De la inutilidad de los relojes – Parte 2

Yolima Amado Sánchez

Apreciado lector, le invito nuevamente a ahondar en la reflexión respecto del paso del tiempo en su cotidianidad, a sentir la forma en que transcurren sus minutos y segundos, sus días, semanas, meses y años ¿Parece que el tiempo vuela o pasa más lento de lo usual?, ¿Siente que ayer es casi igual a hoy y que será igual a mañana?, ¿Anhela los fines de semana y las vacaciones?, ¿Siente hasta en los huesos cada día de la semana?, a tal punto que la emocionalidad cambia entre uno y otro, como si el paso del tiempo tuviese un color y sabor diferente o, por el contrario, el abanico de los días es una sombra gris en la que casi nada escapa de la pesadez y la repetición.

Los relojes, cronómetros y demás aparatejos diseñados para registrar el paso del tiempo nos brindan una materialidad, es decir, nos convencen de que el tiempo como tal es un tipo de entidad tangible, concreta, pues las manecillas o números digitales nos ponen de presente su avance.

Actualmente podemos acceder a los microsegundos estandarizados en los relojes atómicos, confiamos en la precisión del tiempo, o mejor, confiamos en la exactitud de la hora, minuto, segundo e instante fijado en los registros, y ya que esos son globales, universales, al parecer son los mismos para todos.

De ahí podríamos afirmar que el tiempo se trata de una magnitud, una forma de medida que organiza con precisión el presente, el pasado y, aparentemente el futuro; aunque claro, hasta que lo futuro no ocurra y se convierta en pasado, no estaremos seguros de lo que vendrá o siquiera de lo que estamos viviendo como presente.

Pero podemos suponer lo que viene, al menos en materia de conteo del tiempo; a cada lunes seguirá un martes, a cada octubre un noviembre, a cada amanecer un atardecer; sin embargo los años quedan atrás, no volveremos al 2020, al 1500, pero seguramente llegaremos al siguiente domingo.

A la vez finitud e infinitud, vida y muerte, en el mismo instante, y acaso ¿Sabremos del fin cuando se nos agoten los minutos?.  Una magnitud fijada en torno a cierta periodicidad en espiral: avanza aparentemente de manera lineal, pero siempre vuelven los lunes.

En lo cotidiano podríamos reconocerlo en el avance y declive del sol en el cielo, en el alargamiento y acortamiento de las sombras -salvo que estemos viviendo en las Islas Svalbard de Noruega o en la Antártida-, en el cambio entre estaciones, en la salida acumulativa de arrugas y canas; también hay quienes se fijan en las 9.192.631.770 oscilaciones y vibraciones uniformes de un átomo de cesio para aceptar el paso de un segundo.

La mayoría de nosotros construye su historia a punta de cumpleaños, festividades, semanas laborales, registros, fotografías y recuerdos que con el paso del tiempo se reescriben, se vuelven difusos o más coloridos, como señales de la vida misma, no obstante, ¿cómo logramos percibir o reconocer la cronometría de nuestros días?

Mientras viví en la ciudad -al menos tras la graduación universitaria- el tiempo se organizaba en torno a tareas, agendas, fechas de interés, fines de semana, trancones, rutinas, repeticiones, festivos y días hábiles, horarios y pausas activas; aumentaba de manera más o menos constante y acelerada.

Para evitar incumplimientos o impuntualidad disminuía el tiempo de descanso en las mañanas, pagaba taxi o caminaba casi siempre presurosa, mientras rumiaba aquello que debía llegar a hacer. No obstante, a pesar de todo lo que ocurría a mi alrededor, de lo que hacía, decía, proponía o pensaba, su sabor era monótono -ciertamente de un solo tono-, el tiempo sólo era algo que se acumulaba, mientras me restringía y cronometraba. Las horas extenuaban pero a la vez resultaban insuficientes, cada día traía algo nuevo, pero eso nuevo era el eco de algo que se repetía o de algo que entraría pronto al baúl de lo olvidable, no por significativo o tormentoso, sino por intrascendente.

No sé si usted se ha sentido así, querido lector, de ser así, tómese una pausa en este instante, respire profundo y mire a su alrededor, y si acaso tiene el privilegio de una ventana, asómese, mire al cielo, o al suelo, pero deténgase un minuto, al menos uno, le aseguro que detener la inercia no le romperá el día.

Por otra parte, aquí, ahora, en este paraíso rural que habito hace poco más de un año, el tiempo está hecho de trocitos de experiencia, de instantes que se organizan mientras el cielo avanza y que, curiosamente, detienen “el reloj interno” ese mismo que antes funcionaba al tenor de las citas, reuniones, horarios, tareas, calendarios y agendas.

¿Cómo explicarlo? La mañana depende de un cierto orden de trinos: primero el volumen y frecuencia de los grillos y saltamontes noctámbulos empieza a menguar, luego los cucaracheros y otros pajarillos no identificados pero con cánticos similares, breves, armoniosos y extensos suenan por doquier. La frecuencia del canto de los gallos aumenta, así como el volumen de sus llamados a despertar. Se contestan unos a otros, retumban en cada una de las parcelas cercanas. Luego los toches y cabecirrojos hacen lo suyo, se asoman a sus nidos y se hacen sentir, mientras las cigarras despiertan con los primeros rayos del sol.

Cerca de las seis de la mañana, en ese instante en el que el sol ya ha salido por completo del oriente – ese punto cardinal concreto que veo diariamente desde mi ventana-, algo ocurre y el volumen de la sinfonía sube de improviso. Oficialmente el día ha empezado. Tras más o menos media hora el desfile de pajarillos, toches, cabecirrojos, azulejos, tórtolas y demás animales que revelan mi ignorancia en materia de Taxonomía se apoderan de cada mañana.

Las guacharacas son otra cosa. Ellas dependen de la tibieza, del cielo despejado y de la partida de la neblina, necesitan espacio abierto, alta visibilidad y las ramas más altas de los árboles, antes de empezar su canon; entonces, una canta, otra responde, y en la montaña del frente otra más, repiten casi la misma melodía, seguida cada una de ellas de otra y otra más, en una comparsa que retumba, va y vuelve, dejando sin posibilidad de hacerse oír a otras criaturas.

Algunos días empiezan su recorrido a las seis de la mañana, pero si amanece nublado, perfectamente pueden esperar hasta las diez u once. Cantan y van subiendo hacia lo más alto de la montaña; y por la tarde, a las tres, cuatro o cinco, expresamente con el cumplimiento de las condiciones de claridad, tibieza y visibilidad, siguen la ruta cuesta abajo, regresando a sus nidos o vaya uno a saber a qué otra parte de la cordillera oriental.

Al medio día, si es uno de esos, fuertemente soleados y llenos de guacharacas, el viento del suroccidente convierte la casa en una flauta. Las ventanas abiertas transportan las corrientes y un leve aúllo se escucha por toda la casa. Las cigarras aumentan el ritmo de sus chirridos a medida que el calor se intensifica, rítmicas, constantes, alternadas con las oleadas de viento que sacuden los árboles. A lo lejos, los churicos discuten airadamente unos con otros, en bandadas ruidosas que alternan entre los troncos de los árboles.

Ocasionalmente una mariamulata confunde a los humanos citadinos, haciendo sonar alarmas de automóviles inexistentes, o una mirla cuenta cuentos que no logro entender. Las ramas también crujen, chocan sacudiéndose las hojas secas y provocando un suave rumor, como una lluvia tenue o una quebrada ausente.

Los sonidos en conjunto, cuya regularidad aún no logro establecer, vienen por oleadas; baja el volumen del viento y suben las cigarras, se unen los árboles y los churicos, canta el agua de la quebrada en solitario, sube el volumen y luego baja. Mañana puede ser día de tormenta, de relámpagos que se hacen oír hasta tres veces mientras rebotan juguetones entre las montañas. Pero como no quiero usar cronómetros ni registros, prefiero sentarme a contemplar cada día lo inesperado que vendrá.

Cerca de las cuatro los grillos empiezan a chirriar, acompasados, lentos pero constantes, también unos cuántos gallos, como si unos y otros fueran reconociendo que la tarde empieza a caer, que el sol desciende y la fuerza de su luz disminuye rápidamente; en cuestión de minutos la sensación térmica baja y el volumen de los insectos se potencia.

Ocasionalmente una lagartija emite ese sonido tan característico, ese toc, toc, toc, que los primeros días me hacía sobresaltar, como esperando un visitante desconocido, pero que ahora me hace levantar la mirada y buscar. Pues ellas siempre se esconden, de sus presas, de los depredadores y, por supuesto, de los humanos curiosos, que sólo llegan para estorbar.

Así cae la noche y una constancia de múltiples chirridos, croares, ululares y batir de alas se instala hasta el inicio de la siguiente mañana. ¡Vaya que es lamentable mi ignorancia taxonómica!

También se destacan los perros, sus ladridos y aullidos, unos que, hay que decirlo, no tienen horario ni fecha en el calendario. Crean cierta alarma, cierto margen de vigilancia, mientras marcan la ruta de los caminantes y el paso de otros animales -o vaya uno a saber sobre qué más pretenden ladrar.

En contraste recuerdo mis años en la ciudad, pues los sonidos tenían una regularidad esperada, una que seguramente se mantiene más o menos igual: A medida que amanece aumenta el sonido de los autos, buses, camiones, sirenas y motos en la calle, se escuchan poco a poco los televisores, licuadoras y procesadores, puertas que se abren y cierran todos los días, casi a la misma hora.

Pitos, voces, gritos, voceadores, más motores, autos, buses, motos, aviones, helicópteros; acaso entre las 4 y 5 de la mañana escuchaba algunos copetones y cerca de las 6 de la tarde, unos pocos mirlos afanosos regresando a sus nidos (o bueno, eso quería creer cada vez que los identificaba). Durante algunos meses un solitario grillo se escuchaba en el garaje, y su canto me refrescaba. Por lo demás, bocinas, gritos, motores, tecleo, teléfonos, notificaciones, alarmas de autos, alarmas de casas, sonidos de alarma aquí y allá, un estrépito de sonidos que me abrumaba cada vez que salía a la puerta de la casa, porque su volumen aumentaba de manera sostenida hasta que tenía ocasión de regresar, y en medio, para huir del abrumador rechinar de la vida en la ciudad, audífonos permanentes para aislarme en mis propios sonidos, unos elegidos de manera voluntaria, no impuestos ni completamente escuchados, mero ruido para no escuchar.

Algunas noches reproducía en el celular sonidos del bosque o del campo, propios o disponibles en línea, era mi forma de escapar, la alternativa al incesante y cansado funcionamiento de las máquinas en crepitar. 

Actualmente escucho muy a lo lejos los motores de los automóviles, generalmente camiones o motos, pero la intensidad del sonido es apenas perceptible; con un volumen mínimo, como si apenas fuera el eco de un recuerdo.

Definitivamente, hay lugares en que los relojes sólo estorban y es un privilegio tener ocasión de escuchar.

De la inutilidad de los relojes. Parte 1.

Por: Yolima Amado Sánchez

Estoy a punto de cumplir cuatro meses en mi nueva realidad y, por razones que no alcanzo a comprender del todo, apenas ahora la escritura empieza a concretarse. He tomado notas y empezado escritos casi todas las semanas, amontono en la nube fotos y videos, audios y papelitos garabateados; pero en cada oportunidad tal labor resulta pospuesta, aplazada hasta nueva orden, o mejor, hasta nuevo impulso.

De la mano de esta suerte de bloqueo ha llegado el señalamiento interno, esa voz cansona que me dice que debo sentarme a escribir, que ya tengo suficiente material e ideas para construir la bitácora, que no debo posponer, que aproveche mejor el tiempo, es decir, que sea más productiva -tal y como lo era en mi anterior estilo de vida. Pues bien, quizá la cuestión tenga que ver con que hay cierto desajuste entre mis realidades, cierta inutilidad de los relojes que aún estoy observando y comprendiendo, de modo tal que apenas ahora escasamente me arriesgo a cuasi concluir.

Llevaba más de cuatro décadas en el estilo urbano: lleno de rutinas, tareas, pendientes y responsabilidades, actividades repetitivas que no siempre tenían un objetivo tangible, sino que más bien eran definidas externamente como parte de los deberes propios de cada momento y función -de estos aportes individuales para sostener la máquina en movimiento, que como hormiguitas calificadas y cualificadas tanto nos esmeramos en cumplir al pie de la letra.

Los tiempos de un citadino regular están organizados en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, en fin; en la lógica urbana las agendas y la pericia para cumplir cada tarea o labor pendiente, sumada a los ritmos que impone la actividad a realizar (estudio, trabajo, compartir con familiares, amigos y comunidad, divertimento, citas médicas, rumba, descanso, pasatiempos, vacaciones, rituales, contratos, fines de semana, festivos y festividades), implican prever con antelación tiempos de desplazamiento, de aseo personal, alimentación, excreción, pausa, fila, turno, asignación y plazo; cada segundo parece hacer parte de una interminable agenda que, en caso de sufrir cualquier alteración, desajusta lo que sigue y “eleva los niveles de cortisol”, poniendo en riesgo el día o la semana que viene, quitándonos el sueño o martillando como labor inconclusa e inacabada, dejándonos a destiempo. Cuando menos, así se me amontonaban los años a mí.

Ahora, en menos de cuatro meses, habida cuenta del estilo de vida en esta vereda santandereana, he caído estrepitosamente en algún tipo de vórtice de entropía temporal que no necesariamente comprendo del todo. Claro, mi situación es la de alguien que voluntariamente “se fue a vivir al campo”, alguien que de momento tiene el privilegio enorme de no estar afanado por las cuentas, y no necesariamente por haber amasado una pequeña fortuna en las décadas anteriores, más bien tiene que ver con el resultado de varios eventos de saturación, agobio, malestar, cansancio y desespero que “me sacaron corriendo de la ciudad”.

No obstante tal singularidad, creería que hay circunstancias compartidas con otros habitantes de estas regiones que puedo mencionar. En primera instancia, las agendas, calendarios y secuencias de tareas preestablecidas me resultan completamente inútiles, cuando no estorbosas. Los despertadores que tenía en la ciudad ahora son meros relojes; sencillamente despierto con la mañana, con el alivio del cuerpo, con el trino de los pájaros, con la brisa o la neblina fría, con los primeros rayos del sol; es extraño haber salido del imperio del tiempo cronometrado.

Es probable que si no tuviese agendadas algunas citas virtuales, poco o nada verificaría los relojes. El sueño ya no se me escabulle hasta la madrugada ni se define por la necesidad de dormir cierto número de horas para “reponerme” y retomar la rutina del siguiente día. Sencillamente empieza a llegar cuando el sol se esconde por el poniente y se apodera de mí paulatinamente sin notarlo, sin esfuerzo, sin una orden o planeación, más bien por mera necesidad del cuerpo y la mente, por el ritmo de los sonidos externos y del murmullo repetido de grillos, cigarras y una que otra lechuza. En ocasiones se altera por un relámpago, un aguacero tempestuoso o un zancudo vengador, por lo demás, es como si despertara y descansara con el día, con los tiempos y ritmos del entorno.

Curiosamente, aunque los tiempos del sueño se han regularizado sin mediación mecánica o digital externa, ya no los siento como rutina más bien como pequeños despertares a la existencia; dejó de ser importante si es miércoles o domingo, lunes o viernes; día feriado o comienzo de mes. Hay momentos en los que siento que llevo años en esta nueva dinámica y otros en los que parece que apenas han transcurrido unas cuantas semanas.

Los días son más largos que cuando vivía en la ciudad, empero, dejaron de ser tediosos, repetitivos o tortuosos; me ha ocurrido que son las nueve de la mañana y siento que ya debería ser mediodía, o mi sensación es que son las cinco de la tarde y apenas son las once de la mañana. Puedo despertar a las cuatro y media o a las seis y el bienestar de la mañana se sostiene. Sólo en una ocasión, en que me acosté cerca de la medianoche por una de esas actividades virtuales, me levanté después de las siete de la mañana, más allá de este caso, me convertí en una madrugadora habitual y relajada, alguien que se despierta sonriente, aspira el aroma circundante, escucha la tonada del momento, percibe la temperatura en los poros y se pone en movimiento sin pereza o abatimiento.

Tras salir de la cama, excepto por los días de mercado o las reuniones agendadas, cualquier cosa puede pasar a lo largo del día. La vida en la ruralidad reclama atención y genera tareas no previstas. Salir a recoger unas naranjas frente a la casa se puede convertir en una hora de desyerbado, recolección de pétalos de azahar para una infusión o de leña para el asador, observar abstraída algún animalejo singular o permanecer cautivada durante minutos viendo en derredor, una pequeña caminata, jugar con la mascota, desechar algún residuo orgánico, en fin, lo que sea que reclame la atención y los sentidos. Podría afirmar que ninguno de los días vividos aquí ha tenido una rutina diaria idéntica a otro.

En la ciudad podía prever casi minuto a minuto lo que haría durante el día, y no fueron pocas las veces que escribí unos cuantos versos gritando el agobio de la repetición y el agendamiento, de la ausencia de novedad o sorpresa, de lo predecible que sentía los días, semanas y meses, de la gris rutina que enmelcochaba horas y horas de firme cumplimiento. Por el contrario, aquí no sé ni a qué hora despertaré o dormiré, mucho menos las tareas o actividades que completaré o medio adelantaré antes del agotamiento de la luz natural.

Este desajuste de la cotidianidad es tremendo, en especial para alguien que tenía los minutos tan bien “invertidos”. Las primeras semanas alcancé a sentir la discrepancia, pues pretendí prolongar las planeaciones y agendas, los listados de pendientes y los plazos rigurosos. Me proponía un día cualquiera ocuparme de despejar de maleza un árbol, pero a la hora de empezar la tarea el sol, un hormiguero, otro árbol, la visita de un vecino, la sed, la picadura de los mosquitos, la lluvia o cualquier otra situación causaba que apenas avanzara un poco; en otros, tras definir dos o tres labores para el día me ocupaba en otras muy distintas.

Tuve que aprender pronto que el ritmo ya no lo ponía yo sino en entorno, mi propio cuerpo, las necesidades más apremiantes o los distractores más potentes de la vida circundante, todo esto es lo que define aquello que haré a continuación. Hoy, por ejemplo, planeé seguir despejando de maleza el canal que rodea la casa, pero la lluvia no estuvo de acuerdo, y me puse a escribir antes de que la batería del computador se agote o cualquier otra cosa me robe el aliento.

En esa medida, a diferencia de la vida urbana, la rural implica cuestiones vitales, francamente cercanas a la subsistencia; en mis anteriores trabajos un informe, tabla, estadística, escrito, por importante que pareciese podía ser escrito hoy, o mañana o en un mes o el próximo año, e incluso si una tarea no se cumplía las consecuencias parecían lejanas, externas o accesorias; en cambio aquí el sol, la lluvia y el viento, el frío, la neblina, el amanecer y el anochecer son potentes, permiten o no avanzar en una tarea; la sed es más real, así como el hambre; las heridas y picaduras, los pequeños cortes, las ampollas y “malos pasos” pueden alterar las tareas a realizar.

El agua y su potabilidad se vuelven presentes y objeto de atención; el fluido eléctrico se afecta por la lluvia, las tormentas eléctricas, el viento y la caída de los árboles, lo mismo ocurre con la conexión a internet. En la ciudad estos servicios, en la generalidad, dependen de la capacidad de pago y de la escogencia de un “buen” proveedor. En las áreas rurales su permanencia es incierta y hay que comprender la variabilidad para no “afanarse” por la suspensión o baja calidad de los servicios públicos, pues hay una empresa encargada y punto.

El paso del tiempo, de las horas, casi que se siente en los huesos; se percibe el cambio de los aromas de la mañana, mediodía, tarde, noche y madrugada; es inevitable mirar al cielo, hacia las montañas, para hacerse a una idea del clima próximo, reconociendo la enorme variabilidad, pues un cielo despejado puede convertirse en uno completamente nublado en menos de media hora. Los aguaceros se ven venir desde lejos, subiendo o bajando por las montañas o desplazándose por el valle. Las nubes se pegan a la tierra o se elevan desde ella y se funden con la neblina, el viento cambia de dirección al mediodía y se atenúa en las primeras horas de la mañana. Estoy segura de que esto mismo ocurre en las ciudades, sólo que no hay tiempo o atención para reconocerlo, menos para jugar a predecirlo. Baste con buscar la predicción del clima de su preferencia, para luego renegar de su inexactitud mientras se cumplen las tareas y rutinas previstas, llueva, truene o relampaguee.

Y es que una cosa es contar los minutos en el reloj y otra que se vean aletear de sombra en sombra, de rama en rama, de cántico en cántico, como bailando, pulsando, estirándose o esfumándose sin ningún arbitrio.

El buen vivir y el vivir bien  

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado julio 2019 en el periódico el observador sabana centro.  

El buen vivir (suma qamaña) y el vivir bien (sumakkawsay) son posturas indígenas que promueven la garantía de los derechos de la Pachamama (traduce tierra en lengua quechua). Estas posturas invitan al reconocimiento de los saberes ancestrales, los cuales conciben la naturaleza como fuente de vida que requiere cuidado. Por lo tanto, el cuidado de la madre tierra se expresa a través de la convivencia humana, una convivencia que busca fortalecer más el compartir que la competencia. 

La competencia promueve el lema “vivir mejor que los demás”. Este lema reitera en la necesidad de estar pendiente del vecino no para brindar apoyo, sino para estar por encima y superar la capacidad de consumo, por ejemplo, a través de un mejor vehículo. En este sentido, el buen vivir y el vivir bien, cuestionan el concepto de bienestar propuesto por la sociedad de consumo que se limita al acceso y a la acumulación de bienes materiales. Es decir, que el bienestar orientado por una visión capitalista enfatiza en un individualismo deshumanizado “primero yo, segundo yo y tercero yo”. En el individualismo deshumanizado impera la cultura del derroche basado en el consumo; del atajo centrado en la inmediatez y de la ley del más fuerte que legitima sacar al otro del camino.   

Los lugares también se han transformado. El parque como lugar de encuentro ha desaparecido. Ahora las familias visitan los centros comerciales y los temas de conversación se limitan a la tarjeta de crédito, las compras y las deudas. El lema de “buena vida” impone un estilo de vivir de manera egoísta y de apariencia. A dicho estilo de vida se le ha denominado bienestar, éxito, progreso, y desarrollo. Desde esta lógica se presiona a las familias a comprar lo innecesario y adquirir deudas con tarjetas de crédito donde los intereses aumentan día tras día, todo para responder a un pedido cultural de buena vida “el que no adquiere una deuda nunca consigue nada”.       

En cambio, el buen vivir y el vivir bien señalan que no se puede vivir bien si los demás viven mal, que lo importante es la vida, y que el objetivo no es aspirar a vivir mejor que los demás. En síntesis, no puede haber crecimiento personal en detrimento de la humanidad y la naturaleza.  

Están envenenando los humedales

Edward Johnn Silva Giraldo

La tingua azul, es un ave migratoria que recorre los paisajes colombianos durante los meses de octubre y marzo. Su propósito es encontrar los humedales, ya que son una fuente ecosistémica de conectividad hídrica y nodos de biodiversidad que le permiten su ciclo de reproducción. Infortunadamente, la tingua encuentra un humedal envenenado, contaminado, desecado y rellenado para la construcción de avenidas y urbanizaciones. En su intento por buscar un lugar de descanso luego del largo vuelo, la tingua confunde los ventanales de las nuevas edificaciones con espejos de agua, ocasionándose heridas de gravedad.

A esta hermosa ave, que representa la diversidad, le están frenando su vuelo y callando su canto. El concierto de aves es interrumpido por maquinaria que inunda de cemento el verde natural. Por ejemplo, planean obras sin el consentimiento de la comunidad, y con la excusa de generar conexión vial o traer un supuesto progreso al sector, deterioran la conexión de los humedales con la flora, la fauna y la riqueza hídrica.  

Con la excusa de generar conexión vial y progreso al sector, surgen mensajes sobre los humedales que confunden a la comunidad: “son focos de inseguridad” y “caños de agua maloliente”, que se deben pavimentar para acabar con el problema de contaminación y otros riesgos relacionados con la seguridad; desconociendo que los humedales ayudan a regular el ciclo hídrico, generar microclimas, producir oxígeno y controlar las inundaciones. 

Para colmo de males, prometen que van a conservar el medioambiente, y por ello construyen un pasillo con plantas, que cumplen una función decorativa, que embellece el sector, pero a cambio se pierden los beneficios del ecosistema.  

El envenenamiento de los humedales da cuenta de una visión antropocéntrica que impera sobre el cuidado de la vida. Entonces, recordé las palabras de un adagio popular que repetía mi profesora de filosofía en el colegio “Cuando el último árbol sea cortado, el último río envenenado, el último pez pescado, solo entonces “el hombre” descubrirá que el dinero no se come”  

Hoy se construye sobre los ecosistemas de vida. Los reservorios de agua y los cultivos de papa son eliminados. Los dilemas actuales de progreso invitan a la ciudadanía a comportarse como testigo silencioso de la explotación de la naturaleza y la ruptura ecosistémica; reproduciendo patrones hiperindividualistas y consumistas.