Roy Salas Adán
Mi primer día completo en Colombia comenzó con los ojos bien abiertos y una ruta trazada a medias. La noche anterior había cruzado el puente de la frontera. Tras los controles migratorios, lo único que conocí de ese nuevo país fue media cuadra: la distancia exacta que me separaba de unos vendedores de boletos hacia Bogotá. Me ofrecieron un combo imbatible para un viajero cansado: cena, un espacio para ducharme y el pasaje para salir a las diez de la noche. No lo dudé. Necesitaba ese baño, esa comida y evitar dar vueltas a oscuras en un lugar desconocido.
A la mañana siguiente, cuando desperté en el autobús, el paisaje ya rozaba las cercanías de Tunja. Aprovechando que la unidad tenía wifi, me comuniqué con mis familiares. Las instrucciones de mis primos en Venezuela y Colombia eran claras y repetitivas: *«Roy, tienes que bajarte en la parada de la clínica Teletón, en la entrada de Chía. Si te pasas, el autobús te va a dejar en el propio Bogotá y va a ser mucho más difícil ir a buscarte»*. Con la advertencia grabada a fuego, me pasé el camino recordándole al chofer y al colector, una y otra vez, dónde debía quedarme. Cumplieron. Me dejaron exactamente en la Teletón.
Una vez allí, con mis maletas y la expectativa a flor de piel, volví a escribirles pensando que estarían esperando por mí. Pero la realidad era otra: todos estaban trabajando. *«Pasa por la pasarela al otro lado»*, me dijeron, *«toma un bus de los que van hacia Chía y dile al chofer que te deje en el parque de Bolívar, en el parque principal»*.
Ahí fue donde la semántica me jugó una trampa.
Para un venezolano, un **»parque»** es un lugar con columpios, áreas verdes o un espacio natural inmenso como el Parque del Este. El centro de un pueblo, el corazón de la vida social con su estatua y sus bancos, es, ha sido y siempre será **»la plaza»**. Así que, con toda la seguridad del mundo, me subí al autobús y le pedí al conductor:
—Por favor, me deja en la plaza principal de Chía.
El chofer asintió y arrancó. Minutos después, me indicó que había llegado. Me bajé con mis pertenencias y, al mirar a mi alrededor, el paisaje no se parecía en nada a lo que imaginaba. No había una estatua del Libertador, ni una iglesia colonial, ni bancos para sentarse a ver pasar la tarde. Estaba en medio de un bullicio ensordecedor, rodeado de camiones, puestos de verduras, vendedores ambulantes gritando ofertas y un olor intenso a frutas frescas y mercancía. Me habían dejado, textualmente, en la **Plaza de Mercado de Chía**.
Mientras tanto, mis familiares caminaban de un lado a otro por el parque principal, buscándome entre la gente. Pasó un buen rato de desencuentro hasta que finalmente sonó el teléfono. Era mi prima Anaís:
—¡Roy! ¿Pero en dónde estás?
—Bueno, Anaís, estoy en un sitio rarísimo, rodeado de un montón de vendedores de comida y puestos de mercado…
—¡No, chico! Te llevaron fue para la plaza de mercado. ¿Qué le dijiste tú al chofer?
—Pues que me dejara en la plaza principal…
—Ay, Roy —se rió—. Es que aquí las cosas son distintas. Aquí la «plaza» es el sitio donde se vende la comida, lo que en Venezuela llamamos el mercado. Y lo que tú buscas, que es la plaza con la iglesia y la estatua, aquí se le llama «el parque».
La confusión quedó aclarada entre risas y el misterio de mi desaparición se resolvió. Poco después, el esposo de mi prima apareció rescatándome en su moto, poniendo fin a mi caminata entre verduras y dando inicio, de una manera muy pintoresca, a mis días en Cundinamarca. Desde ese día lo aprendí a la fuerza: en Colombia, si buscas un respiro, vas al parque; si buscas el almuerzo, vas a la plaza.