De la inutilidad de los relojes. Parte 1.

Por: Yolima Amado Sánchez

Estoy a punto de cumplir cuatro meses en mi nueva realidad y, por razones que no alcanzo a comprender del todo, apenas ahora la escritura empieza a concretarse. He tomado notas y empezado escritos casi todas las semanas, amontono en la nube fotos y videos, audios y papelitos garabateados; pero en cada oportunidad tal labor resulta pospuesta, aplazada hasta nueva orden, o mejor, hasta nuevo impulso.

De la mano de esta suerte de bloqueo ha llegado el señalamiento interno, esa voz cansona que me dice que debo sentarme a escribir, que ya tengo suficiente material e ideas para construir la bitácora, que no debo posponer, que aproveche mejor el tiempo, es decir, que sea más productiva -tal y como lo era en mi anterior estilo de vida. Pues bien, quizá la cuestión tenga que ver con que hay cierto desajuste entre mis realidades, cierta inutilidad de los relojes que aún estoy observando y comprendiendo, de modo tal que apenas ahora escasamente me arriesgo a cuasi concluir.

Llevaba más de cuatro décadas en el estilo urbano: lleno de rutinas, tareas, pendientes y responsabilidades, actividades repetitivas que no siempre tenían un objetivo tangible, sino que más bien eran definidas externamente como parte de los deberes propios de cada momento y función -de estos aportes individuales para sostener la máquina en movimiento, que como hormiguitas calificadas y cualificadas tanto nos esmeramos en cumplir al pie de la letra.

Los tiempos de un citadino regular están organizados en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, en fin; en la lógica urbana las agendas y la pericia para cumplir cada tarea o labor pendiente, sumada a los ritmos que impone la actividad a realizar (estudio, trabajo, compartir con familiares, amigos y comunidad, divertimento, citas médicas, rumba, descanso, pasatiempos, vacaciones, rituales, contratos, fines de semana, festivos y festividades), implican prever con antelación tiempos de desplazamiento, de aseo personal, alimentación, excreción, pausa, fila, turno, asignación y plazo; cada segundo parece hacer parte de una interminable agenda que, en caso de sufrir cualquier alteración, desajusta lo que sigue y “eleva los niveles de cortisol”, poniendo en riesgo el día o la semana que viene, quitándonos el sueño o martillando como labor inconclusa e inacabada, dejándonos a destiempo. Cuando menos, así se me amontonaban los años a mí.

Ahora, en menos de cuatro meses, habida cuenta del estilo de vida en esta vereda santandereana, he caído estrepitosamente en algún tipo de vórtice de entropía temporal que no necesariamente comprendo del todo. Claro, mi situación es la de alguien que voluntariamente “se fue a vivir al campo”, alguien que de momento tiene el privilegio enorme de no estar afanado por las cuentas, y no necesariamente por haber amasado una pequeña fortuna en las décadas anteriores, más bien tiene que ver con el resultado de varios eventos de saturación, agobio, malestar, cansancio y desespero que “me sacaron corriendo de la ciudad”.

No obstante tal singularidad, creería que hay circunstancias compartidas con otros habitantes de estas regiones que puedo mencionar. En primera instancia, las agendas, calendarios y secuencias de tareas preestablecidas me resultan completamente inútiles, cuando no estorbosas. Los despertadores que tenía en la ciudad ahora son meros relojes; sencillamente despierto con la mañana, con el alivio del cuerpo, con el trino de los pájaros, con la brisa o la neblina fría, con los primeros rayos del sol; es extraño haber salido del imperio del tiempo cronometrado.

Es probable que si no tuviese agendadas algunas citas virtuales, poco o nada verificaría los relojes. El sueño ya no se me escabulle hasta la madrugada ni se define por la necesidad de dormir cierto número de horas para “reponerme” y retomar la rutina del siguiente día. Sencillamente empieza a llegar cuando el sol se esconde por el poniente y se apodera de mí paulatinamente sin notarlo, sin esfuerzo, sin una orden o planeación, más bien por mera necesidad del cuerpo y la mente, por el ritmo de los sonidos externos y del murmullo repetido de grillos, cigarras y una que otra lechuza. En ocasiones se altera por un relámpago, un aguacero tempestuoso o un zancudo vengador, por lo demás, es como si despertara y descansara con el día, con los tiempos y ritmos del entorno.

Curiosamente, aunque los tiempos del sueño se han regularizado sin mediación mecánica o digital externa, ya no los siento como rutina más bien como pequeños despertares a la existencia; dejó de ser importante si es miércoles o domingo, lunes o viernes; día feriado o comienzo de mes. Hay momentos en los que siento que llevo años en esta nueva dinámica y otros en los que parece que apenas han transcurrido unas cuantas semanas.

Los días son más largos que cuando vivía en la ciudad, empero, dejaron de ser tediosos, repetitivos o tortuosos; me ha ocurrido que son las nueve de la mañana y siento que ya debería ser mediodía, o mi sensación es que son las cinco de la tarde y apenas son las once de la mañana. Puedo despertar a las cuatro y media o a las seis y el bienestar de la mañana se sostiene. Sólo en una ocasión, en que me acosté cerca de la medianoche por una de esas actividades virtuales, me levanté después de las siete de la mañana, más allá de este caso, me convertí en una madrugadora habitual y relajada, alguien que se despierta sonriente, aspira el aroma circundante, escucha la tonada del momento, percibe la temperatura en los poros y se pone en movimiento sin pereza o abatimiento.

Tras salir de la cama, excepto por los días de mercado o las reuniones agendadas, cualquier cosa puede pasar a lo largo del día. La vida en la ruralidad reclama atención y genera tareas no previstas. Salir a recoger unas naranjas frente a la casa se puede convertir en una hora de desyerbado, recolección de pétalos de azahar para una infusión o de leña para el asador, observar abstraída algún animalejo singular o permanecer cautivada durante minutos viendo en derredor, una pequeña caminata, jugar con la mascota, desechar algún residuo orgánico, en fin, lo que sea que reclame la atención y los sentidos. Podría afirmar que ninguno de los días vividos aquí ha tenido una rutina diaria idéntica a otro.

En la ciudad podía prever casi minuto a minuto lo que haría durante el día, y no fueron pocas las veces que escribí unos cuantos versos gritando el agobio de la repetición y el agendamiento, de la ausencia de novedad o sorpresa, de lo predecible que sentía los días, semanas y meses, de la gris rutina que enmelcochaba horas y horas de firme cumplimiento. Por el contrario, aquí no sé ni a qué hora despertaré o dormiré, mucho menos las tareas o actividades que completaré o medio adelantaré antes del agotamiento de la luz natural.

Este desajuste de la cotidianidad es tremendo, en especial para alguien que tenía los minutos tan bien “invertidos”. Las primeras semanas alcancé a sentir la discrepancia, pues pretendí prolongar las planeaciones y agendas, los listados de pendientes y los plazos rigurosos. Me proponía un día cualquiera ocuparme de despejar de maleza un árbol, pero a la hora de empezar la tarea el sol, un hormiguero, otro árbol, la visita de un vecino, la sed, la picadura de los mosquitos, la lluvia o cualquier otra situación causaba que apenas avanzara un poco; en otros, tras definir dos o tres labores para el día me ocupaba en otras muy distintas.

Tuve que aprender pronto que el ritmo ya no lo ponía yo sino en entorno, mi propio cuerpo, las necesidades más apremiantes o los distractores más potentes de la vida circundante, todo esto es lo que define aquello que haré a continuación. Hoy, por ejemplo, planeé seguir despejando de maleza el canal que rodea la casa, pero la lluvia no estuvo de acuerdo, y me puse a escribir antes de que la batería del computador se agote o cualquier otra cosa me robe el aliento.

En esa medida, a diferencia de la vida urbana, la rural implica cuestiones vitales, francamente cercanas a la subsistencia; en mis anteriores trabajos un informe, tabla, estadística, escrito, por importante que pareciese podía ser escrito hoy, o mañana o en un mes o el próximo año, e incluso si una tarea no se cumplía las consecuencias parecían lejanas, externas o accesorias; en cambio aquí el sol, la lluvia y el viento, el frío, la neblina, el amanecer y el anochecer son potentes, permiten o no avanzar en una tarea; la sed es más real, así como el hambre; las heridas y picaduras, los pequeños cortes, las ampollas y “malos pasos” pueden alterar las tareas a realizar.

El agua y su potabilidad se vuelven presentes y objeto de atención; el fluido eléctrico se afecta por la lluvia, las tormentas eléctricas, el viento y la caída de los árboles, lo mismo ocurre con la conexión a internet. En la ciudad estos servicios, en la generalidad, dependen de la capacidad de pago y de la escogencia de un “buen” proveedor. En las áreas rurales su permanencia es incierta y hay que comprender la variabilidad para no “afanarse” por la suspensión o baja calidad de los servicios públicos, pues hay una empresa encargada y punto.

El paso del tiempo, de las horas, casi que se siente en los huesos; se percibe el cambio de los aromas de la mañana, mediodía, tarde, noche y madrugada; es inevitable mirar al cielo, hacia las montañas, para hacerse a una idea del clima próximo, reconociendo la enorme variabilidad, pues un cielo despejado puede convertirse en uno completamente nublado en menos de media hora. Los aguaceros se ven venir desde lejos, subiendo o bajando por las montañas o desplazándose por el valle. Las nubes se pegan a la tierra o se elevan desde ella y se funden con la neblina, el viento cambia de dirección al mediodía y se atenúa en las primeras horas de la mañana. Estoy segura de que esto mismo ocurre en las ciudades, sólo que no hay tiempo o atención para reconocerlo, menos para jugar a predecirlo. Baste con buscar la predicción del clima de su preferencia, para luego renegar de su inexactitud mientras se cumplen las tareas y rutinas previstas, llueva, truene o relampaguee.

Y es que una cosa es contar los minutos en el reloj y otra que se vean aletear de sombra en sombra, de rama en rama, de cántico en cántico, como bailando, pulsando, estirándose o esfumándose sin ningún arbitrio.

El buen vivir y el vivir bien  

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado julio 2019 en el periódico el observador sabana centro.  

El buen vivir (suma qamaña) y el vivir bien (sumakkawsay) son posturas indígenas que promueven la garantía de los derechos de la Pachamama (traduce tierra en lengua quechua). Estas posturas invitan al reconocimiento de los saberes ancestrales, los cuales conciben la naturaleza como fuente de vida que requiere cuidado. Por lo tanto, el cuidado de la madre tierra se expresa a través de la convivencia humana, una convivencia que busca fortalecer más el compartir que la competencia. 

La competencia promueve el lema “vivir mejor que los demás”. Este lema reitera en la necesidad de estar pendiente del vecino no para brindar apoyo, sino para estar por encima y superar la capacidad de consumo, por ejemplo, a través de un mejor vehículo. En este sentido, el buen vivir y el vivir bien, cuestionan el concepto de bienestar propuesto por la sociedad de consumo que se limita al acceso y a la acumulación de bienes materiales. Es decir, que el bienestar orientado por una visión capitalista enfatiza en un individualismo deshumanizado “primero yo, segundo yo y tercero yo”. En el individualismo deshumanizado impera la cultura del derroche basado en el consumo; del atajo centrado en la inmediatez y de la ley del más fuerte que legitima sacar al otro del camino.   

Los lugares también se han transformado. El parque como lugar de encuentro ha desaparecido. Ahora las familias visitan los centros comerciales y los temas de conversación se limitan a la tarjeta de crédito, las compras y las deudas. El lema de “buena vida” impone un estilo de vivir de manera egoísta y de apariencia. A dicho estilo de vida se le ha denominado bienestar, éxito, progreso, y desarrollo. Desde esta lógica se presiona a las familias a comprar lo innecesario y adquirir deudas con tarjetas de crédito donde los intereses aumentan día tras día, todo para responder a un pedido cultural de buena vida “el que no adquiere una deuda nunca consigue nada”.       

En cambio, el buen vivir y el vivir bien señalan que no se puede vivir bien si los demás viven mal, que lo importante es la vida, y que el objetivo no es aspirar a vivir mejor que los demás. En síntesis, no puede haber crecimiento personal en detrimento de la humanidad y la naturaleza.  

Están envenenando los humedales

Edward Johnn Silva Giraldo

La tingua azul, es un ave migratoria que recorre los paisajes colombianos durante los meses de octubre y marzo. Su propósito es encontrar los humedales, ya que son una fuente ecosistémica de conectividad hídrica y nodos de biodiversidad que le permiten su ciclo de reproducción. Infortunadamente, la tingua encuentra un humedal envenenado, contaminado, desecado y rellenado para la construcción de avenidas y urbanizaciones. En su intento por buscar un lugar de descanso luego del largo vuelo, la tingua confunde los ventanales de las nuevas edificaciones con espejos de agua, ocasionándose heridas de gravedad.

A esta hermosa ave, que representa la diversidad, le están frenando su vuelo y callando su canto. El concierto de aves es interrumpido por maquinaria que inunda de cemento el verde natural. Por ejemplo, planean obras sin el consentimiento de la comunidad, y con la excusa de generar conexión vial o traer un supuesto progreso al sector, deterioran la conexión de los humedales con la flora, la fauna y la riqueza hídrica.  

Con la excusa de generar conexión vial y progreso al sector, surgen mensajes sobre los humedales que confunden a la comunidad: “son focos de inseguridad” y “caños de agua maloliente”, que se deben pavimentar para acabar con el problema de contaminación y otros riesgos relacionados con la seguridad; desconociendo que los humedales ayudan a regular el ciclo hídrico, generar microclimas, producir oxígeno y controlar las inundaciones. 

Para colmo de males, prometen que van a conservar el medioambiente, y por ello construyen un pasillo con plantas, que cumplen una función decorativa, que embellece el sector, pero a cambio se pierden los beneficios del ecosistema.  

El envenenamiento de los humedales da cuenta de una visión antropocéntrica que impera sobre el cuidado de la vida. Entonces, recordé las palabras de un adagio popular que repetía mi profesora de filosofía en el colegio “Cuando el último árbol sea cortado, el último río envenenado, el último pez pescado, solo entonces “el hombre” descubrirá que el dinero no se come”  

Hoy se construye sobre los ecosistemas de vida. Los reservorios de agua y los cultivos de papa son eliminados. Los dilemas actuales de progreso invitan a la ciudadanía a comportarse como testigo silencioso de la explotación de la naturaleza y la ruptura ecosistémica; reproduciendo patrones hiperindividualistas y consumistas.