Descubriendo mi estrato social en Colombia

Roy Salas Adán

El exilio tiene una forma muy sutil de desnudarte. Te quita el nombre, los títulos, la trayectoria y te deja solo con lo que llevas puesto y un pasaporte que, a los ojos de la burocracia, muchas veces no es más que un pedazo de papel sin valor legal para sobrevivir.

Yo no era un improvisado. En Venezuela venía de construir una carrera sólida y respetada: había sido director de prensa en una oficina pública, corresponsal de un periódico regional cubriendo la realidad de tres municipios simultáneamente, y periodista para un diario de alcance nacional. Mi firma y mi voz habían pasado por la prensa de Monagas, por las páginas del Correo del Orinoco y por el trabajo comunicacional con la Alcaldía de Carora. Me sentía un profesional plenamente capacitado, formado para el análisis, la gestión de crisis y la redacción. Tenía las herramientas intelectuales para comerme el mundo. O eso pensaba.

Durante un mes y medio, esa hoja de vida no fue más que un peso muerto. Mi rutina se redujo a la incertidumbre. Todas las mañanas, mi primo Edwuar —recién llegado de Valencia— y yo nos levantábamos de las camas de aquella residencia en Chía que mi hermano nos había dejado paga por dos meses. Salíamos a la calle sin un rumbo fijo, impulsados únicamente por la necesidad. Caminábamos cuadras y cuadras, desafiando el frío de la sabana, entregando currículums en tiendas, centros comerciales y locales. La respuesta siempre era un silencio sepulcral o una mirada de cortesía que anticipaba el rechazo «no nos llame, nosotros le llamamos». El reloj corría en nuestra contra; el tiempo de la residencia se agotaba y los bolsillos seguían vacíos.

Edwuar lo entendió primero. Con una capacidad de adaptación más rápida y desprendida del peso del pasado, él asimiló el golpe de la realidad antes que yo: no tardó en aceptar un trabajo limpiando carros y, al caer el sol, salía a vender tintos en la noche para empezar a producir. Yo, en cambio, me resistía. Me aferraba a lo que era. Seguía caminando con terquedad, desgastando los zapatos en busca de una mejor opción laboral, una oportunidad que fuera más adecuada a mi experiencia, a mis años de estudio, a mi identidad como periodista. Sentía que bajar los brazos tan rápido era renunciar a mí mismo.

Desesperado por esa búsqueda que no daba frutos, intenté tocar las puertas de las instituciones gubernamentales. Alguien, viendo mi angustia, me sugirió que acudiera a una agencia de empleo del gobierno. Así fue como llegué a Colsubsidio.

Allí encontré un oasis temporal. El curso de atención al cliente y preparación laboral era excelente y daba refrigerio y almuerzo. Me esmeré como nunca. Participaba, debatía, ponía en práctica mis años de formación periodística y comunicación estratégica. Me convertí rápidamente en uno de los mejores alumnos. Al terminar el ciclo, la profesora se me acercó. Sus ojos no reflejaban indiferencia, sino una profunda y dolorosa empatía. Con mucho cariño, luego de invitarnos a comer pollo cerca del monumento de la luna me dijo con la frialdad de quien conoce cómo funciona el sistema, una frase que me bajó el telón de golpe:

—Roy, tienes una preparación increíble, eres un profesional brillante… pero sin los papeles en regla, sin un permiso de trabajo y con el título sin convalidar, el sistema formal no te va a absorber. Creo que tienes que buscar empleos informales.

Esas palabras fueron el crudo diagnóstico de mi nueva realidad. El muro contra el que choqué me demostró que el pragmatismo de mi primo era el único camino posible. Pasar de planificar estrategias de prensa y dirigir redacciones a asumir que tu intelecto no cuenta para el sistema es un golpe directo al ego. El quiebre fue inmediato, casi coreografiado por el destino: ese mismo día, mientras asimilaba el peso de mi nuevo «estrato social», sonó el teléfono. Era una oferta. No de una empresa, ni de una oficina. Era un trabajo nocturno vendiendo comida rápida en la calle. Con el agua al cuello y los dos meses de alquiler a punto de vencerse, ya no tuve el lujo de seguir esperando la opción ideal. Acepté.

Pasé de las salas de redacción al asfalto de la Zona Rosa de Chía. Mis noches y madrugadas cambiaron las computadoras por el calor de las brazas, los pinchos, las salchipapas y los hot dogs. Mi labor era acompañar al joven dueño del puesto ambulante en la Variante Chía Cota y, sobre todo, lidiar con la fauna de la noche.

El ambiente era hostil, cargado de una tensión que se respiraba en el aire. Desde mi puesto, vi cómo se descompone el ser humano cuando el alcohol y la calle se juntan. Presencié robos descarados a personas indefensas por su estado de ebriedad y, en más de una ocasión, el frío de la violencia real nos rozó de cerca en forma de peleas a puñaladas. Yo, que antes reportaba las noticias, ahora estaba inmerso en ellas, viviendo en un estado de alerta constante, cuidando la espalda, cuidando el puesto, cuidando la vida. Y cuando la noche parecía dar tregua, a las tres de la mañana, la policía llegaba a desalojarnos con una agresividad que te recordaba, por si lo habías olvidado, el lugar marginal que ocupabas en esa cadena social.

El destino me regaló una última ironía antes de cerrar ese capítulo. Uno de mis compañeros del curso de Colsubsidio, un colombiano que se había ganado la vida en la construcción, decidió dejar su trabajo como albañil porque aspiraba a algo mejor; por eso se estaba capacitando. Mientras él ascendía buscando un empleo formal gracias a su ciudadanía, me dejó su puesto vacante. Él salía de la obra para ir a la oficina, y yo entraba a la obra a ocupar su lugar.

Fue el cierre perfecto del círculo de mi nueva identidad. Mientras durase la tormenta, mi realidad se dividiría en dos turnos implacables: ayudante de construcción con un maestro santandereano informal de día, cargando bultos de cemento o demoliendo paredes, y vendedor ambulante de noche, esquivando la violencia de la madrugada. Así, entre el polvo de los ladrillos y el humo de la calle, el director de prensa terminó de descubrir cuál era su verdadero estrato social en el inicio de su vida como migrante.

El día que busqué una plaza y terminé en el mercado

Roy Salas Adán

Mi primer día completo en Colombia comenzó con los ojos bien abiertos y una ruta trazada a medias. La noche anterior había cruzado el puente de la frontera. Tras los controles migratorios, lo único que conocí de ese nuevo país fue media cuadra: la distancia exacta que me separaba de unos vendedores de boletos hacia Bogotá. Me ofrecieron un combo imbatible para un viajero cansado: cena, un espacio para ducharme y el pasaje para salir a las diez de la noche. No lo dudé. Necesitaba ese baño, esa comida y evitar dar vueltas a oscuras en un lugar desconocido.

A la mañana siguiente, cuando desperté en el autobús, el paisaje ya rozaba las cercanías de Tunja. Aprovechando que la unidad tenía wifi, me comuniqué con mis familiares. Las instrucciones de mis primos en Venezuela y Colombia eran claras y repetitivas: *«Roy, tienes que bajarte en la parada de la clínica Teletón, en la entrada de Chía. Si te pasas, el autobús te va a dejar en el propio Bogotá y va a ser mucho más difícil ir a buscarte»*. Con la advertencia grabada a fuego, me pasé el camino recordándole al chofer y al colector, una y otra vez, dónde debía quedarme. Cumplieron. Me dejaron exactamente en la Teletón.

Una vez allí, con mis maletas y la expectativa a flor de piel, volví a escribirles pensando que estarían esperando por mí. Pero la realidad era otra: todos estaban trabajando. *«Pasa por la pasarela al otro lado»*, me dijeron, *«toma un bus de los que van hacia Chía y dile al chofer que te deje en el parque de Bolívar, en el parque principal»*.

Ahí fue donde la semántica me jugó una trampa.

Para un venezolano, un **»parque»** es un lugar con columpios, áreas verdes o un espacio natural inmenso como el Parque del Este. El centro de un pueblo, el corazón de la vida social con su estatua y sus bancos, es, ha sido y siempre será **»la plaza»**. Así que, con toda la seguridad del mundo, me subí al autobús y le pedí al conductor:

—Por favor, me deja en la plaza principal de Chía.

El chofer asintió y arrancó. Minutos después, me indicó que había llegado. Me bajé con mis pertenencias y, al mirar a mi alrededor, el paisaje no se parecía en nada a lo que imaginaba. No había una estatua del Libertador, ni una iglesia colonial, ni bancos para sentarse a ver pasar la tarde. Estaba en medio de un bullicio ensordecedor, rodeado de camiones, puestos de verduras, vendedores ambulantes gritando ofertas y un olor intenso a frutas frescas y mercancía. Me habían dejado, textualmente, en la **Plaza de Mercado de Chía**.

Mientras tanto, mis familiares caminaban de un lado a otro por el parque principal, buscándome entre la gente. Pasó un buen rato de desencuentro hasta que finalmente sonó el teléfono. Era mi prima Anaís:

—¡Roy! ¿Pero en dónde estás?

—Bueno, Anaís, estoy en un sitio rarísimo, rodeado de un montón de vendedores de comida y puestos de mercado…

—¡No, chico! Te llevaron fue para la plaza de mercado. ¿Qué le dijiste tú al chofer?

—Pues que me dejara en la plaza principal…

—Ay, Roy —se rió—. Es que aquí las cosas son distintas. Aquí la «plaza» es el sitio donde se vende la comida, lo que en Venezuela llamamos el mercado. Y lo que tú buscas, que es la plaza con la iglesia y la estatua, aquí se le llama «el parque».

La confusión quedó aclarada entre risas y el misterio de mi desaparición se resolvió. Poco después, el esposo de mi prima apareció rescatándome en su moto, poniendo fin a mi caminata entre verduras y dando inicio, de una manera muy pintoresca, a mis días en Cundinamarca. Desde ese día lo aprendí a la fuerza: en Colombia, si buscas un respiro, vas al parque; si buscas el almuerzo, vas a la plaza.

De la inutilidad de los relojes – Parte 2

Yolima Amado Sánchez

Apreciado lector, le invito nuevamente a ahondar en la reflexión respecto del paso del tiempo en su cotidianidad, a sentir la forma en que transcurren sus minutos y segundos, sus días, semanas, meses y años ¿Parece que el tiempo vuela o pasa más lento de lo usual?, ¿Siente que ayer es casi igual a hoy y que será igual a mañana?, ¿Anhela los fines de semana y las vacaciones?, ¿Siente hasta en los huesos cada día de la semana?, a tal punto que la emocionalidad cambia entre uno y otro, como si el paso del tiempo tuviese un color y sabor diferente o, por el contrario, el abanico de los días es una sombra gris en la que casi nada escapa de la pesadez y la repetición.

Los relojes, cronómetros y demás aparatejos diseñados para registrar el paso del tiempo nos brindan una materialidad, es decir, nos convencen de que el tiempo como tal es un tipo de entidad tangible, concreta, pues las manecillas o números digitales nos ponen de presente su avance.

Actualmente podemos acceder a los microsegundos estandarizados en los relojes atómicos, confiamos en la precisión del tiempo, o mejor, confiamos en la exactitud de la hora, minuto, segundo e instante fijado en los registros, y ya que esos son globales, universales, al parecer son los mismos para todos.

De ahí podríamos afirmar que el tiempo se trata de una magnitud, una forma de medida que organiza con precisión el presente, el pasado y, aparentemente el futuro; aunque claro, hasta que lo futuro no ocurra y se convierta en pasado, no estaremos seguros de lo que vendrá o siquiera de lo que estamos viviendo como presente.

Pero podemos suponer lo que viene, al menos en materia de conteo del tiempo; a cada lunes seguirá un martes, a cada octubre un noviembre, a cada amanecer un atardecer; sin embargo los años quedan atrás, no volveremos al 2020, al 1500, pero seguramente llegaremos al siguiente domingo.

A la vez finitud e infinitud, vida y muerte, en el mismo instante, y acaso ¿Sabremos del fin cuando se nos agoten los minutos?.  Una magnitud fijada en torno a cierta periodicidad en espiral: avanza aparentemente de manera lineal, pero siempre vuelven los lunes.

En lo cotidiano podríamos reconocerlo en el avance y declive del sol en el cielo, en el alargamiento y acortamiento de las sombras -salvo que estemos viviendo en las Islas Svalbard de Noruega o en la Antártida-, en el cambio entre estaciones, en la salida acumulativa de arrugas y canas; también hay quienes se fijan en las 9.192.631.770 oscilaciones y vibraciones uniformes de un átomo de cesio para aceptar el paso de un segundo.

La mayoría de nosotros construye su historia a punta de cumpleaños, festividades, semanas laborales, registros, fotografías y recuerdos que con el paso del tiempo se reescriben, se vuelven difusos o más coloridos, como señales de la vida misma, no obstante, ¿cómo logramos percibir o reconocer la cronometría de nuestros días?

Mientras viví en la ciudad -al menos tras la graduación universitaria- el tiempo se organizaba en torno a tareas, agendas, fechas de interés, fines de semana, trancones, rutinas, repeticiones, festivos y días hábiles, horarios y pausas activas; aumentaba de manera más o menos constante y acelerada.

Para evitar incumplimientos o impuntualidad disminuía el tiempo de descanso en las mañanas, pagaba taxi o caminaba casi siempre presurosa, mientras rumiaba aquello que debía llegar a hacer. No obstante, a pesar de todo lo que ocurría a mi alrededor, de lo que hacía, decía, proponía o pensaba, su sabor era monótono -ciertamente de un solo tono-, el tiempo sólo era algo que se acumulaba, mientras me restringía y cronometraba. Las horas extenuaban pero a la vez resultaban insuficientes, cada día traía algo nuevo, pero eso nuevo era el eco de algo que se repetía o de algo que entraría pronto al baúl de lo olvidable, no por significativo o tormentoso, sino por intrascendente.

No sé si usted se ha sentido así, querido lector, de ser así, tómese una pausa en este instante, respire profundo y mire a su alrededor, y si acaso tiene el privilegio de una ventana, asómese, mire al cielo, o al suelo, pero deténgase un minuto, al menos uno, le aseguro que detener la inercia no le romperá el día.

Por otra parte, aquí, ahora, en este paraíso rural que habito hace poco más de un año, el tiempo está hecho de trocitos de experiencia, de instantes que se organizan mientras el cielo avanza y que, curiosamente, detienen “el reloj interno” ese mismo que antes funcionaba al tenor de las citas, reuniones, horarios, tareas, calendarios y agendas.

¿Cómo explicarlo? La mañana depende de un cierto orden de trinos: primero el volumen y frecuencia de los grillos y saltamontes noctámbulos empieza a menguar, luego los cucaracheros y otros pajarillos no identificados pero con cánticos similares, breves, armoniosos y extensos suenan por doquier. La frecuencia del canto de los gallos aumenta, así como el volumen de sus llamados a despertar. Se contestan unos a otros, retumban en cada una de las parcelas cercanas. Luego los toches y cabecirrojos hacen lo suyo, se asoman a sus nidos y se hacen sentir, mientras las cigarras despiertan con los primeros rayos del sol.

Cerca de las seis de la mañana, en ese instante en el que el sol ya ha salido por completo del oriente – ese punto cardinal concreto que veo diariamente desde mi ventana-, algo ocurre y el volumen de la sinfonía sube de improviso. Oficialmente el día ha empezado. Tras más o menos media hora el desfile de pajarillos, toches, cabecirrojos, azulejos, tórtolas y demás animales que revelan mi ignorancia en materia de Taxonomía se apoderan de cada mañana.

Las guacharacas son otra cosa. Ellas dependen de la tibieza, del cielo despejado y de la partida de la neblina, necesitan espacio abierto, alta visibilidad y las ramas más altas de los árboles, antes de empezar su canon; entonces, una canta, otra responde, y en la montaña del frente otra más, repiten casi la misma melodía, seguida cada una de ellas de otra y otra más, en una comparsa que retumba, va y vuelve, dejando sin posibilidad de hacerse oír a otras criaturas.

Algunos días empiezan su recorrido a las seis de la mañana, pero si amanece nublado, perfectamente pueden esperar hasta las diez u once. Cantan y van subiendo hacia lo más alto de la montaña; y por la tarde, a las tres, cuatro o cinco, expresamente con el cumplimiento de las condiciones de claridad, tibieza y visibilidad, siguen la ruta cuesta abajo, regresando a sus nidos o vaya uno a saber a qué otra parte de la cordillera oriental.

Al medio día, si es uno de esos, fuertemente soleados y llenos de guacharacas, el viento del suroccidente convierte la casa en una flauta. Las ventanas abiertas transportan las corrientes y un leve aúllo se escucha por toda la casa. Las cigarras aumentan el ritmo de sus chirridos a medida que el calor se intensifica, rítmicas, constantes, alternadas con las oleadas de viento que sacuden los árboles. A lo lejos, los churicos discuten airadamente unos con otros, en bandadas ruidosas que alternan entre los troncos de los árboles.

Ocasionalmente una mariamulata confunde a los humanos citadinos, haciendo sonar alarmas de automóviles inexistentes, o una mirla cuenta cuentos que no logro entender. Las ramas también crujen, chocan sacudiéndose las hojas secas y provocando un suave rumor, como una lluvia tenue o una quebrada ausente.

Los sonidos en conjunto, cuya regularidad aún no logro establecer, vienen por oleadas; baja el volumen del viento y suben las cigarras, se unen los árboles y los churicos, canta el agua de la quebrada en solitario, sube el volumen y luego baja. Mañana puede ser día de tormenta, de relámpagos que se hacen oír hasta tres veces mientras rebotan juguetones entre las montañas. Pero como no quiero usar cronómetros ni registros, prefiero sentarme a contemplar cada día lo inesperado que vendrá.

Cerca de las cuatro los grillos empiezan a chirriar, acompasados, lentos pero constantes, también unos cuántos gallos, como si unos y otros fueran reconociendo que la tarde empieza a caer, que el sol desciende y la fuerza de su luz disminuye rápidamente; en cuestión de minutos la sensación térmica baja y el volumen de los insectos se potencia.

Ocasionalmente una lagartija emite ese sonido tan característico, ese toc, toc, toc, que los primeros días me hacía sobresaltar, como esperando un visitante desconocido, pero que ahora me hace levantar la mirada y buscar. Pues ellas siempre se esconden, de sus presas, de los depredadores y, por supuesto, de los humanos curiosos, que sólo llegan para estorbar.

Así cae la noche y una constancia de múltiples chirridos, croares, ululares y batir de alas se instala hasta el inicio de la siguiente mañana. ¡Vaya que es lamentable mi ignorancia taxonómica!

También se destacan los perros, sus ladridos y aullidos, unos que, hay que decirlo, no tienen horario ni fecha en el calendario. Crean cierta alarma, cierto margen de vigilancia, mientras marcan la ruta de los caminantes y el paso de otros animales -o vaya uno a saber sobre qué más pretenden ladrar.

En contraste recuerdo mis años en la ciudad, pues los sonidos tenían una regularidad esperada, una que seguramente se mantiene más o menos igual: A medida que amanece aumenta el sonido de los autos, buses, camiones, sirenas y motos en la calle, se escuchan poco a poco los televisores, licuadoras y procesadores, puertas que se abren y cierran todos los días, casi a la misma hora.

Pitos, voces, gritos, voceadores, más motores, autos, buses, motos, aviones, helicópteros; acaso entre las 4 y 5 de la mañana escuchaba algunos copetones y cerca de las 6 de la tarde, unos pocos mirlos afanosos regresando a sus nidos (o bueno, eso quería creer cada vez que los identificaba). Durante algunos meses un solitario grillo se escuchaba en el garaje, y su canto me refrescaba. Por lo demás, bocinas, gritos, motores, tecleo, teléfonos, notificaciones, alarmas de autos, alarmas de casas, sonidos de alarma aquí y allá, un estrépito de sonidos que me abrumaba cada vez que salía a la puerta de la casa, porque su volumen aumentaba de manera sostenida hasta que tenía ocasión de regresar, y en medio, para huir del abrumador rechinar de la vida en la ciudad, audífonos permanentes para aislarme en mis propios sonidos, unos elegidos de manera voluntaria, no impuestos ni completamente escuchados, mero ruido para no escuchar.

Algunas noches reproducía en el celular sonidos del bosque o del campo, propios o disponibles en línea, era mi forma de escapar, la alternativa al incesante y cansado funcionamiento de las máquinas en crepitar. 

Actualmente escucho muy a lo lejos los motores de los automóviles, generalmente camiones o motos, pero la intensidad del sonido es apenas perceptible; con un volumen mínimo, como si apenas fuera el eco de un recuerdo.

Definitivamente, hay lugares en que los relojes sólo estorban y es un privilegio tener ocasión de escuchar.

De la inutilidad de los relojes. Parte 1.

Por: Yolima Amado Sánchez

Estoy a punto de cumplir cuatro meses en mi nueva realidad y, por razones que no alcanzo a comprender del todo, apenas ahora la escritura empieza a concretarse. He tomado notas y empezado escritos casi todas las semanas, amontono en la nube fotos y videos, audios y papelitos garabateados; pero en cada oportunidad tal labor resulta pospuesta, aplazada hasta nueva orden, o mejor, hasta nuevo impulso.

De la mano de esta suerte de bloqueo ha llegado el señalamiento interno, esa voz cansona que me dice que debo sentarme a escribir, que ya tengo suficiente material e ideas para construir la bitácora, que no debo posponer, que aproveche mejor el tiempo, es decir, que sea más productiva -tal y como lo era en mi anterior estilo de vida. Pues bien, quizá la cuestión tenga que ver con que hay cierto desajuste entre mis realidades, cierta inutilidad de los relojes que aún estoy observando y comprendiendo, de modo tal que apenas ahora escasamente me arriesgo a cuasi concluir.

Llevaba más de cuatro décadas en el estilo urbano: lleno de rutinas, tareas, pendientes y responsabilidades, actividades repetitivas que no siempre tenían un objetivo tangible, sino que más bien eran definidas externamente como parte de los deberes propios de cada momento y función -de estos aportes individuales para sostener la máquina en movimiento, que como hormiguitas calificadas y cualificadas tanto nos esmeramos en cumplir al pie de la letra.

Los tiempos de un citadino regular están organizados en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, en fin; en la lógica urbana las agendas y la pericia para cumplir cada tarea o labor pendiente, sumada a los ritmos que impone la actividad a realizar (estudio, trabajo, compartir con familiares, amigos y comunidad, divertimento, citas médicas, rumba, descanso, pasatiempos, vacaciones, rituales, contratos, fines de semana, festivos y festividades), implican prever con antelación tiempos de desplazamiento, de aseo personal, alimentación, excreción, pausa, fila, turno, asignación y plazo; cada segundo parece hacer parte de una interminable agenda que, en caso de sufrir cualquier alteración, desajusta lo que sigue y “eleva los niveles de cortisol”, poniendo en riesgo el día o la semana que viene, quitándonos el sueño o martillando como labor inconclusa e inacabada, dejándonos a destiempo. Cuando menos, así se me amontonaban los años a mí.

Ahora, en menos de cuatro meses, habida cuenta del estilo de vida en esta vereda santandereana, he caído estrepitosamente en algún tipo de vórtice de entropía temporal que no necesariamente comprendo del todo. Claro, mi situación es la de alguien que voluntariamente “se fue a vivir al campo”, alguien que de momento tiene el privilegio enorme de no estar afanado por las cuentas, y no necesariamente por haber amasado una pequeña fortuna en las décadas anteriores, más bien tiene que ver con el resultado de varios eventos de saturación, agobio, malestar, cansancio y desespero que “me sacaron corriendo de la ciudad”.

No obstante tal singularidad, creería que hay circunstancias compartidas con otros habitantes de estas regiones que puedo mencionar. En primera instancia, las agendas, calendarios y secuencias de tareas preestablecidas me resultan completamente inútiles, cuando no estorbosas. Los despertadores que tenía en la ciudad ahora son meros relojes; sencillamente despierto con la mañana, con el alivio del cuerpo, con el trino de los pájaros, con la brisa o la neblina fría, con los primeros rayos del sol; es extraño haber salido del imperio del tiempo cronometrado.

Es probable que si no tuviese agendadas algunas citas virtuales, poco o nada verificaría los relojes. El sueño ya no se me escabulle hasta la madrugada ni se define por la necesidad de dormir cierto número de horas para “reponerme” y retomar la rutina del siguiente día. Sencillamente empieza a llegar cuando el sol se esconde por el poniente y se apodera de mí paulatinamente sin notarlo, sin esfuerzo, sin una orden o planeación, más bien por mera necesidad del cuerpo y la mente, por el ritmo de los sonidos externos y del murmullo repetido de grillos, cigarras y una que otra lechuza. En ocasiones se altera por un relámpago, un aguacero tempestuoso o un zancudo vengador, por lo demás, es como si despertara y descansara con el día, con los tiempos y ritmos del entorno.

Curiosamente, aunque los tiempos del sueño se han regularizado sin mediación mecánica o digital externa, ya no los siento como rutina más bien como pequeños despertares a la existencia; dejó de ser importante si es miércoles o domingo, lunes o viernes; día feriado o comienzo de mes. Hay momentos en los que siento que llevo años en esta nueva dinámica y otros en los que parece que apenas han transcurrido unas cuantas semanas.

Los días son más largos que cuando vivía en la ciudad, empero, dejaron de ser tediosos, repetitivos o tortuosos; me ha ocurrido que son las nueve de la mañana y siento que ya debería ser mediodía, o mi sensación es que son las cinco de la tarde y apenas son las once de la mañana. Puedo despertar a las cuatro y media o a las seis y el bienestar de la mañana se sostiene. Sólo en una ocasión, en que me acosté cerca de la medianoche por una de esas actividades virtuales, me levanté después de las siete de la mañana, más allá de este caso, me convertí en una madrugadora habitual y relajada, alguien que se despierta sonriente, aspira el aroma circundante, escucha la tonada del momento, percibe la temperatura en los poros y se pone en movimiento sin pereza o abatimiento.

Tras salir de la cama, excepto por los días de mercado o las reuniones agendadas, cualquier cosa puede pasar a lo largo del día. La vida en la ruralidad reclama atención y genera tareas no previstas. Salir a recoger unas naranjas frente a la casa se puede convertir en una hora de desyerbado, recolección de pétalos de azahar para una infusión o de leña para el asador, observar abstraída algún animalejo singular o permanecer cautivada durante minutos viendo en derredor, una pequeña caminata, jugar con la mascota, desechar algún residuo orgánico, en fin, lo que sea que reclame la atención y los sentidos. Podría afirmar que ninguno de los días vividos aquí ha tenido una rutina diaria idéntica a otro.

En la ciudad podía prever casi minuto a minuto lo que haría durante el día, y no fueron pocas las veces que escribí unos cuantos versos gritando el agobio de la repetición y el agendamiento, de la ausencia de novedad o sorpresa, de lo predecible que sentía los días, semanas y meses, de la gris rutina que enmelcochaba horas y horas de firme cumplimiento. Por el contrario, aquí no sé ni a qué hora despertaré o dormiré, mucho menos las tareas o actividades que completaré o medio adelantaré antes del agotamiento de la luz natural.

Este desajuste de la cotidianidad es tremendo, en especial para alguien que tenía los minutos tan bien “invertidos”. Las primeras semanas alcancé a sentir la discrepancia, pues pretendí prolongar las planeaciones y agendas, los listados de pendientes y los plazos rigurosos. Me proponía un día cualquiera ocuparme de despejar de maleza un árbol, pero a la hora de empezar la tarea el sol, un hormiguero, otro árbol, la visita de un vecino, la sed, la picadura de los mosquitos, la lluvia o cualquier otra situación causaba que apenas avanzara un poco; en otros, tras definir dos o tres labores para el día me ocupaba en otras muy distintas.

Tuve que aprender pronto que el ritmo ya no lo ponía yo sino en entorno, mi propio cuerpo, las necesidades más apremiantes o los distractores más potentes de la vida circundante, todo esto es lo que define aquello que haré a continuación. Hoy, por ejemplo, planeé seguir despejando de maleza el canal que rodea la casa, pero la lluvia no estuvo de acuerdo, y me puse a escribir antes de que la batería del computador se agote o cualquier otra cosa me robe el aliento.

En esa medida, a diferencia de la vida urbana, la rural implica cuestiones vitales, francamente cercanas a la subsistencia; en mis anteriores trabajos un informe, tabla, estadística, escrito, por importante que pareciese podía ser escrito hoy, o mañana o en un mes o el próximo año, e incluso si una tarea no se cumplía las consecuencias parecían lejanas, externas o accesorias; en cambio aquí el sol, la lluvia y el viento, el frío, la neblina, el amanecer y el anochecer son potentes, permiten o no avanzar en una tarea; la sed es más real, así como el hambre; las heridas y picaduras, los pequeños cortes, las ampollas y “malos pasos” pueden alterar las tareas a realizar.

El agua y su potabilidad se vuelven presentes y objeto de atención; el fluido eléctrico se afecta por la lluvia, las tormentas eléctricas, el viento y la caída de los árboles, lo mismo ocurre con la conexión a internet. En la ciudad estos servicios, en la generalidad, dependen de la capacidad de pago y de la escogencia de un “buen” proveedor. En las áreas rurales su permanencia es incierta y hay que comprender la variabilidad para no “afanarse” por la suspensión o baja calidad de los servicios públicos, pues hay una empresa encargada y punto.

El paso del tiempo, de las horas, casi que se siente en los huesos; se percibe el cambio de los aromas de la mañana, mediodía, tarde, noche y madrugada; es inevitable mirar al cielo, hacia las montañas, para hacerse a una idea del clima próximo, reconociendo la enorme variabilidad, pues un cielo despejado puede convertirse en uno completamente nublado en menos de media hora. Los aguaceros se ven venir desde lejos, subiendo o bajando por las montañas o desplazándose por el valle. Las nubes se pegan a la tierra o se elevan desde ella y se funden con la neblina, el viento cambia de dirección al mediodía y se atenúa en las primeras horas de la mañana. Estoy segura de que esto mismo ocurre en las ciudades, sólo que no hay tiempo o atención para reconocerlo, menos para jugar a predecirlo. Baste con buscar la predicción del clima de su preferencia, para luego renegar de su inexactitud mientras se cumplen las tareas y rutinas previstas, llueva, truene o relampaguee.

Y es que una cosa es contar los minutos en el reloj y otra que se vean aletear de sombra en sombra, de rama en rama, de cántico en cántico, como bailando, pulsando, estirándose o esfumándose sin ningún arbitrio.

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Edward Johnn Silva Giraldo 

Desde el año 2022 venimos conversando y reflexionando con Roy Salas Adán y otros amigos, sobre temas de migraciones. Esta oportunidad de encontrarnos nos ha permito plantearnos preguntas, generar iniciativas y tejer amistad. De este modo, inspirados en nuestras historias personales y otras experiencias de héroes de la cotidianidad, decidimos aventurarnos por relatar por medio de canciones y conversaciones en viñeta las voces de personas migrantes como protagonistas de sus vidas. Nuestro objetivo es visibilizar sus capacidades ante panoramas de incertidumbre.

Por ello, decido crear “miradas de la migración: conversaciones en viñeta”. Se trata de dos personajes “Pataperro y Don Orejas”: Son historias conmovedoras que invitan a explorar los pensamientos, sentimientos y acciones de un migrante en su búsqueda de un futuro mejor, es un viaje lleno de esperanza, miedos y sueños, una introspección profunda que nos mueve el corazón para reflexionar sobre la fuerza del espíritu humano.

Para tal motivo creamos dos personajes, uno, un caminante, llamado Pataperro, a quien dimos gráficamente un aire juvenil, pues en su mayoría los jóvenes son quienes más migran, y Don Orejas, que representa una especie de Voz Sabia quien interroga a Pataperro y le lleva a reflexionar. Don Orejas lo graficamos como un búho humanizado, sabio y compañero en la oscuridad, que ayuda a Pataperro a reflexionar y meditar sobre su andar.

Pataperro es un caminante curioso, que tuvo que salir de su terruño buscando nuevas oportunidades para apoyar a su familia. Con los zapatos gastados, su mochila ligera, y la camisa empañada de sudor, sol y lluvia, anda en medio de las inclemencias del clima, las miradas de desdén, una mano amiga y la compañía de Don Orejas. Don Orejas observa, escucha y pregunta con la ingenuidad del sabio, sin pretender dar respuestas y consejos, pero sí con la intención de invitar a la conversa, la reflexión y el encuentro humano que reconforta la vida. 

Pataperro también es un personaje que retrata el apodo que familiares y amigos me asignaron por el gusto que yo expresaba alrededor de la actividad de caminar. Recuerdo que mi mamá me preguntaba ¿Dónde queda ese lugar? ¿Ya vamos a llegar? Y yo le respondía, es allí, ya estamos cerca, pero no era cierto, quedaba lejos.  Sin embargo, fue el pretexto para compartir historias.       

¡No te pierdas estas increíbles historietas! Comparte y únete a la conversación.

Pataperro migra a pie desde hace días https://www.instagram.com/p/C_Yxs6CS8VC/?igsh=MWVsajVrZ3pmdW40Yg==

Pataperro amanece junto a la carretera al pie del páramo de Santurbán https://www.instagram.com/p/C_bXA6qyd_x/?igsh=MTUwc2xkc295bjJzZw==

Pataperro llegó a Bogotá y lleva días buscando empleo https://www.instagram.com/p/C_ykdVCSCkc/?igsh=MTFlaHVvYnIxMjE5bQ==

En el año 2025 inicié con Sebastián Flórez, el proyecto del podcast Pateperro y Don Orejas: Miradas de la migración. Una oportunidad para encontrarnos, conversar, preguntar y reflexionar. Hablaremos todos los domingos, sobre historias y experiencias de la migración en el mundo. 

Mochilas de esperanza

Isaac Gabriel Zurita Suarez. Edad 12 años.

Estudiante y escritor apasionado por compartir historias de esperanza.   

Una noche escuché a mis padres, hablando sobre mudarnos a casa de mi mami Elsa (mi abuela), porque donde vivíamos no les alcanzaba lo que ganaban para cubrir nuestras necesidades. Al llegar a casa de mi abuela, sufrí cambios importantes, me cambiaron de colegio y cuando comenzaba a adaptarme a mi nueva vida debíamos salir del país, pues mis padres no conseguían empleo y en realidad no querían ser una carga para mi abuela.

Salimos de VENEZUELA en el mes de mayo, un día muy especial, era el domingo día de las madres, ¡ya era una realidad! yo ignoraba lo que me estaba ocurriendo y ni siquiera sabía dónde íbamos a dormir. Llegamos a un pueblo llamado San Antonio, y allí atravesamos un puente donde había mucha gente, vi muchos policías vestidos de camuflaje verde y azul en ambas puntas del puente, yo me preguntaba: ¿Dónde estamos?… tengo miedo! y se lo dije a mi mamá, y ella con cariño me contestó: ¡Si no te separas de mí no te pasara nada!

Pasamos varios meses en una ciudad que luego supe que se llamaba Cúcuta y pertenecía a un país llamado Colombia; noté con tristeza que nos miraban mal y nos trataban con desprecio, mi papá aún no conseguía empleo estable…

Una noche los escuche hablando que en la mañana siguiente nos iríamos de allí, a otro lugar. Bien temprano agarramos las maletas, me colgué mi mochila y emprendimos la caminata; no supe nunca cuál sería nuestro destino, lo que observaba era que caminaba y no llegábamos a ninguna parte.

En esta travesía conocí la solidaridad de los colombianos, nos dieron comida, alojamiento y muchas veces nos llevaron «encolados» en grandes camiones, luego de 8 días llegamos a la Universidad de la Sabana, nunca había sentido tanto frio como esa noche, al día siguiente unos ángeles enviados por Dios, nos acogieron, nos dieron un techo y comida, empleo a mis padres… y aquí estamos en un sube y baja de sentimientos, situaciones muy cambiantes. 

¡Mis padres ya tienen empleo! Llevo 4 años estudiando en el colegio Antonio Nariño y estoy dispuesto a demostrarle a mucha gente que ¡SI SE PUEDE! Con mucho amor ¡LOGRARE ALCANZAR MIS SUEÑOS! De política no entiendo mucho, sólo sé, que gente estudiada se preguntan y conversan entre ellos cómo mejorar la vida de todos los ciudadanos, que el presidente y su equipo de trabajo crean leyes, decretos y otras cosas legales para solucionar la vida de nosotros los migrantes, sin sacrificar a sus paisanos, pero por las actuaciones indebidas de quienes deben cuidar a sus ciudadanos, es decir, de las malas políticas del gobierno venezolano, muchos de nosotros hemos venido a estas tierras a engrandecerlas y ser productivos.

Quería realizar un cuento, pero para mí fue mejor describir lo que viví en forma de cuento, ya que, por decisiones inadecuadas del gobierno, tuvimos que salir de nuestra tierra y dejar familia, amigos y mi país, pero doy gracias a todos los colombianos que de una u otra manera ayudan a estabilizar mi vida y la de mis padres… Muchas gracias por brindarme la oportunidad de expresarme, soy Isaac Gabriel Zurita Suarez uno de los muchos venezolanos forzado a dejar su patria, y quiero demostrar que los buenos somos más y que venimos a engrandecer a este hermoso país llamado Colombia.