Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias. Notas de una profesora de las cavernas.

“Llegaremos a aquello que quiere decir pensar si nosotros, por nuestra parte, pensamos. Para que este intento tenga éxito tenemos que estar preparados para aprender el pensar” (Martin Heidegger, 1994)

Por: Yolima Amado Sánchez.

Hace poco más de 20 años asumí por primera vez un cargo como docente universitaria, la dinámica y organización no era muy diferente de cómo había sido mi paso por las aulas en calidad de estudiante. Un aula, escritorios alineados para los estudiantes, una silla con mesa especial para mí, un tablero (ya no tipo pizarra con tizas y borrador polvoriento) acrílico, marcadores y borrador de tinta propios. Ya no había espacio para el proyector de acetatos o filminas, pero sí un enchufe dispuesto para conectar un computador de escritorio, macizo, pesado y disponible sólo tras agendamiento con cinco días hábiles de antelación.

Cuando los estudiantes llegaron, sus expresiones, estilos, vestimentas y actitudes eran tan variables como las descritas en la canción de Ana y Jaime, que en aquella época parecía reciente, tanto como me resultaba cercano mi propio Décimo grado. No obstante, había algo novedoso; aquel grupo de estudiante estaba acudiendo al aula al final del día, a las seis de la tarde, tras jornadas de trabajo de ocho, nueve o hasta doce horas. Con circunstancias de vinculación muy diferentes a la mía, pues no habían pasado por el examen de admisión a una universidad pública que garantizaba matrícula casi gratuita, como fue mi caso, sino que habían tenido que pagar sus matrículas plenas, al contado o en cuotas, o con algún descuento propuesto a modo de enganche para facilitar la inscripción y la apertura del programa.

Estas circunstancias, aunque parecen menores, ya entonces me generaban varias reflexiones. Mis estudiantes, a diferencia del tipo de estudiante que fui, no contaban con el privilegio disponer de días y noches para adelantar sus estudios, sus economías y los recursos necesarios para alimentarse, movilizarse e incluso, tomarse una que otra cerveza, provenían de las maromas que hacían con sus salarios, y el tiempo para ocuparse de sus estudios escaseaba si no se trataba de la presencialidad en las clases. A diferencia de mis compañeros de clase en la universidad, estos estudiantes trabajaban, tenían personas a cargo, se rebuscaban cada peso, y habida cuenta de tal esfuerzo, la experiencia universitaria se inscribía como una tarea adicional que tenían que costear, las más de las veces, sin apoyo familiar.

En aquel tiempo, recuerdo que los problemas de redacción y ortografía presentes en la mayoría de los trabajos escritos eran un malestar permanente que asumir desde mi rol como profesora. La revisión de los trabajos era dispendiosa, a veces tortuosa, pues era sencillo reconocer los estragos de los cambios curriculares de las décadas anteriores, que al parecer dejaron de centrarse en la escritura correcta, pero además, en la lectura pausada. Palabras elementales como: “mamá”, “papá”, “educación”, “Social”, aparecían en los textos con errores que alteraban mi estado de ánimo. También ocurría que en los documentos escritos reconocía frases coloquiales, de modo que les hacía anotaciones en las márgenes indicando a modo de sugerencia, que la escritura requería una estructura gramatical diferente a la que usaban cuando hablaban. 

La estructura de las oraciones, la organización de argumentos, la coherencia de los párrafos me despeinaba, o directamente, me despelucaba. Recordaba mi propia época de estudiante, cuando tenía que repetir una página completa por un error ortográfico o por un despiste en la redacción, porque la máquina de escribir no admitía la sobreescritura, y me enojaba, he de reconocerlo, ante la ligereza de muchos de los trabajos escritos que me entregaban los estudiantes.

Pronto empecé a notar un aspecto que me estremecía aún más. A medida que se ampliaba el panorama de documentos disponibles en la Red, a las dificultades escriturales y argumentativas se sumaba el “copie y pegue”, el remiendo evidente que vinculaba alternadamente entre sus propios estilos, llenos de errores ortográficos y de escritura con párrafos estructurados, pulidos, claramente extraídos sin citación alguna de artículos y libros previamente publicados en línea; entonces mi labor de revisión y retroalimentación de los trabajos empezó a incluir el necesario rastreo y señalamiento de tales fragmentos, con su fuente original. 

Portales como: buenastareas.com , elrincondelvago.com y Wikipedia.com eran los coautores no reconocidos de ensayos, análisis, reseñas y documentos investigativos, y algunos estudiantes incluso trataban de justificar cómo la consulta de esas fuentes, la inclusión forzada de párrafos extraídos y el parafraseo más o menos bien logrado, eran ejercicios de investigación a toda regla. Y aquí el problema no era la herramienta, “la consulta”, sino esa delegación voluntaria del pensamiento, esa sustitución a modo de atajo de la elaboración subjetiva, del esfuerzo por tejer el texto.

Luego, directamente en trabajos finales de cursos diversos que tenía a cargo, recibí un proyecto que era una copia perfecta de algunas páginas que yo misma había redactado en el ejercicio de relatoría del Plan de igualdad de oportunidades para las mujeres y la equidad de género, que luego se convirtió en insumo de la política pública. En aquella época ya había tomado una posición como profesora, prefería los textos plagados de errores ortográficos y de redacción, a los atajos de “copie y pegue” de documentos publicados, pues los primeros revelaban el esfuerzo más o menos logrado del pensamiento, de la capacidad intelectual y del trabajo de los estudiantes, mientras que los segundos sólo me hacían pensar una y otra vez, en el sinsentido de trabajar 40 o más horas semanales para costear un programa académico, de asistir a clases de 6 a 10 de la noche de lunes a viernes, e incluso asistir a clases los días sábados, para allanar el camino excluyéndose voluntariamente de la posibilidad de construir algún pensamiento propio. Quienes han sido mis estudiantes saben que sobre el segundo caso siempre he sido implacable, sin atenuantes, sin justificaciones, con segundas oportunidades, por supuesto, pero sin mirar a otro lado mientras ocurría.

En cualquier caso, en estas circunstancias como profesora universitaria, tenía de mi lado los reglamentos estudiantiles, aquellos que, en las diversas universidades en que he trabajado, dejaban constancia clara de la conceptualización de plagio y de las disposiciones disciplinarias previstas. Cuando recibía este tipo de trabajos contaba con el respaldo institucional, y aunque las calificaciones afectaban la estabilidad de los grupos, nunca recibí presión alguna. Por supuesto, además de las medidas disciplinarias ponía en marcha acciones reflexivas, y, he de reconocer, incluso algunas que implicaban asumir públicamente la responsabilidad; no obstante, sentía que como profesora tenía margen de acción y de decisión. La posibilidad de actuar cuando algún estudiante tomaba un atajo; sorprendentemente las más de las veces tales estudiantes comprendían bien pronto las implicaciones y, más allá de reprocharme o reclamar airadamente, reconocían el sentido de las observaciones y medidas. 

Pasaron los años y los atajos aparecían en las primeras entregas, pero sólo en algunos contados casos, persistían posteriormente por parte de los mismos estudiantes; el mismo proceder, sin importar cuál era el trabajo, reflexión o argumentación a realizar. Años después los teléfonos celulares y los computadores empezaron a entrar a las aulas, no sólo los propios, sino los de los estudiantes. Nunca quise discutir contra su utilización, pues monitorear su uso o prohibirlo me parecía innecesario e infructuoso, más bien sostuve el esfuerzo por organizar mis sesiones e intervenciones de modo tal que, en la medida de lo posible, yo fuese más interesante, conmovedora e incluso teatral, que el contenido disponible en línea; lo asumí como un reto y creo poder afirmar que en mayor medida resultaba ganadora. Los poemas, fragmentos, melodías, cuadros, relatos, inflexiones de la voz y exageraciones con el cuerpo se convirtieron en aliados del aula y los cursos diversos; ingredientes que me permitían disfrutar además de cumplir con las funciones propias del ejercicio docente.

Después, llegó la pandemia, las pantallas, la saturación de recursos pedagógicos, las plataformas y las jornadas extensísimas sentada ante un computador, ya no caminaba por los salones, ya no podía ir de una silla a otra irrumpiendo en las distracciones estudiantiles, ahora los recursos debían desplegarse en las pulgadas escasas que limitaban las pantallas, en las cámaras apagadas o encendidas, en las invocaciones de nombres durante los encuentros “Pepito ¿estás ahí?”, “Perencejo, no se te escucha, escribe en el chat”, “¿Me escuchan?”, “¿Quién levantó la mano?”. Las mediaciones tecnológicas nos permitieron mantenernos en línea, lo que resultó una ventana abierta para sostener los procesos académicos, las pizarras ahora estaban hechas de pixeles y ya no quedaba suciedad en las manos o en la ropa tras borrar; los trabajos se acumulaban en los correos electrónicos y las plataformas, pero ya no en los escritorios, y los textos, bueno, los textos mantenían esas características tan humanas, tan faltas de tildes o estructura, tan bien o más o menos bien logrados, con las ocasionales apariciones del ya conocido y siempre insoportable “copie y pegue” de otrora.

Pero en noviembre del 2022, cuando aún no habíamos decidido del todo si volver a los salones o permanecer en las aulas virtuales, llegaron nuevos elementos, los chatbots conversacionales, los asistentes con IA para la elaboración de textos escritos, entre otras múltiples tareas. En cuestión de meses las reflexiones sobre la educación, sus estándares, porvenires e ilusiones empezaron a plagarse de un tema recurrente, el uso de las inteligencias artificiales en las aulas. Ya en febrero del 2023 recibí el primer ensayo que empleaba un chatbot, ese, por fortuna, declaraba en sus líneas la utilización, lo cual en principio me regaló cierta tranquilidad, pero el siguiente y los que vinieron y han llegado luego, ya no lo explicitaban más.

Por mi parte, empecé a usar generadores de imágenes para ilustrar mis presentaciones, me suscribí a ChatGPT poco después de su lanzamiento, desde una ingenuidad curiosa, con la intención de comprender y, he de reconocerlo, adelantarme a lo que ya avizoraba con algún recelo. Durante algunos meses cuando conversaba con colegas empecé a notar una preocupación generalizada, qué haríamos cuando los trabajos escritos solicitados en el marco de nuestra labor empezaran a ser realizados por IA, cómo asumir su llegada para quedarse, no sólo en las aulas, sino en la cotidianidad de la utilización de los diversos dispositivos conectados a internet, las necesarias regulaciones que tendrían que articularse con su aprovechamiento, y, principalmente, la preocupación por su utilización como un nuevo atajo por parte de los estudiantes, la inquietud respecto de sus usos como asesores, consejeros, e incluso, como suplencias de la humanidad falible. Antes corregía tildes; ahora corrijo ausencias.

Y en estos pocos años su avance ya ha sido motivo de inquietud, no exclusivamente de los ataviados profesores cargados de libros, marcadores y borradores, sino de expertos en tecnología, políticos, tecnócratas y estados. 

Sigo teniendo estudiantes, ahora de posgrado, que trabajan 40 y tantas horas semanales para costear sus matrículas, repartiendo el tiempo entre el trabajo, las familias, los estudios, el ocio, las rutinas, que ahora “copian y pegan” las respuestas y textos generados por los procesadores conversacionales, ante las solicitudes de escritos por parte de los profesores; pero ya no hay reglas claras, no hay reglamentos ni disposiciones disciplinarias, no se reconoce el respaldo institucional, pues aún no tenemos claro qué hacer, ni cómo, salvo resignarnos a aceptar que las IA llegaron para quedarse, y punto.

No obstante, creo que en este panorama hay “algo” que definitivamente está ganando, los propios chatbots, que se alimentan, procesan, ajustan, “aprenden” y se fortalecen gracias a los trabajos reasignados, verbigracia del llamado institucional a aprovechar e incorporar a las IA en las dinámicas educativas y en las institucionales que regulan las propias universidades. Estudiantes que trabajan para pagar sus programas académicos a la vez que sustituyen su capacidad intelectual, de pensamiento, análisis y reflexión. Docentes que solicitan a las IA escribir sus planeaciones, presentaciones y programas académicos excluyéndose voluntariamente del diseño curricular, y, del último bastión que motivó este escrito, de los expertos que se sustituyen voluntariamente por una IA, dejando en su generación de texto la labor de generar evaluaciones de los trabajos de los propios estudiantes.

Ante este panorama y como punto actual del recorrido, creo que he de declararme obsoleta, anticuada, inadecuada a las circunstancias actuales, vestigio arcaico transformado en humana en desuso, profe de las cavernas anhelando el polvo de la tiza, los cuadernos, las correcciones en esfero y lápiz, las charlas en el entretiempo y en los salones, descartable y archivable, apta acaso para los memoriales y estantes polvorientos, junto a las tesis de grado sobre las que escribí con esmero, utilizando papelitos y cuadernos, fotocopias y libros en papel, hace apenas poco más o menos 15 años. O quizá lo obsoleto no seamos los profes —yo incluida— sino el deseo de pensar y el empuje por seguir sabiendo, que ahora empiezo a extrañar…

De la inutilidad de los relojes. Parte 1.

Por: Yolima Amado Sánchez

Estoy a punto de cumplir cuatro meses en mi nueva realidad y, por razones que no alcanzo a comprender del todo, apenas ahora la escritura empieza a concretarse. He tomado notas y empezado escritos casi todas las semanas, amontono en la nube fotos y videos, audios y papelitos garabateados; pero en cada oportunidad tal labor resulta pospuesta, aplazada hasta nueva orden, o mejor, hasta nuevo impulso.

De la mano de esta suerte de bloqueo ha llegado el señalamiento interno, esa voz cansona que me dice que debo sentarme a escribir, que ya tengo suficiente material e ideas para construir la bitácora, que no debo posponer, que aproveche mejor el tiempo, es decir, que sea más productiva -tal y como lo era en mi anterior estilo de vida. Pues bien, quizá la cuestión tenga que ver con que hay cierto desajuste entre mis realidades, cierta inutilidad de los relojes que aún estoy observando y comprendiendo, de modo tal que apenas ahora escasamente me arriesgo a cuasi concluir.

Llevaba más de cuatro décadas en el estilo urbano: lleno de rutinas, tareas, pendientes y responsabilidades, actividades repetitivas que no siempre tenían un objetivo tangible, sino que más bien eran definidas externamente como parte de los deberes propios de cada momento y función -de estos aportes individuales para sostener la máquina en movimiento, que como hormiguitas calificadas y cualificadas tanto nos esmeramos en cumplir al pie de la letra.

Los tiempos de un citadino regular están organizados en segundos, minutos, horas, días, semanas, meses, años, lustros, décadas, en fin; en la lógica urbana las agendas y la pericia para cumplir cada tarea o labor pendiente, sumada a los ritmos que impone la actividad a realizar (estudio, trabajo, compartir con familiares, amigos y comunidad, divertimento, citas médicas, rumba, descanso, pasatiempos, vacaciones, rituales, contratos, fines de semana, festivos y festividades), implican prever con antelación tiempos de desplazamiento, de aseo personal, alimentación, excreción, pausa, fila, turno, asignación y plazo; cada segundo parece hacer parte de una interminable agenda que, en caso de sufrir cualquier alteración, desajusta lo que sigue y “eleva los niveles de cortisol”, poniendo en riesgo el día o la semana que viene, quitándonos el sueño o martillando como labor inconclusa e inacabada, dejándonos a destiempo. Cuando menos, así se me amontonaban los años a mí.

Ahora, en menos de cuatro meses, habida cuenta del estilo de vida en esta vereda santandereana, he caído estrepitosamente en algún tipo de vórtice de entropía temporal que no necesariamente comprendo del todo. Claro, mi situación es la de alguien que voluntariamente “se fue a vivir al campo”, alguien que de momento tiene el privilegio enorme de no estar afanado por las cuentas, y no necesariamente por haber amasado una pequeña fortuna en las décadas anteriores, más bien tiene que ver con el resultado de varios eventos de saturación, agobio, malestar, cansancio y desespero que “me sacaron corriendo de la ciudad”.

No obstante tal singularidad, creería que hay circunstancias compartidas con otros habitantes de estas regiones que puedo mencionar. En primera instancia, las agendas, calendarios y secuencias de tareas preestablecidas me resultan completamente inútiles, cuando no estorbosas. Los despertadores que tenía en la ciudad ahora son meros relojes; sencillamente despierto con la mañana, con el alivio del cuerpo, con el trino de los pájaros, con la brisa o la neblina fría, con los primeros rayos del sol; es extraño haber salido del imperio del tiempo cronometrado.

Es probable que si no tuviese agendadas algunas citas virtuales, poco o nada verificaría los relojes. El sueño ya no se me escabulle hasta la madrugada ni se define por la necesidad de dormir cierto número de horas para “reponerme” y retomar la rutina del siguiente día. Sencillamente empieza a llegar cuando el sol se esconde por el poniente y se apodera de mí paulatinamente sin notarlo, sin esfuerzo, sin una orden o planeación, más bien por mera necesidad del cuerpo y la mente, por el ritmo de los sonidos externos y del murmullo repetido de grillos, cigarras y una que otra lechuza. En ocasiones se altera por un relámpago, un aguacero tempestuoso o un zancudo vengador, por lo demás, es como si despertara y descansara con el día, con los tiempos y ritmos del entorno.

Curiosamente, aunque los tiempos del sueño se han regularizado sin mediación mecánica o digital externa, ya no los siento como rutina más bien como pequeños despertares a la existencia; dejó de ser importante si es miércoles o domingo, lunes o viernes; día feriado o comienzo de mes. Hay momentos en los que siento que llevo años en esta nueva dinámica y otros en los que parece que apenas han transcurrido unas cuantas semanas.

Los días son más largos que cuando vivía en la ciudad, empero, dejaron de ser tediosos, repetitivos o tortuosos; me ha ocurrido que son las nueve de la mañana y siento que ya debería ser mediodía, o mi sensación es que son las cinco de la tarde y apenas son las once de la mañana. Puedo despertar a las cuatro y media o a las seis y el bienestar de la mañana se sostiene. Sólo en una ocasión, en que me acosté cerca de la medianoche por una de esas actividades virtuales, me levanté después de las siete de la mañana, más allá de este caso, me convertí en una madrugadora habitual y relajada, alguien que se despierta sonriente, aspira el aroma circundante, escucha la tonada del momento, percibe la temperatura en los poros y se pone en movimiento sin pereza o abatimiento.

Tras salir de la cama, excepto por los días de mercado o las reuniones agendadas, cualquier cosa puede pasar a lo largo del día. La vida en la ruralidad reclama atención y genera tareas no previstas. Salir a recoger unas naranjas frente a la casa se puede convertir en una hora de desyerbado, recolección de pétalos de azahar para una infusión o de leña para el asador, observar abstraída algún animalejo singular o permanecer cautivada durante minutos viendo en derredor, una pequeña caminata, jugar con la mascota, desechar algún residuo orgánico, en fin, lo que sea que reclame la atención y los sentidos. Podría afirmar que ninguno de los días vividos aquí ha tenido una rutina diaria idéntica a otro.

En la ciudad podía prever casi minuto a minuto lo que haría durante el día, y no fueron pocas las veces que escribí unos cuantos versos gritando el agobio de la repetición y el agendamiento, de la ausencia de novedad o sorpresa, de lo predecible que sentía los días, semanas y meses, de la gris rutina que enmelcochaba horas y horas de firme cumplimiento. Por el contrario, aquí no sé ni a qué hora despertaré o dormiré, mucho menos las tareas o actividades que completaré o medio adelantaré antes del agotamiento de la luz natural.

Este desajuste de la cotidianidad es tremendo, en especial para alguien que tenía los minutos tan bien “invertidos”. Las primeras semanas alcancé a sentir la discrepancia, pues pretendí prolongar las planeaciones y agendas, los listados de pendientes y los plazos rigurosos. Me proponía un día cualquiera ocuparme de despejar de maleza un árbol, pero a la hora de empezar la tarea el sol, un hormiguero, otro árbol, la visita de un vecino, la sed, la picadura de los mosquitos, la lluvia o cualquier otra situación causaba que apenas avanzara un poco; en otros, tras definir dos o tres labores para el día me ocupaba en otras muy distintas.

Tuve que aprender pronto que el ritmo ya no lo ponía yo sino en entorno, mi propio cuerpo, las necesidades más apremiantes o los distractores más potentes de la vida circundante, todo esto es lo que define aquello que haré a continuación. Hoy, por ejemplo, planeé seguir despejando de maleza el canal que rodea la casa, pero la lluvia no estuvo de acuerdo, y me puse a escribir antes de que la batería del computador se agote o cualquier otra cosa me robe el aliento.

En esa medida, a diferencia de la vida urbana, la rural implica cuestiones vitales, francamente cercanas a la subsistencia; en mis anteriores trabajos un informe, tabla, estadística, escrito, por importante que pareciese podía ser escrito hoy, o mañana o en un mes o el próximo año, e incluso si una tarea no se cumplía las consecuencias parecían lejanas, externas o accesorias; en cambio aquí el sol, la lluvia y el viento, el frío, la neblina, el amanecer y el anochecer son potentes, permiten o no avanzar en una tarea; la sed es más real, así como el hambre; las heridas y picaduras, los pequeños cortes, las ampollas y “malos pasos” pueden alterar las tareas a realizar.

El agua y su potabilidad se vuelven presentes y objeto de atención; el fluido eléctrico se afecta por la lluvia, las tormentas eléctricas, el viento y la caída de los árboles, lo mismo ocurre con la conexión a internet. En la ciudad estos servicios, en la generalidad, dependen de la capacidad de pago y de la escogencia de un “buen” proveedor. En las áreas rurales su permanencia es incierta y hay que comprender la variabilidad para no “afanarse” por la suspensión o baja calidad de los servicios públicos, pues hay una empresa encargada y punto.

El paso del tiempo, de las horas, casi que se siente en los huesos; se percibe el cambio de los aromas de la mañana, mediodía, tarde, noche y madrugada; es inevitable mirar al cielo, hacia las montañas, para hacerse a una idea del clima próximo, reconociendo la enorme variabilidad, pues un cielo despejado puede convertirse en uno completamente nublado en menos de media hora. Los aguaceros se ven venir desde lejos, subiendo o bajando por las montañas o desplazándose por el valle. Las nubes se pegan a la tierra o se elevan desde ella y se funden con la neblina, el viento cambia de dirección al mediodía y se atenúa en las primeras horas de la mañana. Estoy segura de que esto mismo ocurre en las ciudades, sólo que no hay tiempo o atención para reconocerlo, menos para jugar a predecirlo. Baste con buscar la predicción del clima de su preferencia, para luego renegar de su inexactitud mientras se cumplen las tareas y rutinas previstas, llueva, truene o relampaguee.

Y es que una cosa es contar los minutos en el reloj y otra que se vean aletear de sombra en sombra, de rama en rama, de cántico en cántico, como bailando, pulsando, estirándose o esfumándose sin ningún arbitrio.

Sin rima pero con pausa.

Por: Yolima Amado Sánchez. Ávida lectora y entusiasta escritora.

Imagen tomada en el municipio de Gachetá

Tengo los versos oxidados,

las letras ilegibles y las rimas disonantes -o altisonantes-,

los tiempos de emoticonos, gifs, stickers e inteligencias artificiales me entumecieron la mano y las hipérboles,

se me acortaron las frases y los susurros, se me volvieron borrosas hasta las metáforas.

El conteo de caracteres me limitó las idas y venidas del pensamiento,

perdí el permiso de perder el hilo o perderme en vacilaciones.

Ahora me gritan que sea breve, que sea concreta,

que vaya al punto ¡Como si yo fuese cadeneta!

Mensajes más cercenados que los olvidados telegramas,

menos onerosos, inciertamente cuidadosos,

sin prosa ni cadencia,

sin alcance alguno para la demencia.

Por fin una imagen vale más que mil palabras,

o al menos eso nos hacen creer quienes las ignoran.

Ya hasta la ortografía perdió su lugar y vaga en camisa de fuerza por los rincones,

y las estéticas figuras literarias parecen no parecerse a nada,

indistintas y humilladas, por la mayoría ya olvidadas.

Sólo restan las apariencias, las fotos de sonrisas ensayadas,

notificaciones y alarmas, recordatorios y llamadas,

tenues tañidos que atormentan, que afanan y sobrepasan,

soniditos mecanizados que atenazan desde la nada.

Si no son teclas no son ya letras, imperan pantallas sin melodía.

Ya nadie entiende ni de cursivas, las manuscritas son rebeldía,

Sólo se sabe de las arrobas, de los hashtages con picardía,

Muertas están las caligrafías.

Escribientes y escrituras con obsolescencia no programada.

Yo escribo,

tú escribes,

él escribe,

nosotros escribimos,

vosotros escribís y ellos escriben.

Pero sólo frases cortas,

monosilábicos espasmos de emociones fragmentadas,

que nos oxidan los versos y se retuercen sin gana.

¿Cómo saber que se trata de un “buen libro”?


Por: Yolima Amado Sánchez. Ávida lectora y entusiasta escritora.

En estos más de cuarenta años de lecturas diversas he logrado afinar el detector para los “buenos libros”, sin importar el género, grosor, autor, fecha de su escritura o el material que los soporta. Seguramente cada quién tendrá sus propios criterios, y en verdad espero que así sea, porque esto indicaría que aun existen los ávidos lectores, sin embargo, en esta noche que no es como cualquier otra, quise listar -a modo de propuesta para nuevos y recorridos lectores- aquellos requisitos infaltables a la hora de decidir si aquel que tengo en las manos o proyectado en una pantalla, lo es.

Por supuesto, estos criterios están cimentados en mis diversas y particulares experiencias de lectura, que ciertamente no añoran ser compartidas o aprobadas, meramente explicitadas en un esfuerzo por hacer visible aquello que se diluye en la cotidianidad de las páginas, de sus letras y puntuaciones; aunque ya hace muchos años que son repasadas mentalmente y puestas en práctica sin siquiera notarlo, tras toparme con un nuevo manjar. A saber:

  1. En la primera página, no del prólogo ni de la contraportada, sino en la primera página del cuerpo del libro ha de haber ciertas palabras, ciertas oraciones o insinuaciones que me hagan sentir que en lo que sigue hay algo que quiero seguir leyendo. Si la primera página no me hace sentir convocada a leer, difícilmente aparecerá en las que siguen. Es algo similar a toparse con una puerta cerrada, puede ser una puerta bella, costosa, brillante, con pomo vistoso o deslumbrantemente adornada, pero si al abrirla no hay del otro lado más que un cuarto polvoriento o una calle ruidosa o un estante lleno de enciclopedias falsas, ciertamente no habría mayor cosa, sobresalto o deleite tras el umbral.

No obstante, en una habitación polvorienta se pueden esconder curiosos y olvidados tesoros, tras una calle ruidosa podemos toparnos con transeúntes misteriosos y relatos inesperados; y vaya uno a saber qué se puede esconder en medio de falsos libros o falsos estantes. En cualquier caso, esa primera página ha de susurrar un camino, un misterio, un tesoro o un carnaval, la posibilidad de habitar durante cierto tiempo tras cada cuartilla, al amparo de los sinuosos desfiladeros de la palabra.

  • A medida que avanza la lectura de los párrafos siento el deseo de señalar frases: No se trata de destacar palabras incomprensibles o rimbombantes, ni de señalar argumentos completos y cerrados, soy más una mujer de insinuaciones e interrogantes, de sobresaltos y destellos, de frases precisas y cadencias consonantes.

Tiene que ver con el impulso de subrayar frases que luego querré volver a leer, para sumergirme en sus diversos sentidos y enigmas o que, por intrigantes o estéticamente bien logradas, me susurran certidumbres que cuando las leo por primera vez, no alcanzo a recorrer por completo, entonces su contundencia me envuelve y me asalta la urgencia de marcarlas, de dejar alguna seña que salte a la vista, como quién marca los árboles en un bosque desconocido y teme perderse en él, si no deja un rastro visible que le permita salir o volver a recorrer el sendero.

  • El libro reclama mi atención completa, me sumerjo, me pierdo, olvido el paso del tiempo, el frío, el hambre, el dolor, la compañía, el entorno completo; casi que se me olvida que estoy viva, pues lo importante es aquello que encuentro entre las páginas. Suelo leer y tener música de fondo, sin embargo, si se trata de un “buen libro”, aquello que resuena no es más que ruido tenue e irrelevante, imperceptible, pues el libro se impondrá con sus variadas voces y me instará a ignorar las distracciones.

Cuando era una adolescente ya me dejaba atrapar. Mi madre me visitaba a altas horas de la madrugada, preocupada por la inmovilidad, desconcertada por la entrega y el abandono que me ponía como en trance, a miles de kilómetros, a siglos o dimensiones de distancia; me buscaba abrigo y me dejaba a solas, pues no podía estar de otra forma; le impresionaba que no me percatara del paso del tiempo o de las urgencias externas, pero ¿Qué más podía hacer?, si en esas lecturas y en las actuales, sólo me sé perder.

  • Una buena lectura siempre me insta a escribir. Leer sin escribir es señal de aburrimiento, de falta de inspiración y de desidia, al menos en lo que a mí respecta. Un “buen libro” me empuja a hacer lo propio, casi que me obliga a comentar, preguntar, objetar y atemperar, a «yolimatizar» la voz de cada autor, de cada personaje, concepto o argumento.

He aprendido que cuando un libro convoca se establece un vínculo particular entre quién escribió y quién escribe, de modo que si alguna lectura me permite meramente pasar los ojos sobre las líneas, sin pausa, sin comentario, sin señalamiento, si me deja estar ausente o permite que las distracciones de la vida circundante se impongan y no me apremia a escribir, es porque no fue escrito para mí y, en tal caso, hace mucho aprendí que no había más que hacer que dejarlo ir; como quién abandona un postre que a algunos puede deleitar, pero a ti te produce malestar y hostigamiento, el esfuerzo por tragar terminará en un desagrado mayor.

  • Tengo que volver a leer: No tengo idea de cuántos libros he leído hasta ahora, sin embargo, sé que aquellos que me resultaron “buenos”, he tenido que leerlos nuevamente, incluso más de dos veces. Y esto por varias razones: porque al terminar el libro siento que se me escaparon muchas cuestiones relevantes, porque el recorrido me llenó de pensamientos, emociones y figuraciones, porque dejé aquellas marcas y pistas que me invitan a volver a recorrer el camino, porque en cada nueva lectura construyo puentes diferentes, o simplemente porque el deleite de releer e imaginar una vez más se convierte en nostalgia lectora.
  • Finalmente, me acompañan sensaciones perfectamente contradictorias: la del olvido y la memoria. Puedo leer un libro varias veces y en cada ocasión sentir que nunca lo había leído, de ahí que me dejo atrapar y llevar por las palabras como si fuesen nuevas y desconocidas; a la vez, recuerdo frases, relatos, fragmentos, datos, imágenes visuales de las páginas precisas y el lugar en el que algún párrafo o idea está fijado, como si nunca me hubiese ido o si recién hubiese terminado la lectura.

Quizá porque quedo implicada en las páginas, porque aquí y allá he vivido la emoción de que quién escribió lo hizo para mí y para mi deleite, o tal vez, porque entre palabras y “buenos libros” he logrado estar, sentir, imaginar, saborear, escuchar y pensar, para luego tratar de ser y vivir, cuando me siento empujada a escribir.

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Miradas de la migración: Conversaciones en viñetas

Edward Johnn Silva Giraldo 

Desde el año 2022 venimos conversando y reflexionando con Roy Salas Adán y otros amigos, sobre temas de migraciones. Esta oportunidad de encontrarnos nos ha permito plantearnos preguntas, generar iniciativas y tejer amistad. De este modo, inspirados en nuestras historias personales y otras experiencias de héroes de la cotidianidad, decidimos aventurarnos por relatar por medio de canciones y conversaciones en viñeta las voces de personas migrantes como protagonistas de sus vidas. Nuestro objetivo es visibilizar sus capacidades ante panoramas de incertidumbre.

Por ello, decido crear “miradas de la migración: conversaciones en viñeta”. Se trata de dos personajes “Pataperro y Don Orejas”: Son historias conmovedoras que invitan a explorar los pensamientos, sentimientos y acciones de un migrante en su búsqueda de un futuro mejor, es un viaje lleno de esperanza, miedos y sueños, una introspección profunda que nos mueve el corazón para reflexionar sobre la fuerza del espíritu humano.

Para tal motivo creamos dos personajes, uno, un caminante, llamado Pataperro, a quien dimos gráficamente un aire juvenil, pues en su mayoría los jóvenes son quienes más migran, y Don Orejas, que representa una especie de Voz Sabia quien interroga a Pataperro y le lleva a reflexionar. Don Orejas lo graficamos como un búho humanizado, sabio y compañero en la oscuridad, que ayuda a Pataperro a reflexionar y meditar sobre su andar.

Pataperro es un caminante curioso, que tuvo que salir de su terruño buscando nuevas oportunidades para apoyar a su familia. Con los zapatos gastados, su mochila ligera, y la camisa empañada de sudor, sol y lluvia, anda en medio de las inclemencias del clima, las miradas de desdén, una mano amiga y la compañía de Don Orejas. Don Orejas observa, escucha y pregunta con la ingenuidad del sabio, sin pretender dar respuestas y consejos, pero sí con la intención de invitar a la conversa, la reflexión y el encuentro humano que reconforta la vida. 

Pataperro también es un personaje que retrata el apodo que familiares y amigos me asignaron por el gusto que yo expresaba alrededor de la actividad de caminar. Recuerdo que mi mamá me preguntaba ¿Dónde queda ese lugar? ¿Ya vamos a llegar? Y yo le respondía, es allí, ya estamos cerca, pero no era cierto, quedaba lejos.  Sin embargo, fue el pretexto para compartir historias.       

¡No te pierdas estas increíbles historietas! Comparte y únete a la conversación.

Pataperro migra a pie desde hace días https://www.instagram.com/p/C_Yxs6CS8VC/?igsh=MWVsajVrZ3pmdW40Yg==

Pataperro amanece junto a la carretera al pie del páramo de Santurbán https://www.instagram.com/p/C_bXA6qyd_x/?igsh=MTUwc2xkc295bjJzZw==

Pataperro llegó a Bogotá y lleva días buscando empleo https://www.instagram.com/p/C_ykdVCSCkc/?igsh=MTFlaHVvYnIxMjE5bQ==

En el año 2025 inicié con Sebastián Flórez, el proyecto del podcast Pateperro y Don Orejas: Miradas de la migración. Una oportunidad para encontrarnos, conversar, preguntar y reflexionar. Hablaremos todos los domingos, sobre historias y experiencias de la migración en el mundo. 

Mitos y narrativas de progreso 

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado en la Edición 53 – Junio – Julio de 2018. www.elobservador.co El Observ@dor

El ideal de progreso centrado en una perspectiva de desarrollo limitada al crecimiento económico, legitima la expresión “si tienes más eres mejor que los demás”. Este énfasis de lo económico en la definición de desarrollo como señala el antropólogo colombiano Arturo Escobar, lleva a priorizar el tener sobre el ser y a validar valores culturales del consumo que se reproducen por ejemplo en las letras de las canciones “quien no tiene, no es”, “tanto tienes, tanto vales”. La búsqueda incesante por el consumo genera una sensación de frustración y fracaso cuando no se consigue corresponder a las demandas de éxito impuestas por la cultura occidentalizada. Los modelos de éxito y felicidad difundidos por los medios de información se apoyan en promesas comerciales que determinan la necesidad de consumir para conseguir el bienestar. La construcción de imaginarios de éxito y felicidad se alinean a las lógicas del mercado, ya que por medio de la publicidad y la propaganda se presiona para adquirir nuevos productos que están de moda. Tal como señaló en su época el publicista y periodista Edward Bernays. 

La moda y la propaganda orientada desde un modelo difusionista desarrollista es cuestionada por el experto en comunicación Jan Servaes, este modelo explica que todo producto nuevo es mejor. Sin embargo, la vigencia de lo nuevo es limitada, pues cada producto requiere reemplazo por uno más nuevo. Este círculo vicioso, promueve la necesidad de consumo y acumulación, ubicando el producto por encima de las relaciones. Por tanto, bajo la mirada del mercado, las relaciones se mercantilizan y adquieren un significado utilitarista de conveniencia económica que se naturaliza con el argumento individualista de la competitividad y la productividad.

La naturalización de las relaciones mercantilizadas tiende a establecer categorías y clasificaciones que determinan el grado de progreso y desarrollo en las personas. Categorías como pobre, rico, éxito, fracaso, abajo, arriba, entre otras, se convierten en marcos de referencia que indican el nivel de calidad de vida alcanzado, lo cual lleva a la carrera desenfrenada de tener y tener más.

El escritor Uruguayo Eduardo Galeano señaló “quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: “unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen”. En la carrera desenfrenada de tener más, se arman los unos a los otros de equipajes comerciales para responder a las lógicas del mercado, donde según el politólogo Carlos Martinez Hincapié se establecen dualismos que perciben al otro como enemigo, contrincante y competidor al que se le debe ganar.

Ante el panorama expuesto surgen las siguientes preguntas: ¿Cómo promover relaciones humanizantes y para la vida, que confronten la visión alienante del mercado? ¿Cómo deslegitimar narrativas de progreso y desarrollo que venden un modelo de éxito basado en las lógicas del mercado?

Red solidaria de vecinos 

Edward Johnn Silva Giraldo. 

Publicado en el periódico el observador sabana centro Edición 29 octubre de 2015 

La llegada de nuevos vecinos a la región pone a prueba la capacidad de promover espacios de inclusión y aprovechar el conjunto de oportunidades para el emprendimiento de proyectos e iniciativas creativas. En este sentido, es necesario reconocer las personas que “están” y las que “llegan” a los conjuntos residenciales y barrios, para construir relaciones de confianza y colaboración. Es así que se requiere empezar a replantear la visión fragmentada que separa a “los de adentro” de “los de afuera”.   

Cuando se logran puntos de encuentro para la expresión y validación de saberes, la comunidad genera un sentido comunitario que permite separar las fronteras y reconstruir puentes que conectan. Este es un proceso que consiste en trabajar con la gente y entre la gente. Es un reto que nos invita a convertirnos en agentes capaces de transformar nuestro entorno, al mismo tiempo que nos transformamos a nosotros mismos. 

Afortunadamente, ya se han dado pequeños pasos, porque en estas tierras contamos con grandes maestros de la vida cotidiana que enseñan y motivan, desde sus oficios y profesiones, el arte de tejer relaciones de colaboración. Son arte-sanos, de todos los géneros y generaciones. Al respecto, Paulo Freire, exponente de la educación popular, dice que “es escuchando como se aprende a hablar con la gente y validar su participación”. En misma línea, la psicóloga comunitaria Maritza Montero, profesora de la Universidad Central de Venezuela, señala que “el respeto del otro genera el derecho a la discusión y a la diversidad de opiniones”. 

Trabajar con la comunidad, es como escuchar una orquesta de jazz, donde cada persona tiene una capacidad específica que exige ser descubierta. Por este motivo, es fundamental reconocer el potencial de todas las personas y desarrollar como estrategia un directorio de contactos (banco de talentos), que permita conocer de primera mano qué sabe cada quien y qué le gusta hacer. Pero, para poner en marcha estas iniciativas locales es necesaria la participación comunitaria y el replanteamiento de las prácticas convencionales. Por ejemplo, la comunidad no es una población objeto que asiste a actividades para ser investigada por expertos aislados y portadores de soluciones con acciones unilaterales, sino que es un conjunto de sujetos actores, capaces de incidir en los programas que van dirigidos hacia ellos mismos. Sin lugar a dudas, la gente apoya lo que ha ayudado a crear y, por esto, la red solidaria de vecinos es una coproducción que consiste en construir conjuntamente ideas innovadoras y hacerlas realidad.  

El buen vivir y el vivir bien  

Edward Johnn Silva Giraldo 

Publicado julio 2019 en el periódico el observador sabana centro.  

El buen vivir (suma qamaña) y el vivir bien (sumakkawsay) son posturas indígenas que promueven la garantía de los derechos de la Pachamama (traduce tierra en lengua quechua). Estas posturas invitan al reconocimiento de los saberes ancestrales, los cuales conciben la naturaleza como fuente de vida que requiere cuidado. Por lo tanto, el cuidado de la madre tierra se expresa a través de la convivencia humana, una convivencia que busca fortalecer más el compartir que la competencia. 

La competencia promueve el lema “vivir mejor que los demás”. Este lema reitera en la necesidad de estar pendiente del vecino no para brindar apoyo, sino para estar por encima y superar la capacidad de consumo, por ejemplo, a través de un mejor vehículo. En este sentido, el buen vivir y el vivir bien, cuestionan el concepto de bienestar propuesto por la sociedad de consumo que se limita al acceso y a la acumulación de bienes materiales. Es decir, que el bienestar orientado por una visión capitalista enfatiza en un individualismo deshumanizado “primero yo, segundo yo y tercero yo”. En el individualismo deshumanizado impera la cultura del derroche basado en el consumo; del atajo centrado en la inmediatez y de la ley del más fuerte que legitima sacar al otro del camino.   

Los lugares también se han transformado. El parque como lugar de encuentro ha desaparecido. Ahora las familias visitan los centros comerciales y los temas de conversación se limitan a la tarjeta de crédito, las compras y las deudas. El lema de “buena vida” impone un estilo de vivir de manera egoísta y de apariencia. A dicho estilo de vida se le ha denominado bienestar, éxito, progreso, y desarrollo. Desde esta lógica se presiona a las familias a comprar lo innecesario y adquirir deudas con tarjetas de crédito donde los intereses aumentan día tras día, todo para responder a un pedido cultural de buena vida “el que no adquiere una deuda nunca consigue nada”.       

En cambio, el buen vivir y el vivir bien señalan que no se puede vivir bien si los demás viven mal, que lo importante es la vida, y que el objetivo no es aspirar a vivir mejor que los demás. En síntesis, no puede haber crecimiento personal en detrimento de la humanidad y la naturaleza.  

La salud es un bien común, no es una mercancía

Edward Johnn Silva Giraldo.  

Publicado en el periódico el observador sabana centro Edición 80 abril 2022 

La salud limitada a lo hospitalario, la enfermedad, lo individual y la prescripción de los medicamentos fragmenta la visión del cuidado integral. La salud también es agua potable, acceso a la educación y seguridad alimentaria. Sin embargo, el reiterado interés de mantener y reproducir los principios de eficacia y eficiencia que demandan las empresas, el mercado y las lógicas de consumo, invitan a desarrollar intervenciones en salud basadas en la postura individualista y competitiva centrada en la ganancia económica de unos pocos, en detrimento de aspectos del bien común tales como el aire, los suelos y los ecosistemas de vida.  

Es posible que en la actualidad se desarrollen proyectos de promoción y prevención, pero cabe señalar que algunas acciones pueden estar impregnadas de la lógica de salud mercancía, ya que los contratos los asignan a empresas o profesionales que convierten el bien común en un beneficio particular. Por tanto, la contratación para el desarrollo de estos programas en ocasiones se asigna a empresas dedicadas a otros fines, o profesionales sin formación para el trabajo con comunidades y la apertura para tejer de manera interdisciplinaria. Esta pauta de relación se encamina a favorecer por medio del discurso de la salud colectiva, los intereses particulares de los operadores e intermediarios del contrato. 

Los contratos otorgados a dedo o asignados como un favor político se suelen desarrollar de manera improvisada a partir de actividades que se reducen a una capacitación o campaña de corto plazo y descontextualizadas, donde los resultados se reducen en demostrar un impacto basado en cifras, la evidencia fotográfica y los formatos diligenciados. 

Entonces, resulta que se desarrollan programas sociales para beneficiar los intereses empresariales de un sector, se despilfarran dineros en acciones desarrolladas sin investigación y se reproducen labores descoordinadas. Al respecto, surgen las siguientes preguntas ¿Cómo fortalecer las acciones de promoción de la salud de modo articulado, contextualizado y participativo con perspectiva familiar y comunitaria? ¿Cómo generar un sistema de salud como bien común basado en los principios de la solidaridad colectiva?