respecto, surgen las siguientes preguntas ¿Cómo fortalecer las acciones de promoción de la salud de modo articulado, contextualizado y participativo con perspectiva familiar y comunitaria? ¿Cómo generar un sistema de salud como bien común basado en los principios de la solidaridad colectiva? 

¿Unidades aisladas o comunidades solidarias?

Edward Johnn Silva Giraldo

Publicado en el periódico el observador Julio 2021.

Nací en una región de Colombia rodeado de verde natural. Viví mi infancia en un barrio que recién fundado estaba ubicado alrededor de fincas y el río de oro donde se construían historias de “espantos” y unión comunitaria. Los árboles de limón, papaya, guayaba y cacao generaban un aroma de frescura. El agua del río era cristalina; sin embargo, luego se convirtió en el depósito de todo lo que se desechaba, pues el modelo depredador predominante que envenena los ríos contamina el aire y destruye los cultivos, fue cambiando el color del agua y el lugar donde se fabricaban historias por montón, a cualquier hora del día, perdió su esencia idílica. En esa época mi familia y los vecinos nos reuníamos para organizar y realizar actividades deportivas y juegos tradicionales: trompo, yoyo, canicas y banquitas.

En navidad ocurrían encuentros improvisados para conversar alrededor de la música, la preparación y el compartir de los alimentos. Allí conocí las tertulias. Todos teníamos algo que decir, algo que aportar. Esa común unidad nos reunía como vecinos para jugar, conversar y compartir ¡Tiempos aquellos donde se podía jugar en los campos, cuando no teníamos tantas urbanizaciones!

En esa época se empezó a organizar la junta de acción comunal, se levantó la parroquia y en la finca contigua se construyó otro barrio. Recuerdo que me generaba curiosidad la delimitación simbólica que se daba alrededor de estos espacios, especialmente por las barreras artificiales. Es decir, muros de cemento y mentales que promueven la idea de que los vecinos del frente eran de otro barrio, de otro estrato social. Más grave aún, se naturalizó la creencia que había personas importantes. En otras palabras, como señala el escritor colombiano William Ospina -en el libro ¿Dónde está la franja amarilla? -se producía un modelo social excluyente de personas de primera categoría y de segunda categoría ¿Será que ese modelo aún perdura?

Hoy la vida en comunidad se aleja del compartir solidario, la insistencia de una publicidad orientada al consumo y la competencia como única forma de relación imperan en la cotidianidad. Por ejemplo, algunos realities fomentan la idea que la vida es un constante desafío y la consigna del juego se basa en la eliminación. Además, en esta pandemia se ha recurrido al encierro, el aislamiento y el distanciamiento emocional como estrategia de protección, lo cual también contribuye al deterioro de la salud mental. Por lo tanto, es necesario preguntarnos ¿Cómo vamos a proteger la vida? ¿Qué necesitamos para fortalecernos como comunidad? ¿Cómo construir una sociedad solidaria y aprendemos a convivir desde la dignificación humana?

Ángel Pastran: “estamos trabajando en comunidad”

Por Roy Salas Adán. Periodista y escritor.

El pasado día del niño, un grupo de emprendedores de la gastronomía venezolana en Cajicá, realizaron con éxito su primer evento conjunto, una iniciativa que les está motivando a generar una mayor sinergia y solidaridad. Allí reina el espíritu de colaboración que hermana a los emprendedores de los saberes gastronómicos, así lo explicó Ángel Pastran, propietario del emprendimiento Be Happy, quien describe como esta realidad resultó contradecir ampliamente sus prejuicios. 

“Yo no entendía lo que significaba trabajar en una plazoleta de comidas, por lo cual, tenía mucha incertidumbre al llegar acá, será que toca pelear entre todos para poder ganar —se preguntaba—, pero mi personalidad no es de ser contendor, sino colaborador, así que aquello me preocupaba, sin embargo al llegar a la plazoleta, bendito Dios, encontré personas muy solidarias, por decirlo en una expresión venezolana, muy panas”, asegura. 

También agrega que Francelys Suárez, quien es venezolana, es una experta barista que trabaja en el local vecino donde ofrecen empanadas, arepas y son especialistas en cafés. Que Don Víctor, colombiano,  vende postres, helados, cafés y bebidas calientes, “ambos son personas muy colaborativas, con muchas ganas de crecer y de apoyar”, añade. 

Explica Angel que debido a que la plazoleta no está aún posicionada, entre todos trabajan para dar a conocer sus productos, tomando turnos para ir a la entrada de la plazoleta a invitar a los transeúntes, invirtiendo en publicidad común, donde aparezcan todos los establecimientos y organizando eventos conjuntos en fechas especiales para atraer a las familias cajiqueñas a este ambiente.  

 “No sé si ha sido beneficioso para ellos, pero mis vecinos para mí son una bendición”, asegura Ángel “han sido mis cómplices, son muy amables, incluso en ocasiones cuando alguno está embolatado y el otro tiene el negocio solo, nos apoyamos en el trabajo”, explica. 

Cuenta que a la señora Francelys la conoció mucho antes de llegar a la plazoleta, el día que decidió con su esposa e hijos conocer Cajicá y evaluar la posibilidad de mudarse, luego de recorrer algunas calles decidió comer unas empanadas y quiso Dios que llegará al local de Francelys, la conocimos ese primer día en el pueblo, “desde ahí a las dos familias nos une una gran amistad y el deseo de prosperar en esta tierra”. 

“Nuestra amistad surgió porque ella es de un pueblo cercano al nuestro en Venezuela, somos casi vecinos, estamos como a 15 minutos de distancia, de hecho ella en estos días viajó a Venezuela y aprovechamos de mandar cosas a la familia con ella”, cuenta.  

Describe que la hermandad también se refleja en el compartir que organizan cada tarde. «Todos hacemos algo para compartir en las tardes, por ejemplo, compramos pan, lo rellenamos con queso crema y jamón y lo compartimos con café; así cada día nos inventamos una merienda». 

“En estos meses de andar nos hemos dado cuenta que si nos ayudamos entre todos crecemos”, comenta que actualmente el reto es que cada uno sepa ofrecer el menú y las características de los distintos locales, ya que si un cliente se sienta a comer una empanada quizás se antoje de un chorizo o un helado y al final todos ganan. 

¿De dónde nace Be Happy y cuál es su propuesta?

“Surgió porque desde que llegue a Colombia siempre tuve la expectativa de montar un restaurante, yo en Venezuela tenía un negocio de este tipo, con el cual sostenía a mi familia y anhelaba que aquí no fuera diferente. Así que se dio la oportunidad de comprar Be Happy, con lo cual yo quería dar continuidad al restaurante que se llamaba Dónde Avelino, en honor a mi papá, pero varias personas nos alertaron de lo “complejo que es hacer empresa en Colombia”, así que decidimos conservar el nombre tal como estaba, después con el tiempo entendí que en Colombia es muy fácil formar una empresa. Que terminé creyendo comentarios de otras personas porque en Venezuela si es bastante complicado hacer empresa”. 

Explica que Be Happy no tenía originalmente su concepto, sino que fueron ellos, quienes pensando en cómo satisfacer a la gente que le gusta la comida propia, decidieron crear un negocio que prepara todos sus productos cárnicos, desde salchichas de los perros calientes, hasta las chuletas ahumadas de las bandejas a la carta, todo lo hacen de forma artesanal. “Nuestro negocio no es de gastronomía venezolana, sino de gastronomía artesanal, nosotros fabricamos todo, procesamos la chuleta ahumada, la tocineta y todo siguiendo estándares rigurosos, pero con trabajo artesanal, y el cliente que aprecia este arte lo sabe valorar”, asegura. 

¿Cómo vinieron a parar a la plazoleta?

«Nosotros el año pasado entramos en las convocatorias de la Secretaría de Desarrollo Económico de Cajicá y en capacitaciones con el apoyo de una entidad llamada Innpulsa Colombia y de la Cámara de Comercio de Bogotá, en nuestro caso presentamos el proyecto de fabricación y procesado de las carnes frías y con ese proyecto nos invitaron a participar en la convocatoria para capital semilla». 

«Nos apoyaron tanto que a pesar de que yo tuve un tema de salud durante esos días, que me mantuvo alejado por dos semanas, el equipo de la Secretaría de Desarrollo Económico me buscó y estuvieron muy pendientes de mí, y me ayudaron a que no perdiera la participación». 

«En el concurso de capital semilla hice todas las pruebas, comenzamos 32 concursantes, y aunque no gané quedé de quinto. Ese quinto lugar me sirvió para que ellos me dieran una embutidora manual y una máquina de empacado al vacío, equipos que me ayudan mucho, ya que antes, por ejemplo, me tomaba tres días fabricando una tanda de chorizos, ahora sólo me toma dos o tres horas». 

«Luego de esto los funcionarios de la Secretaria de Desarrollo económico me hicieron entender que debía buscar un local que me ofreciera mejores condiciones de infraestructura y así llegue a la feria de comidas del edificio, con la expectativa de adelantar los trámites legales pertinentes, para poder comercializar nuestras carnes frías artesanales y captar mas clientes para nuestro restaurante y para la plazoleta». 

¿Cuál es el reto actual?

«Seguir remando juntos, inventarnos estrategias para lograr que esta plaza sea autosustentable, que logremos atender de la mejor manera nuestra clientela»

Finalmente, desde este espacio queremos brindar un pequeño punto de apoyo, y por ello invitamos a nuestros lectores a darse una vuelta por esta comunidad de amigos de la gastronomía, y apoyar el emprendimiento, la economía local y sobre todo el espíritu colaborativo y de hermandad latinoamericana

 

Encuentro familiar a través del Sóftbol

Sóftbol: Una metáfora de vida

Por Edward Johnn Silva Giraldo

Johan vivió su infancia y juventud en la isla de Margarita donde aprendió a pescar, nadar en aguas abiertas y jugar Sóftbol con sus hermanos y amigos en las playas del Caribe Venezolano. Hoy a sus 34 años recuerda con alegría y reflexiona cómo su experiencia deportiva le ayudaron a fortalecer su disciplina y la paciencia para emprender sus proyectos.

Llegó con su familia hace varios años al municipio de Cajicá Cundinamarca, y el Sóftbol ha sido su metáfora de vida. Cada logro alcanzado es similar al paso por la primera, segunda y tercera base para hacer una carrera con su equipo

Para Johan el Sóftbol es una conexión con su tierra y seres queridos. Aunque está lejos de la brisa del mar, mantiene viva su pasión por este deporte. Casi todos los domingos se reúnen en familia y preparan los implementos: el bate, los guantes, la careta y las bases. Caminan para encontrar un lugar propicio donde jugar. Son creativos y recursivos. Narran con emoción cada lanzamiento, movimiento y anotación “nosotros mismos nos motivamos”. Juegan, cantan y bailan. Es una tarde de encuentro familiar donde participan niños, jóvenes y adultos “mi cuñada también realiza actividades con los niños, les pone su musiquita, todos la pasamos contentos, y nos distraemos la mente ahí un rato”. 

Alfonso Borges: El Maestro del baloncesto.

Por Edward Johnn Silva Giraldo

En el sector de Bobare ubicado en el Estado de Falcón en Venezuela, está escrito en los recuerdos de la comunidad el nombre de Don Alfonso Borges, un maestro del baloncesto que ayudó a sembrar confianza, leer capacidades y emprender proyectos deportivos con las familias y grupos de distintas edades. Ha sido un entrenador disciplinado, trabajador y humilde, siempre dispuesto a compartir enseñanzas y abierto a nuevos aprendizajes. Fue profesor en varios colegios y coordinador deportivo en su barrio. Empezó entrenando con personas mayores, y con los hijos y nietos de ellos, constituyó un grupo, un semillero, una escuela que fue creciendo hasta convertirse en un sueño hecho realidad. Siempre acompañado de su familia, amigos y vecinos, y gracias a su gestión “…en el barrio había artes, deportes y cultura de puertas abiertas”. 

Sin prisa, pero con persistencia Don Alfonso logró promover las categorías pre infantil, infantil y juvenil “Yo les decía a mis estudiantes, para ganar hay que entrenar”. Los frutos por el camino recorrido de entrenamientos acompañados de formación para la vida, se dieron en el año de 1983 cuando consiguieron como equipo una medalla de bronce en los IV juegos deportivos nacionales juveniles de Falcón “Me dieron reconocimientos por el entrenador del año” “La medalla está en los libros de Falcón como un acontecimiento”. Sin embargo, para este maestro del baloncesto lo importante no ha sido ganar medallas, sino formar ciudadanos, así como tampoco lo importante se ha centrado en la competencia, sino en la formación. 

Don Alfonso guarda las entrevistas que le realizaron varios periódicos de la época, las cuida como un tesoro, pues es un legado que quiere conservar y compartir a sus nietos, y siente orgullo por los años de experiencia “Es un orgullo saber que los muchachos que yo entrené desde pequeños, hoy son profesores y profesionales de distintas carreras, pero sobre todo muy buenas personas”. Muchos me escriben y me dicen “Profe yo le agradezco por lo que soy hoy en día”.

Este sabio entrenador del mundo de la vida tiene como principio orientador la honestidad y la vocación como servicio. Actualmente vive con su familia en Cajicá, está próximo a cumplir los 67 años, y le motiva la idea de seguir compartiendo sus saberes sobre el baloncesto con la comunidad del barrio Gran Colombia en Cajicá.