Descubriendo mi estrato social en Colombia

Roy Salas Adán

El exilio tiene una forma muy sutil de desnudarte. Te quita el nombre, los títulos, la trayectoria y te deja solo con lo que llevas puesto y un pasaporte que, a los ojos de la burocracia, muchas veces no es más que un pedazo de papel sin valor legal para sobrevivir.

Yo no era un improvisado. En Venezuela venía de construir una carrera sólida y respetada: había sido director de prensa en una oficina pública, corresponsal de un periódico regional cubriendo la realidad de tres municipios simultáneamente, y periodista para un diario de alcance nacional. Mi firma y mi voz habían pasado por la prensa de Monagas, por las páginas del Correo del Orinoco y por el trabajo comunicacional con la Alcaldía de Carora. Me sentía un profesional plenamente capacitado, formado para el análisis, la gestión de crisis y la redacción. Tenía las herramientas intelectuales para comerme el mundo. O eso pensaba.

Durante un mes y medio, esa hoja de vida no fue más que un peso muerto. Mi rutina se redujo a la incertidumbre. Todas las mañanas, mi primo Edwuar —recién llegado de Valencia— y yo nos levantábamos de las camas de aquella residencia en Chía que mi hermano nos había dejado paga por dos meses. Salíamos a la calle sin un rumbo fijo, impulsados únicamente por la necesidad. Caminábamos cuadras y cuadras, desafiando el frío de la sabana, entregando currículums en tiendas, centros comerciales y locales. La respuesta siempre era un silencio sepulcral o una mirada de cortesía que anticipaba el rechazo «no nos llame, nosotros le llamamos». El reloj corría en nuestra contra; el tiempo de la residencia se agotaba y los bolsillos seguían vacíos.

Edwuar lo entendió primero. Con una capacidad de adaptación más rápida y desprendida del peso del pasado, él asimiló el golpe de la realidad antes que yo: no tardó en aceptar un trabajo limpiando carros y, al caer el sol, salía a vender tintos en la noche para empezar a producir. Yo, en cambio, me resistía. Me aferraba a lo que era. Seguía caminando con terquedad, desgastando los zapatos en busca de una mejor opción laboral, una oportunidad que fuera más adecuada a mi experiencia, a mis años de estudio, a mi identidad como periodista. Sentía que bajar los brazos tan rápido era renunciar a mí mismo.

Desesperado por esa búsqueda que no daba frutos, intenté tocar las puertas de las instituciones gubernamentales. Alguien, viendo mi angustia, me sugirió que acudiera a una agencia de empleo del gobierno. Así fue como llegué a Colsubsidio.

Allí encontré un oasis temporal. El curso de atención al cliente y preparación laboral era excelente y daba refrigerio y almuerzo. Me esmeré como nunca. Participaba, debatía, ponía en práctica mis años de formación periodística y comunicación estratégica. Me convertí rápidamente en uno de los mejores alumnos. Al terminar el ciclo, la profesora se me acercó. Sus ojos no reflejaban indiferencia, sino una profunda y dolorosa empatía. Con mucho cariño, luego de invitarnos a comer pollo cerca del monumento de la luna me dijo con la frialdad de quien conoce cómo funciona el sistema, una frase que me bajó el telón de golpe:

—Roy, tienes una preparación increíble, eres un profesional brillante… pero sin los papeles en regla, sin un permiso de trabajo y con el título sin convalidar, el sistema formal no te va a absorber. Creo que tienes que buscar empleos informales.

Esas palabras fueron el crudo diagnóstico de mi nueva realidad. El muro contra el que choqué me demostró que el pragmatismo de mi primo era el único camino posible. Pasar de planificar estrategias de prensa y dirigir redacciones a asumir que tu intelecto no cuenta para el sistema es un golpe directo al ego. El quiebre fue inmediato, casi coreografiado por el destino: ese mismo día, mientras asimilaba el peso de mi nuevo «estrato social», sonó el teléfono. Era una oferta. No de una empresa, ni de una oficina. Era un trabajo nocturno vendiendo comida rápida en la calle. Con el agua al cuello y los dos meses de alquiler a punto de vencerse, ya no tuve el lujo de seguir esperando la opción ideal. Acepté.

Pasé de las salas de redacción al asfalto de la Zona Rosa de Chía. Mis noches y madrugadas cambiaron las computadoras por el calor de las brazas, los pinchos, las salchipapas y los hot dogs. Mi labor era acompañar al joven dueño del puesto ambulante en la Variante Chía Cota y, sobre todo, lidiar con la fauna de la noche.

El ambiente era hostil, cargado de una tensión que se respiraba en el aire. Desde mi puesto, vi cómo se descompone el ser humano cuando el alcohol y la calle se juntan. Presencié robos descarados a personas indefensas por su estado de ebriedad y, en más de una ocasión, el frío de la violencia real nos rozó de cerca en forma de peleas a puñaladas. Yo, que antes reportaba las noticias, ahora estaba inmerso en ellas, viviendo en un estado de alerta constante, cuidando la espalda, cuidando el puesto, cuidando la vida. Y cuando la noche parecía dar tregua, a las tres de la mañana, la policía llegaba a desalojarnos con una agresividad que te recordaba, por si lo habías olvidado, el lugar marginal que ocupabas en esa cadena social.

El destino me regaló una última ironía antes de cerrar ese capítulo. Uno de mis compañeros del curso de Colsubsidio, un colombiano que se había ganado la vida en la construcción, decidió dejar su trabajo como albañil porque aspiraba a algo mejor; por eso se estaba capacitando. Mientras él ascendía buscando un empleo formal gracias a su ciudadanía, me dejó su puesto vacante. Él salía de la obra para ir a la oficina, y yo entraba a la obra a ocupar su lugar.

Fue el cierre perfecto del círculo de mi nueva identidad. Mientras durase la tormenta, mi realidad se dividiría en dos turnos implacables: ayudante de construcción con un maestro santandereano informal de día, cargando bultos de cemento o demoliendo paredes, y vendedor ambulante de noche, esquivando la violencia de la madrugada. Así, entre el polvo de los ladrillos y el humo de la calle, el director de prensa terminó de descubrir cuál era su verdadero estrato social en el inicio de su vida como migrante.

El día que busqué una plaza y terminé en el mercado

Roy Salas Adán

Mi primer día completo en Colombia comenzó con los ojos bien abiertos y una ruta trazada a medias. La noche anterior había cruzado el puente de la frontera. Tras los controles migratorios, lo único que conocí de ese nuevo país fue media cuadra: la distancia exacta que me separaba de unos vendedores de boletos hacia Bogotá. Me ofrecieron un combo imbatible para un viajero cansado: cena, un espacio para ducharme y el pasaje para salir a las diez de la noche. No lo dudé. Necesitaba ese baño, esa comida y evitar dar vueltas a oscuras en un lugar desconocido.

A la mañana siguiente, cuando desperté en el autobús, el paisaje ya rozaba las cercanías de Tunja. Aprovechando que la unidad tenía wifi, me comuniqué con mis familiares. Las instrucciones de mis primos en Venezuela y Colombia eran claras y repetitivas: *«Roy, tienes que bajarte en la parada de la clínica Teletón, en la entrada de Chía. Si te pasas, el autobús te va a dejar en el propio Bogotá y va a ser mucho más difícil ir a buscarte»*. Con la advertencia grabada a fuego, me pasé el camino recordándole al chofer y al colector, una y otra vez, dónde debía quedarme. Cumplieron. Me dejaron exactamente en la Teletón.

Una vez allí, con mis maletas y la expectativa a flor de piel, volví a escribirles pensando que estarían esperando por mí. Pero la realidad era otra: todos estaban trabajando. *«Pasa por la pasarela al otro lado»*, me dijeron, *«toma un bus de los que van hacia Chía y dile al chofer que te deje en el parque de Bolívar, en el parque principal»*.

Ahí fue donde la semántica me jugó una trampa.

Para un venezolano, un **»parque»** es un lugar con columpios, áreas verdes o un espacio natural inmenso como el Parque del Este. El centro de un pueblo, el corazón de la vida social con su estatua y sus bancos, es, ha sido y siempre será **»la plaza»**. Así que, con toda la seguridad del mundo, me subí al autobús y le pedí al conductor:

—Por favor, me deja en la plaza principal de Chía.

El chofer asintió y arrancó. Minutos después, me indicó que había llegado. Me bajé con mis pertenencias y, al mirar a mi alrededor, el paisaje no se parecía en nada a lo que imaginaba. No había una estatua del Libertador, ni una iglesia colonial, ni bancos para sentarse a ver pasar la tarde. Estaba en medio de un bullicio ensordecedor, rodeado de camiones, puestos de verduras, vendedores ambulantes gritando ofertas y un olor intenso a frutas frescas y mercancía. Me habían dejado, textualmente, en la **Plaza de Mercado de Chía**.

Mientras tanto, mis familiares caminaban de un lado a otro por el parque principal, buscándome entre la gente. Pasó un buen rato de desencuentro hasta que finalmente sonó el teléfono. Era mi prima Anaís:

—¡Roy! ¿Pero en dónde estás?

—Bueno, Anaís, estoy en un sitio rarísimo, rodeado de un montón de vendedores de comida y puestos de mercado…

—¡No, chico! Te llevaron fue para la plaza de mercado. ¿Qué le dijiste tú al chofer?

—Pues que me dejara en la plaza principal…

—Ay, Roy —se rió—. Es que aquí las cosas son distintas. Aquí la «plaza» es el sitio donde se vende la comida, lo que en Venezuela llamamos el mercado. Y lo que tú buscas, que es la plaza con la iglesia y la estatua, aquí se le llama «el parque».

La confusión quedó aclarada entre risas y el misterio de mi desaparición se resolvió. Poco después, el esposo de mi prima apareció rescatándome en su moto, poniendo fin a mi caminata entre verduras y dando inicio, de una manera muy pintoresca, a mis días en Cundinamarca. Desde ese día lo aprendí a la fuerza: en Colombia, si buscas un respiro, vas al parque; si buscas el almuerzo, vas a la plaza.

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Edward Johnn Silva Giraldo 

Desde el año 2022 venimos conversando y reflexionando con Roy Salas Adán y otros amigos, sobre temas de migraciones. Esta oportunidad de encontrarnos nos ha permito plantearnos preguntas, generar iniciativas y tejer amistad. De este modo, inspirados en nuestras historias personales y otras experiencias de héroes de la cotidianidad, decidimos aventurarnos por relatar por medio de canciones y conversaciones en viñeta las voces de personas migrantes como protagonistas de sus vidas. Nuestro objetivo es visibilizar sus capacidades ante panoramas de incertidumbre.

Por ello, decido crear “miradas de la migración: conversaciones en viñeta”. Se trata de dos personajes “Pataperro y Don Orejas”: Son historias conmovedoras que invitan a explorar los pensamientos, sentimientos y acciones de un migrante en su búsqueda de un futuro mejor, es un viaje lleno de esperanza, miedos y sueños, una introspección profunda que nos mueve el corazón para reflexionar sobre la fuerza del espíritu humano.

Para tal motivo creamos dos personajes, uno, un caminante, llamado Pataperro, a quien dimos gráficamente un aire juvenil, pues en su mayoría los jóvenes son quienes más migran, y Don Orejas, que representa una especie de Voz Sabia quien interroga a Pataperro y le lleva a reflexionar. Don Orejas lo graficamos como un búho humanizado, sabio y compañero en la oscuridad, que ayuda a Pataperro a reflexionar y meditar sobre su andar.

Pataperro es un caminante curioso, que tuvo que salir de su terruño buscando nuevas oportunidades para apoyar a su familia. Con los zapatos gastados, su mochila ligera, y la camisa empañada de sudor, sol y lluvia, anda en medio de las inclemencias del clima, las miradas de desdén, una mano amiga y la compañía de Don Orejas. Don Orejas observa, escucha y pregunta con la ingenuidad del sabio, sin pretender dar respuestas y consejos, pero sí con la intención de invitar a la conversa, la reflexión y el encuentro humano que reconforta la vida. 

Pataperro también es un personaje que retrata el apodo que familiares y amigos me asignaron por el gusto que yo expresaba alrededor de la actividad de caminar. Recuerdo que mi mamá me preguntaba ¿Dónde queda ese lugar? ¿Ya vamos a llegar? Y yo le respondía, es allí, ya estamos cerca, pero no era cierto, quedaba lejos.  Sin embargo, fue el pretexto para compartir historias.       

¡No te pierdas estas increíbles historietas! Comparte y únete a la conversación.

Pataperro migra a pie desde hace días https://www.instagram.com/p/C_Yxs6CS8VC/?igsh=MWVsajVrZ3pmdW40Yg==

Pataperro amanece junto a la carretera al pie del páramo de Santurbán https://www.instagram.com/p/C_bXA6qyd_x/?igsh=MTUwc2xkc295bjJzZw==

Pataperro llegó a Bogotá y lleva días buscando empleo https://www.instagram.com/p/C_ykdVCSCkc/?igsh=MTFlaHVvYnIxMjE5bQ==

En el año 2025 inicié con Sebastián Flórez, el proyecto del podcast Pateperro y Don Orejas: Miradas de la migración. Una oportunidad para encontrarnos, conversar, preguntar y reflexionar. Hablaremos todos los domingos, sobre historias y experiencias de la migración en el mundo.