De la inutilidad de los relojes – Parte 2

Yolima Amado Sánchez

Apreciado lector, le invito nuevamente a ahondar en la reflexión respecto del paso del tiempo en su cotidianidad, a sentir la forma en que transcurren sus minutos y segundos, sus días, semanas, meses y años ¿Parece que el tiempo vuela o pasa más lento de lo usual?, ¿Siente que ayer es casi igual a hoy y que será igual a mañana?, ¿Anhela los fines de semana y las vacaciones?, ¿Siente hasta en los huesos cada día de la semana?, a tal punto que la emocionalidad cambia entre uno y otro, como si el paso del tiempo tuviese un color y sabor diferente o, por el contrario, el abanico de los días es una sombra gris en la que casi nada escapa de la pesadez y la repetición.

Los relojes, cronómetros y demás aparatejos diseñados para registrar el paso del tiempo nos brindan una materialidad, es decir, nos convencen de que el tiempo como tal es un tipo de entidad tangible, concreta, pues las manecillas o números digitales nos ponen de presente su avance.

Actualmente podemos acceder a los microsegundos estandarizados en los relojes atómicos, confiamos en la precisión del tiempo, o mejor, confiamos en la exactitud de la hora, minuto, segundo e instante fijado en los registros, y ya que esos son globales, universales, al parecer son los mismos para todos.

De ahí podríamos afirmar que el tiempo se trata de una magnitud, una forma de medida que organiza con precisión el presente, el pasado y, aparentemente el futuro; aunque claro, hasta que lo futuro no ocurra y se convierta en pasado, no estaremos seguros de lo que vendrá o siquiera de lo que estamos viviendo como presente.

Pero podemos suponer lo que viene, al menos en materia de conteo del tiempo; a cada lunes seguirá un martes, a cada octubre un noviembre, a cada amanecer un atardecer; sin embargo los años quedan atrás, no volveremos al 2020, al 1500, pero seguramente llegaremos al siguiente domingo.

A la vez finitud e infinitud, vida y muerte, en el mismo instante, y acaso ¿Sabremos del fin cuando se nos agoten los minutos?.  Una magnitud fijada en torno a cierta periodicidad en espiral: avanza aparentemente de manera lineal, pero siempre vuelven los lunes.

En lo cotidiano podríamos reconocerlo en el avance y declive del sol en el cielo, en el alargamiento y acortamiento de las sombras -salvo que estemos viviendo en las Islas Svalbard de Noruega o en la Antártida-, en el cambio entre estaciones, en la salida acumulativa de arrugas y canas; también hay quienes se fijan en las 9.192.631.770 oscilaciones y vibraciones uniformes de un átomo de cesio para aceptar el paso de un segundo.

La mayoría de nosotros construye su historia a punta de cumpleaños, festividades, semanas laborales, registros, fotografías y recuerdos que con el paso del tiempo se reescriben, se vuelven difusos o más coloridos, como señales de la vida misma, no obstante, ¿cómo logramos percibir o reconocer la cronometría de nuestros días?

Mientras viví en la ciudad -al menos tras la graduación universitaria- el tiempo se organizaba en torno a tareas, agendas, fechas de interés, fines de semana, trancones, rutinas, repeticiones, festivos y días hábiles, horarios y pausas activas; aumentaba de manera más o menos constante y acelerada.

Para evitar incumplimientos o impuntualidad disminuía el tiempo de descanso en las mañanas, pagaba taxi o caminaba casi siempre presurosa, mientras rumiaba aquello que debía llegar a hacer. No obstante, a pesar de todo lo que ocurría a mi alrededor, de lo que hacía, decía, proponía o pensaba, su sabor era monótono -ciertamente de un solo tono-, el tiempo sólo era algo que se acumulaba, mientras me restringía y cronometraba. Las horas extenuaban pero a la vez resultaban insuficientes, cada día traía algo nuevo, pero eso nuevo era el eco de algo que se repetía o de algo que entraría pronto al baúl de lo olvidable, no por significativo o tormentoso, sino por intrascendente.

No sé si usted se ha sentido así, querido lector, de ser así, tómese una pausa en este instante, respire profundo y mire a su alrededor, y si acaso tiene el privilegio de una ventana, asómese, mire al cielo, o al suelo, pero deténgase un minuto, al menos uno, le aseguro que detener la inercia no le romperá el día.

Por otra parte, aquí, ahora, en este paraíso rural que habito hace poco más de un año, el tiempo está hecho de trocitos de experiencia, de instantes que se organizan mientras el cielo avanza y que, curiosamente, detienen “el reloj interno” ese mismo que antes funcionaba al tenor de las citas, reuniones, horarios, tareas, calendarios y agendas.

¿Cómo explicarlo? La mañana depende de un cierto orden de trinos: primero el volumen y frecuencia de los grillos y saltamontes noctámbulos empieza a menguar, luego los cucaracheros y otros pajarillos no identificados pero con cánticos similares, breves, armoniosos y extensos suenan por doquier. La frecuencia del canto de los gallos aumenta, así como el volumen de sus llamados a despertar. Se contestan unos a otros, retumban en cada una de las parcelas cercanas. Luego los toches y cabecirrojos hacen lo suyo, se asoman a sus nidos y se hacen sentir, mientras las cigarras despiertan con los primeros rayos del sol.

Cerca de las seis de la mañana, en ese instante en el que el sol ya ha salido por completo del oriente – ese punto cardinal concreto que veo diariamente desde mi ventana-, algo ocurre y el volumen de la sinfonía sube de improviso. Oficialmente el día ha empezado. Tras más o menos media hora el desfile de pajarillos, toches, cabecirrojos, azulejos, tórtolas y demás animales que revelan mi ignorancia en materia de Taxonomía se apoderan de cada mañana.

Las guacharacas son otra cosa. Ellas dependen de la tibieza, del cielo despejado y de la partida de la neblina, necesitan espacio abierto, alta visibilidad y las ramas más altas de los árboles, antes de empezar su canon; entonces, una canta, otra responde, y en la montaña del frente otra más, repiten casi la misma melodía, seguida cada una de ellas de otra y otra más, en una comparsa que retumba, va y vuelve, dejando sin posibilidad de hacerse oír a otras criaturas.

Algunos días empiezan su recorrido a las seis de la mañana, pero si amanece nublado, perfectamente pueden esperar hasta las diez u once. Cantan y van subiendo hacia lo más alto de la montaña; y por la tarde, a las tres, cuatro o cinco, expresamente con el cumplimiento de las condiciones de claridad, tibieza y visibilidad, siguen la ruta cuesta abajo, regresando a sus nidos o vaya uno a saber a qué otra parte de la cordillera oriental.

Al medio día, si es uno de esos, fuertemente soleados y llenos de guacharacas, el viento del suroccidente convierte la casa en una flauta. Las ventanas abiertas transportan las corrientes y un leve aúllo se escucha por toda la casa. Las cigarras aumentan el ritmo de sus chirridos a medida que el calor se intensifica, rítmicas, constantes, alternadas con las oleadas de viento que sacuden los árboles. A lo lejos, los churicos discuten airadamente unos con otros, en bandadas ruidosas que alternan entre los troncos de los árboles.

Ocasionalmente una mariamulata confunde a los humanos citadinos, haciendo sonar alarmas de automóviles inexistentes, o una mirla cuenta cuentos que no logro entender. Las ramas también crujen, chocan sacudiéndose las hojas secas y provocando un suave rumor, como una lluvia tenue o una quebrada ausente.

Los sonidos en conjunto, cuya regularidad aún no logro establecer, vienen por oleadas; baja el volumen del viento y suben las cigarras, se unen los árboles y los churicos, canta el agua de la quebrada en solitario, sube el volumen y luego baja. Mañana puede ser día de tormenta, de relámpagos que se hacen oír hasta tres veces mientras rebotan juguetones entre las montañas. Pero como no quiero usar cronómetros ni registros, prefiero sentarme a contemplar cada día lo inesperado que vendrá.

Cerca de las cuatro los grillos empiezan a chirriar, acompasados, lentos pero constantes, también unos cuántos gallos, como si unos y otros fueran reconociendo que la tarde empieza a caer, que el sol desciende y la fuerza de su luz disminuye rápidamente; en cuestión de minutos la sensación térmica baja y el volumen de los insectos se potencia.

Ocasionalmente una lagartija emite ese sonido tan característico, ese toc, toc, toc, que los primeros días me hacía sobresaltar, como esperando un visitante desconocido, pero que ahora me hace levantar la mirada y buscar. Pues ellas siempre se esconden, de sus presas, de los depredadores y, por supuesto, de los humanos curiosos, que sólo llegan para estorbar.

Así cae la noche y una constancia de múltiples chirridos, croares, ululares y batir de alas se instala hasta el inicio de la siguiente mañana. ¡Vaya que es lamentable mi ignorancia taxonómica!

También se destacan los perros, sus ladridos y aullidos, unos que, hay que decirlo, no tienen horario ni fecha en el calendario. Crean cierta alarma, cierto margen de vigilancia, mientras marcan la ruta de los caminantes y el paso de otros animales -o vaya uno a saber sobre qué más pretenden ladrar.

En contraste recuerdo mis años en la ciudad, pues los sonidos tenían una regularidad esperada, una que seguramente se mantiene más o menos igual: A medida que amanece aumenta el sonido de los autos, buses, camiones, sirenas y motos en la calle, se escuchan poco a poco los televisores, licuadoras y procesadores, puertas que se abren y cierran todos los días, casi a la misma hora.

Pitos, voces, gritos, voceadores, más motores, autos, buses, motos, aviones, helicópteros; acaso entre las 4 y 5 de la mañana escuchaba algunos copetones y cerca de las 6 de la tarde, unos pocos mirlos afanosos regresando a sus nidos (o bueno, eso quería creer cada vez que los identificaba). Durante algunos meses un solitario grillo se escuchaba en el garaje, y su canto me refrescaba. Por lo demás, bocinas, gritos, motores, tecleo, teléfonos, notificaciones, alarmas de autos, alarmas de casas, sonidos de alarma aquí y allá, un estrépito de sonidos que me abrumaba cada vez que salía a la puerta de la casa, porque su volumen aumentaba de manera sostenida hasta que tenía ocasión de regresar, y en medio, para huir del abrumador rechinar de la vida en la ciudad, audífonos permanentes para aislarme en mis propios sonidos, unos elegidos de manera voluntaria, no impuestos ni completamente escuchados, mero ruido para no escuchar.

Algunas noches reproducía en el celular sonidos del bosque o del campo, propios o disponibles en línea, era mi forma de escapar, la alternativa al incesante y cansado funcionamiento de las máquinas en crepitar. 

Actualmente escucho muy a lo lejos los motores de los automóviles, generalmente camiones o motos, pero la intensidad del sonido es apenas perceptible; con un volumen mínimo, como si apenas fuera el eco de un recuerdo.

Definitivamente, hay lugares en que los relojes sólo estorban y es un privilegio tener ocasión de escuchar.

El maletín de sabiduría de la Maestra Daicy

Daicy Romero “Ser docente es tener vocación”

Por Edward Johnn Silva Giraldo 

La Maestra Daicy Josefina Romero de Chacin a sus 61 años, relata con brillo en la mirada y pasión en su voz, los caminos que continúa recorriendo en su labor formativa. Estudió licenciatura en Educación Integral y un posgrado en gerencia educativa. Dedicó veintitrés años de servicio acompañando procesos educativos como docente de aula y directora académica en Venezuela “ser docente es tener vocación, es sentirlo”. En 1984 recibió una condecoración como docente del año, y de ahí en adelante vinieron muchos reconocimientos. 

Siempre disfruta cada aventura de aprendizaje. El abrazo, los juegos y las preguntas curiosas que hacen los niños reconfortan su vida “La educación y los niños son como la semilla y el árbol que crece con hojas, ramas y raíces”

Hace 4 años llegó a Colombia con un maletín de sabiduría donde lleva su vocación de servicio. Empezó una iniciativa de educación popular con la comunidad en Bogotá, en la localidad de Engativá; orientando tareas en un comedor o en un parque, y desde su didáctica del amor ha conseguido despertar en los niños el gusto y placer por la lectura y escritura.  

Le gusta compartir lo que sabe, decir lo que siente, escuchar y preguntar para aprender. Valora la participación y le molesta la actitud de mando y autoritarismo que en ocasiones se asume en los procesos de enseñanza. Acoge el sabio dicho que se ha transmitido de generación en generación en Venezuela: “el que tiene buena voz, no manda a otro a cantar”. Reconoce los diversos saberes “Todo no se enseña en la escuela y la universidad, también está la escuela de la vida donde se pueden rescatar valores”.  

Hoy comparte su experiencia como maestra de vida en su rol de abuela y referente comunitaria entre los vecinos. Aunque añora el patio de su casa en Venezuela donde se podía correr y la cancha techada que convocaba al encuentro, sigue siendo recursiva para construir con sus nietos un centro de aprendizaje en el espacio de la sala, el comedor y un lugar acogedor al aire libre.