Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias. Notas de una profesora de las cavernas.

“Llegaremos a aquello que quiere decir pensar si nosotros, por nuestra parte, pensamos. Para que este intento tenga éxito tenemos que estar preparados para aprender el pensar” (Martin Heidegger, 1994)

Por: Yolima Amado Sánchez.

Hace poco más de 20 años asumí por primera vez un cargo como docente universitaria, la dinámica y organización no era muy diferente de cómo había sido mi paso por las aulas en calidad de estudiante. Un aula, escritorios alineados para los estudiantes, una silla con mesa especial para mí, un tablero (ya no tipo pizarra con tizas y borrador polvoriento) acrílico, marcadores y borrador de tinta propios. Ya no había espacio para el proyector de acetatos o filminas, pero sí un enchufe dispuesto para conectar un computador de escritorio, macizo, pesado y disponible sólo tras agendamiento con cinco días hábiles de antelación.

Cuando los estudiantes llegaron, sus expresiones, estilos, vestimentas y actitudes eran tan variables como las descritas en la canción de Ana y Jaime, que en aquella época parecía reciente, tanto como me resultaba cercano mi propio Décimo grado. No obstante, había algo novedoso; aquel grupo de estudiante estaba acudiendo al aula al final del día, a las seis de la tarde, tras jornadas de trabajo de ocho, nueve o hasta doce horas. Con circunstancias de vinculación muy diferentes a la mía, pues no habían pasado por el examen de admisión a una universidad pública que garantizaba matrícula casi gratuita, como fue mi caso, sino que habían tenido que pagar sus matrículas plenas, al contado o en cuotas, o con algún descuento propuesto a modo de enganche para facilitar la inscripción y la apertura del programa.

Estas circunstancias, aunque parecen menores, ya entonces me generaban varias reflexiones. Mis estudiantes, a diferencia del tipo de estudiante que fui, no contaban con el privilegio disponer de días y noches para adelantar sus estudios, sus economías y los recursos necesarios para alimentarse, movilizarse e incluso, tomarse una que otra cerveza, provenían de las maromas que hacían con sus salarios, y el tiempo para ocuparse de sus estudios escaseaba si no se trataba de la presencialidad en las clases. A diferencia de mis compañeros de clase en la universidad, estos estudiantes trabajaban, tenían personas a cargo, se rebuscaban cada peso, y habida cuenta de tal esfuerzo, la experiencia universitaria se inscribía como una tarea adicional que tenían que costear, las más de las veces, sin apoyo familiar.

En aquel tiempo, recuerdo que los problemas de redacción y ortografía presentes en la mayoría de los trabajos escritos eran un malestar permanente que asumir desde mi rol como profesora. La revisión de los trabajos era dispendiosa, a veces tortuosa, pues era sencillo reconocer los estragos de los cambios curriculares de las décadas anteriores, que al parecer dejaron de centrarse en la escritura correcta, pero además, en la lectura pausada. Palabras elementales como: “mamá”, “papá”, “educación”, “Social”, aparecían en los textos con errores que alteraban mi estado de ánimo. También ocurría que en los documentos escritos reconocía frases coloquiales, de modo que les hacía anotaciones en las márgenes indicando a modo de sugerencia, que la escritura requería una estructura gramatical diferente a la que usaban cuando hablaban. 

La estructura de las oraciones, la organización de argumentos, la coherencia de los párrafos me despeinaba, o directamente, me despelucaba. Recordaba mi propia época de estudiante, cuando tenía que repetir una página completa por un error ortográfico o por un despiste en la redacción, porque la máquina de escribir no admitía la sobreescritura, y me enojaba, he de reconocerlo, ante la ligereza de muchos de los trabajos escritos que me entregaban los estudiantes.

Pronto empecé a notar un aspecto que me estremecía aún más. A medida que se ampliaba el panorama de documentos disponibles en la Red, a las dificultades escriturales y argumentativas se sumaba el “copie y pegue”, el remiendo evidente que vinculaba alternadamente entre sus propios estilos, llenos de errores ortográficos y de escritura con párrafos estructurados, pulidos, claramente extraídos sin citación alguna de artículos y libros previamente publicados en línea; entonces mi labor de revisión y retroalimentación de los trabajos empezó a incluir el necesario rastreo y señalamiento de tales fragmentos, con su fuente original. 

Portales como: buenastareas.com , elrincondelvago.com y Wikipedia.com eran los coautores no reconocidos de ensayos, análisis, reseñas y documentos investigativos, y algunos estudiantes incluso trataban de justificar cómo la consulta de esas fuentes, la inclusión forzada de párrafos extraídos y el parafraseo más o menos bien logrado, eran ejercicios de investigación a toda regla. Y aquí el problema no era la herramienta, “la consulta”, sino esa delegación voluntaria del pensamiento, esa sustitución a modo de atajo de la elaboración subjetiva, del esfuerzo por tejer el texto.

Luego, directamente en trabajos finales de cursos diversos que tenía a cargo, recibí un proyecto que era una copia perfecta de algunas páginas que yo misma había redactado en el ejercicio de relatoría del Plan de igualdad de oportunidades para las mujeres y la equidad de género, que luego se convirtió en insumo de la política pública. En aquella época ya había tomado una posición como profesora, prefería los textos plagados de errores ortográficos y de redacción, a los atajos de “copie y pegue” de documentos publicados, pues los primeros revelaban el esfuerzo más o menos logrado del pensamiento, de la capacidad intelectual y del trabajo de los estudiantes, mientras que los segundos sólo me hacían pensar una y otra vez, en el sinsentido de trabajar 40 o más horas semanales para costear un programa académico, de asistir a clases de 6 a 10 de la noche de lunes a viernes, e incluso asistir a clases los días sábados, para allanar el camino excluyéndose voluntariamente de la posibilidad de construir algún pensamiento propio. Quienes han sido mis estudiantes saben que sobre el segundo caso siempre he sido implacable, sin atenuantes, sin justificaciones, con segundas oportunidades, por supuesto, pero sin mirar a otro lado mientras ocurría.

En cualquier caso, en estas circunstancias como profesora universitaria, tenía de mi lado los reglamentos estudiantiles, aquellos que, en las diversas universidades en que he trabajado, dejaban constancia clara de la conceptualización de plagio y de las disposiciones disciplinarias previstas. Cuando recibía este tipo de trabajos contaba con el respaldo institucional, y aunque las calificaciones afectaban la estabilidad de los grupos, nunca recibí presión alguna. Por supuesto, además de las medidas disciplinarias ponía en marcha acciones reflexivas, y, he de reconocer, incluso algunas que implicaban asumir públicamente la responsabilidad; no obstante, sentía que como profesora tenía margen de acción y de decisión. La posibilidad de actuar cuando algún estudiante tomaba un atajo; sorprendentemente las más de las veces tales estudiantes comprendían bien pronto las implicaciones y, más allá de reprocharme o reclamar airadamente, reconocían el sentido de las observaciones y medidas. 

Pasaron los años y los atajos aparecían en las primeras entregas, pero sólo en algunos contados casos, persistían posteriormente por parte de los mismos estudiantes; el mismo proceder, sin importar cuál era el trabajo, reflexión o argumentación a realizar. Años después los teléfonos celulares y los computadores empezaron a entrar a las aulas, no sólo los propios, sino los de los estudiantes. Nunca quise discutir contra su utilización, pues monitorear su uso o prohibirlo me parecía innecesario e infructuoso, más bien sostuve el esfuerzo por organizar mis sesiones e intervenciones de modo tal que, en la medida de lo posible, yo fuese más interesante, conmovedora e incluso teatral, que el contenido disponible en línea; lo asumí como un reto y creo poder afirmar que en mayor medida resultaba ganadora. Los poemas, fragmentos, melodías, cuadros, relatos, inflexiones de la voz y exageraciones con el cuerpo se convirtieron en aliados del aula y los cursos diversos; ingredientes que me permitían disfrutar además de cumplir con las funciones propias del ejercicio docente.

Después, llegó la pandemia, las pantallas, la saturación de recursos pedagógicos, las plataformas y las jornadas extensísimas sentada ante un computador, ya no caminaba por los salones, ya no podía ir de una silla a otra irrumpiendo en las distracciones estudiantiles, ahora los recursos debían desplegarse en las pulgadas escasas que limitaban las pantallas, en las cámaras apagadas o encendidas, en las invocaciones de nombres durante los encuentros “Pepito ¿estás ahí?”, “Perencejo, no se te escucha, escribe en el chat”, “¿Me escuchan?”, “¿Quién levantó la mano?”. Las mediaciones tecnológicas nos permitieron mantenernos en línea, lo que resultó una ventana abierta para sostener los procesos académicos, las pizarras ahora estaban hechas de pixeles y ya no quedaba suciedad en las manos o en la ropa tras borrar; los trabajos se acumulaban en los correos electrónicos y las plataformas, pero ya no en los escritorios, y los textos, bueno, los textos mantenían esas características tan humanas, tan faltas de tildes o estructura, tan bien o más o menos bien logrados, con las ocasionales apariciones del ya conocido y siempre insoportable “copie y pegue” de otrora.

Pero en noviembre del 2022, cuando aún no habíamos decidido del todo si volver a los salones o permanecer en las aulas virtuales, llegaron nuevos elementos, los chatbots conversacionales, los asistentes con IA para la elaboración de textos escritos, entre otras múltiples tareas. En cuestión de meses las reflexiones sobre la educación, sus estándares, porvenires e ilusiones empezaron a plagarse de un tema recurrente, el uso de las inteligencias artificiales en las aulas. Ya en febrero del 2023 recibí el primer ensayo que empleaba un chatbot, ese, por fortuna, declaraba en sus líneas la utilización, lo cual en principio me regaló cierta tranquilidad, pero el siguiente y los que vinieron y han llegado luego, ya no lo explicitaban más.

Por mi parte, empecé a usar generadores de imágenes para ilustrar mis presentaciones, me suscribí a ChatGPT poco después de su lanzamiento, desde una ingenuidad curiosa, con la intención de comprender y, he de reconocerlo, adelantarme a lo que ya avizoraba con algún recelo. Durante algunos meses cuando conversaba con colegas empecé a notar una preocupación generalizada, qué haríamos cuando los trabajos escritos solicitados en el marco de nuestra labor empezaran a ser realizados por IA, cómo asumir su llegada para quedarse, no sólo en las aulas, sino en la cotidianidad de la utilización de los diversos dispositivos conectados a internet, las necesarias regulaciones que tendrían que articularse con su aprovechamiento, y, principalmente, la preocupación por su utilización como un nuevo atajo por parte de los estudiantes, la inquietud respecto de sus usos como asesores, consejeros, e incluso, como suplencias de la humanidad falible. Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias.

Y en estos pocos años su avance ya ha sido motivo de inquietud, no exclusivamente de los ataviados profesores cargados de libros, marcadores y borradores, sino de expertos en tecnología, políticos, tecnócratas y estados. 

Sigo teniendo estudiantes, ahora de posgrado, que trabajan 40 y tantas horas semanales para costear sus matrículas, repartiendo el tiempo entre el trabajo, las familias, los estudios, el ocio, las rutinas, que ahora “copian y pegan” las respuestas y textos generados por los procesadores conversacionales, ante las solicitudes de escritos por parte de los profesores; pero ya no hay reglas claras, no hay reglamentos ni disposiciones disciplinarias, no se reconoce el respaldo institucional, pues aún no tenemos claro qué hacer, ni cómo, salvo resignarnos a aceptar que las IA llegaron para quedarse, y punto.

No obstante, creo que en este panorama hay “algo” que definitivamente está ganando, los propios chatbots, que se alimentan, procesan, ajustan, “aprenden” y se fortalecen gracias a los trabajos reasignados, verbigracia del llamado institucional a aprovechar e incorporar a las IA en las dinámicas educativas y en las institucionales que regulan las propias universidades. Estudiantes que trabajan para pagar sus programas académicos a la vez que sustituyen su capacidad intelectual, de pensamiento, análisis y reflexión. Docentes que solicitan a las IA escribir sus planeaciones, presentaciones y programas académicos excluyéndose voluntariamente del diseño curricular, y, del último bastión que motivó este escrito, de los expertos que se sustituyen voluntariamente por una IA, dejando en su generación de texto la labor de generar evaluaciones de los trabajos de los propios estudiantes.

Ante este panorama y como punto actual del recorrido, creo que he de declararme obsoleta, anticuada, inadecuada a las circunstancias actuales, vestigio arcaico transformado en humana en desuso, profe de las cavernas anhelando el polvo de la tiza, los cuadernos, las correcciones en esfero y lápiz, las charlas en el entretiempo y en los salones, descartable y archivable, apta acaso para los memoriales y estantes polvorientos, junto a las tesis de grado sobre las que escribí con esmero, utilizando papelitos y cuadernos, fotocopias y libros en papel, hace apenas poco más o menos 15 años. O quizá lo obsoleto no seamos los profes —yo incluida— sino el deseo de pensar y el empuje por seguir sabiendo, que ahora empiezo a extrañar…

Mitos y narrativas de progreso 

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado en la Edición 53 – Junio – Julio de 2018. www.elobservador.co El Observ@dor

El ideal de progreso centrado en una perspectiva de desarrollo limitada al crecimiento económico, legitima la expresión “si tienes más eres mejor que los demás”. Este énfasis de lo económico en la definición de desarrollo como señala el antropólogo colombiano Arturo Escobar, lleva a priorizar el tener sobre el ser y a validar valores culturales del consumo que se reproducen por ejemplo en las letras de las canciones “quien no tiene, no es”, “tanto tienes, tanto vales”. La búsqueda incesante por el consumo genera una sensación de frustración y fracaso cuando no se consigue corresponder a las demandas de éxito impuestas por la cultura occidentalizada. Los modelos de éxito y felicidad difundidos por los medios de información se apoyan en promesas comerciales que determinan la necesidad de consumir para conseguir el bienestar. La construcción de imaginarios de éxito y felicidad se alinean a las lógicas del mercado, ya que por medio de la publicidad y la propaganda se presiona para adquirir nuevos productos que están de moda. Tal como señaló en su época el publicista y periodista Edward Bernays. 

La moda y la propaganda orientada desde un modelo difusionista desarrollista es cuestionada por el experto en comunicación Jan Servaes, este modelo explica que todo producto nuevo es mejor. Sin embargo, la vigencia de lo nuevo es limitada, pues cada producto requiere reemplazo por uno más nuevo. Este círculo vicioso, promueve la necesidad de consumo y acumulación, ubicando el producto por encima de las relaciones. Por tanto, bajo la mirada del mercado, las relaciones se mercantilizan y adquieren un significado utilitarista de conveniencia económica que se naturaliza con el argumento individualista de la competitividad y la productividad.

La naturalización de las relaciones mercantilizadas tiende a establecer categorías y clasificaciones que determinan el grado de progreso y desarrollo en las personas. Categorías como pobre, rico, éxito, fracaso, abajo, arriba, entre otras, se convierten en marcos de referencia que indican el nivel de calidad de vida alcanzado, lo cual lleva a la carrera desenfrenada de tener y tener más.

El escritor Uruguayo Eduardo Galeano señaló “quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: “unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”. En la carrera desenfrenada de tener más, se arman los unos a los otros de equipajes comerciales para responder a las lógicas del mercado, donde según el politólogo Carlos Martinez Hincapié se establecen dualismos que perciben al otro como enemigo, contrincante y competidor al que se le debe ganar.

Ante el panorama expuesto surgen las siguientes preguntas: ¿Cómo promover relaciones humanizantes y para la vida, que confronten la visión alienante del mercado? ¿Cómo deslegitimar narrativas de progreso y desarrollo que venden un modelo de éxito basado en las lógicas del mercado?

La salud es un bien común, no es una mercancía

Edward Johnn Silva Giraldo.  

Publicado en el periódico el observador sabana centro Edición 80 abril 2022 

La salud limitada a lo hospitalario, la enfermedad, lo individual y la prescripción de los medicamentos fragmenta la visión del cuidado integral. La salud también es agua potable, acceso a la educación y seguridad alimentaria. Sin embargo, el reiterado interés de mantener y reproducir los principios de eficacia y eficiencia que demandan las empresas, el mercado y las lógicas de consumo, invitan a desarrollar intervenciones en salud basadas en la postura individualista y competitiva centrada en la ganancia económica de unos pocos, en detrimento de aspectos del bien común tales como el aire, los suelos y los ecosistemas de vida.  

Es posible que en la actualidad se desarrollen proyectos de promoción y prevención, pero cabe señalar que algunas acciones pueden estar impregnadas de la lógica de salud mercancía, ya que los contratos los asignan a empresas o profesionales que convierten el bien común en un beneficio particular. Por tanto, la contratación para el desarrollo de estos programas en ocasiones se asigna a empresas dedicadas a otros fines, o profesionales sin formación para el trabajo con comunidades y la apertura para tejer de manera interdisciplinaria. Esta pauta de relación se encamina a favorecer por medio del discurso de la salud colectiva, los intereses particulares de los operadores e intermediarios del contrato. 

Los contratos otorgados a dedo o asignados como un favor político se suelen desarrollar de manera improvisada a partir de actividades que se reducen a una capacitación o campaña de corto plazo y descontextualizadas, donde los resultados se reducen en demostrar un impacto basado en cifras, la evidencia fotográfica y los formatos diligenciados. 

Entonces, resulta que se desarrollan programas sociales para beneficiar los intereses empresariales de un sector, se despilfarran dineros en acciones desarrolladas sin investigación y se reproducen labores descoordinadas. Al respecto, surgen las siguientes preguntas ¿Cómo fortalecer las acciones de promoción de la salud de modo articulado, contextualizado y participativo con perspectiva familiar y comunitaria? ¿Cómo generar un sistema de salud como bien común basado en los principios de la solidaridad colectiva? 

Noches sombrías

Almary Rincón

Lic. Comunicación social.

7 de marzo del año 2019, día que Venezuela vivía el mayor apagón registrado en la historia; 22 de los 23 estados del país estaban a oscuras, y todo estaba colapsado.

Tres días bastaron para que llegara el caos; comida dañada, habitantes como muertos vivientes por falta de sueño, manantiales caseros secos, y la desesperación presente a flor de piel.

10 de marzo del 2019; 7 en punto de la noche, la oscuridad, el silencio y la incertidumbre arropan la escena, pensamientos e imaginación de la situación vuelan como aviones en el cielo, pero no tienen pista de aterrizaje. Autos pasando tal pista de carreras y personas susurrando como domingo en misa, todos escuchaban y nadie se atrevía a investigar.

La noche pasaba, y la escena se tornaba más tensa. Llantas casi desgastadas de la rapidez de los autos, todos detrás del mismo premio: La comida. Al pasar 3 días del “apagón”, la mayoría de las personas ya no contaban con el dinero suficiente para adquirir alimentos, por ende, llegaron a la decisión de “saquear” industrias, supermercados, y hasta tiendas por departamento. Ya no se caracterizaba por la necesidad, sino, por querer artículos que no estaban a su alcance y todo había sobrepasado los límites.

11 de marzo del 2019, aproximadamente 12 horas después de los “saqueos”, llueven como diluvio las noticias de lo ocurrido en las calles; la desesperación e indignación se apodera del cuerpo de todos, ya que no solo el servicio eléctrico aún no se hacía presente, sino que también, ya no habría puntos de surtido de alimentos post “apagón”.

Sin embargo, la función no acabó esa noche, ya los “saqueos” no eran solo en grandes industrias, los pequeños negocios en cada sector de la ciudad también fueron víctimas; pasando por mini mercados, hasta la tienda más pequeña y mínima, el caos se desató como toro en corrida. Comerciantes enfurecidos y dispuestos a defender su patrimonio tal soldado en guerra, se determinaron a tomar la justicia con sus propias manos; cerraron cada negocio del sector por más pequeño que fuera e implementaron un sistema de seguridad por guardia, para así mantener sus establecimientos fuera de las garras de los “saqueadores”.

Las horas pasaban, y nadie sabía que hacer; comunicación nula por celulares y medios de comunicación, alimentos escasos, hidratación mínima y sin saber que sucedía realmente, se vivieron los 5 días de “apagón” nacional. Aún se respiran, sienten y se viven secuelas de esas noches sombrías. Distintos tipos de negocios y supermercados cerraron sus puertas para siempre, al perder su material para salir adelante. Muchos quieren pasar página y olvidar lo acontecido, pero la realidad siempre será una: todos y cada uno de los venezolanos, quedaron marcados por aquellas noches de marzo del 2019.

El maletín de sabiduría de la Maestra Daicy

Daicy Romero “Ser docente es tener vocación”

Por Edward Johnn Silva Giraldo 

La Maestra Daicy Josefina Romero de Chacin a sus 61 años, relata con brillo en la mirada y pasión en su voz, los caminos que continúa recorriendo en su labor formativa. Estudió licenciatura en Educación Integral y un posgrado en gerencia educativa. Dedicó veintitrés años de servicio acompañando procesos educativos como docente de aula y directora académica en Venezuela “ser docente es tener vocación, es sentirlo”. En 1984 recibió una condecoración como docente del año, y de ahí en adelante vinieron muchos reconocimientos. 

Siempre disfruta cada aventura de aprendizaje. El abrazo, los juegos y las preguntas curiosas que hacen los niños reconfortan su vida “La educación y los niños son como la semilla y el árbol que crece con hojas, ramas y raíces”

Hace 4 años llegó a Colombia con un maletín de sabiduría donde lleva su vocación de servicio. Empezó una iniciativa de educación popular con la comunidad en Bogotá, en la localidad de Engativá; orientando tareas en un comedor o en un parque, y desde su didáctica del amor ha conseguido despertar en los niños el gusto y placer por la lectura y escritura.  

Le gusta compartir lo que sabe, decir lo que siente, escuchar y preguntar para aprender. Valora la participación y le molesta la actitud de mando y autoritarismo que en ocasiones se asume en los procesos de enseñanza. Acoge el sabio dicho que se ha transmitido de generación en generación en Venezuela: “el que tiene buena voz, no manda a otro a cantar”. Reconoce los diversos saberes “Todo no se enseña en la escuela y la universidad, también está la escuela de la vida donde se pueden rescatar valores”.  

Hoy comparte su experiencia como maestra de vida en su rol de abuela y referente comunitaria entre los vecinos. Aunque añora el patio de su casa en Venezuela donde se podía correr y la cancha techada que convocaba al encuentro, sigue siendo recursiva para construir con sus nietos un centro de aprendizaje en el espacio de la sala, el comedor y un lugar acogedor al aire libre.      

Roy Salas Adán: el escritor y periodista que teje saberes en las redes sociales

Roy Salas Adán: el escritor y periodista que teje saberes en las redes sociales

Entrevista realizada por: Edward Johnn Silva Giraldo

Roy nació en Carora, el Estado de Lara en Venezuela. Estudió comunicación social como una vocación de servicio que aprendió en su familia y comunidad. Su proceso de formación humana y experiencia profesional se ha orientado a partir de lemas basados en la solidaridad, la generosidad, la empatía y la amistad social. Estos valores son como la brújula que guía la dirección de sus caminos, senderos y horizontes. Son el soporte de los puentes que va construyendo a varias voces y manos en cada acción cotidiana.

Roy-Salas-Adan

En el año 2018 logró materializar la publicación de su libro titulado “el evangelio y las redes sociales- cómo comunicar el mensaje de Dios en la web”, donde presenta reflexiones y alternativas que favorecen los encuentros intergeneracionales y el fortalecimiento de los vínculos entre hijos, padres, tíos, primos y abuelos; la lectura crítica de los contenidos que circulan en el extenso mar de información; y el empleo de herramientas digitales concebidas como medios para conectar personas y mantener el contacto con los seres queridos a pesar de las distancias geográficas y las fronteras físicas y simbólicas que se establecen como muros entre regiones y países.

Roy aprendió a navegar en las redes sociales como pez en el agua. En su libro señala las virtudes que ellas ofrecen, pero también advierte de los riesgos. A manera de analogía expone que hay aguas que conducen a un mundo de aprendizajes significativos, o corrientes, olas y mareas que arrastran a las personas a lugares donde pueden resultar engañadas y quedar expuestas en su intimidad y privacidad. Por ello, enfatiza en la necesidad de dimensionar en la tecnología las dos caras de la moneda, especialmente para que los niños con el acompañamiento de los adultos de confianza identifiquen cómo transitar por el ciberespacio. A continuación, Roy comparte las siguientes apreciaciones:              

¿Cómo inicia su gusto por el periodismo en las redes sociales?

Roy: “En el año 2007 descubrí que era posible abrir un blog gratuito con la cuenta de Gmail. Empecé a escribir y me convertí en redactor digital de las redes sociales personales y de periódicos de Venezuela y Colombia. Entonces, algo que comenzó como un hobby moderno, se ha convertido en una forma de vida”.  

Roy Salas Adán: el escritor y periodista que teje saberes en las redes sociales
Roy Salas Adán: el escritor y periodista que teje saberes en las redes sociales

¿cuáles son los retos del periodista en la era digital?

Roy: “Las funciones del periodista son comunicar, informar la verdad y formar con principios éticos, y eso no debe cambiar. Lo que cambia es el cómo y dónde se da esa información, por tanto, es importante estar actualizándose. Es decir, que no varían las bases de la profesión, pero sí los medios y las herramientas”.     

¿Cómo generar conexiones por medio de las redes sociales entre personas que se encuentran distanciados geográficamente, pero vinculados emocionalmente?

Roy: “si no somos muy cuidadosos de con quién hablamos y no formamos empatía, terminamos con la falsa ilusión de que tenemos miles de amigos, pero en realidad no es así. Aquí hablo de la amistad social en el sentido psicológico, que es poder compartir con otras personas pensamientos y emociones. Lo otro es como un saludo de pasillo. Para generar amistad hay que tener comunicación recurriendo por ejemplo a vídeollamadas donde pueda ver el rostros y gestos de esa persona, oír los tonos de su voz, etc. Hay que enseñar a tener comunicación, no tanto con muchas personas, pero sí de mayor calidad”.    

En Kumon se desarrollan capacidades para la vida

capacidades para la vida

Por Edward Johnn Silva Giraldo 

El profesor de matemáticas Toru Kumon diseñó un método para fortalecer las capacidades de todas las niñas, niños y adolescentes mediante un material autodidacta que favorece la autonomía, el acompañamiento basado en la confianza y la lectura de los distintos ritmos de aprendizaje donde participa un equipo de trabajo compuesto por los alumnos, la familia y los profesionales de apoyo.

En la unidad de Kumon ubicada en el municipio de Cajicá Cundinamarca, se ha configurado un equipo liderado por la terapeuta ocupacional Rocío Casilimas Forero, quien es experta en identificar y potencializar habilidades en estudiantes de todas las edades logrando tejer con las familias estrategias de acción planeada acordes a las particularidades personales y contextuales “cada niño va trabajando de acuerdo a su capacidad y ritmo, se empieza por lo que es capaz de hacer para conseguir la motivación y nosotras vamos observando las capacidades para poder programar el material”.  

En Kumon se trabajan tres asignaturas: matemáticas, español e inglés, las cuales son complemento de la educación tradicional. Los alumnos consiguen fortalecer procesos relacionados con la atención, concentración, lógica, análisis, comprensión lectora y por supuesto la creatividad. Asimismo, aprenden hábitos asociados con la organización del tiempo, la disciplina y la responsabilidad “cuando los niños ven que sus capacidades están mejorando se motivan”. Sin embargo, los logros son compartidos, ya que las familias se involucran en el proceso de aprendizaje “Nosotras trabajamos con base al elogio, entonces cuando nos reunimos con los papás para compartir lo que observamos en el test resaltamos las partes positivas que vimos en el alumno”.

En este proceso de aprendizaje las familias también desarrollan experticia para acompañar a sus hijos. Aunque hay exigencia, se aumentan las expresiones de reconocimiento por cada logro alcanzado. Las familias comprenden que los niños avanzan de acuerdo a su ritmo y aprenden de manera diferente. Por tanto, se van dando cuenta que no es útil comparar, castigar o presionar para desarrollar las actividades propuestas “los niños no se preocupan por una nota. Aquí no se pierde, no se pierde el nivel. Tampoco los comparamos con nadie. Cada alumno tiene su material de registro, eso les ayuda a generar confianza en sí mismo”. 

Kumon es para la vida. El proceso de aprendizaje personalizado por medio del material autodidacta y el sistema de acompañamiento basado en la observación de capacidades, amplían la curiosidad por el conocimiento desde el pensamiento crítico y despierta el liderazgo colectivo de los niños en sus contextos escolares cuando empiezan a compartir a sus compañeros lo que están aprendiendo.